Durante el día, el Sábado Santo es de espera, de silencio, de contemplación: velamos junto al sepulcro, acompañados por María. Ella fue la única que mantuvo viva la llama de la fe cuando Cristo fue sepultado. El altar está despojado. El sagrario, abierto y vacío.
Ya al caer el sol del Sábado de Gloria, la Iglesia celebra la Vigilia Pascual que resalta el contenido fundamental de la noche: la Pascua del Señor, su Paso de la Muerte a la Vida. ¡La ceremonia del fuego, la liturgia de la Palabra, la renovación de las promesas bautismales, la Eucaristía!
El fuego nuevo es bendecido. Se graba en la cruz las letras griegas Alfa y Omega y las cifras del año en curso, el celebrante dice: “Cristo ayer y hoy, Principio y Fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo. Y la eternidad. A él la gloria y el poder. Por los siglos de los siglos. Amén”. Nada escapa de la redención del Señor, y todo, hombres, cosas y tiempo están bajo su potestad.
Esta noche la proclamación de la Palabra, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento habla de Cristo e ilumina la Historia de la Salvación: lo que se anunciaba y prometía, ahora se ha cumplido de verdad.
Los signos, tales como el adorno del altar, las luces, el canto del Gloria, la aclamación del Aleluya antes del Evangelio, nos hablan de la alegría de que la muerte ha sido vencida.
La celebración eucarística es la culminación de la Noche Pascual. Es la Eucaristía central de todo el año: Cristo, el Señor Resucitado, nos hace participar de su Cuerpo y de su Sangre, como memorial de su Pascua.