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Tú casa, mi casa

por Carlos L. Rodriguez Zía
laudato-si

Una reflexión sobre la Carta encíclica Laudato Si.

“Todo tiene que ver con todo”
(Pancho Ibáñez, conductor de televisión)

Escribir sobre lo que dice el sucesor de San Pedro. Debo confesar que por momentos me resulta una tarea compleja, casi un atrevimiento. Pero como sé que estas líneas jamás llegarán a sus manos, pasaré a contar qué me provocó, en qué me hizo pensar, meditar, la lectura de la Carta encíclica Laudato si.

En primer lugar y como se reconoce al comienzo del capítulo sexto, en el punto 202, la propuesta de Francisco es de gran envergadura y no sencilla de poner en práctica, ya que como él dice “se destaca así un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá  largos procesos de regeneración”. ¿Cuál es la propuesta de Francisco? ¿De qué nos habla en Laudato si? Básica y principalmente nos habla, nos advierte de que estamos jugando un juego muy peligroso con algo único e irremplazable: nuestro planeta Tierra. Nuestro, no de uno ni del otro, de todos. Este es el segundo aspecto que más me impactó de la lectura de esta carta encíclica. El hecho de señalar algo obvio: no vivimos aquí como entes aislados y autónomos. Conscientes o no de ello, formamos una comunidad. Y una comunidad son personas vinculadas entre sí, con responsabilidades y obligaciones mutuas. Esto es algo que se deja en claro y se remarca, una y otra vez, a lo largo de las 142 páginas de Laudato si. Como lo expresa en el punto 52: “’Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia”.

Ser familia. Pensé mucho al respecto mientras leía el texto. Una familia cuida a cada uno de sus integrantes y junta hace lo mismo con la casa que habitan en común. Esa casa común tiene distintas formas, diferentes nombres: la vivienda propia, la cuadra, el barrio, la ciudad, la provincia, el país, el continente. Piezas que ensambladas conforman la imagen del rompecabezas en el  que estamos todos: La Tierra. Lo que significa que ese mar en el que me baño, ese camino que transito, ese bosque por el que paseo, todos son también parte de mi hogar. Y esas personas con las que me cruzo son también miembros de mi familia. Se crea o no en Dios. Si no es así, los llamaré vecinos, conciudadanos, etc.  Pero si confieso que creo en Dios, con más razón y fuerza los llamaré no sólo vecinos, conciudadanos, sino también  hermanos, pues por la gracia del bautismo todos nos convertimos en hijos de un mismo padre. Un padre que creó este mundo no sólo para vanagloriarse y demostrar que es todopoderoso, sino porque es fundamentalmente amor y que nos ama. Que nos dio este mundo no para que hiciéramos lo que se nos antojara con él, sino –y este concepto me impactó profundamente- para que lo ayudáramos a completar, desarrollar, perfeccionar, la obra de la Creación.

Dios no nos puso aquí como algo más, sino como sujetos racionales, capaces de poseerse y de distinguir entre lo bueno y lo malo. En un nivel superior al resto de los seres vivos pero no para someter, sino para dominar y cuidar la casa común, a cada una de sus criaturas. No sólo para nosotros, sino para las generaciones futuras. Sin dejar de pensar en los más necesitados. Porque una familia piensa en el futuro, en sus descendientes, y es solidaria con el prójimo. El hecho de que Dios nos haya elegido como Señor de la tierra implica una responsabilidad mayor e intransferible. Como dice el Hombre Araña: “Todo poder conlleva una gran responsabilidad”.

El tono amable. El lenguaje próximo. Al igual que las exhortaciones apostólicas Evangelii Guadium y Amoris laetitia, estas dos características se repiten en Laudato si. A pesar de la seria realidad que describe (maltrato al planeta, a distintos pueblos, a la cultura del descarte, a la insensibilidad de los que más tienen, a su falta de conciencia y de solidaridad, a la indiferencia de todos ante el sufrimiento de la Madre Tierra) Francisco habla en un tono firme pero sereno. Con palabras, términos, conceptos que podemos entender todos.  Como lo hacía Jesucristo a través de las parábolas. Y siempre, como lo hace Dios a través de las Sagradas Escrituras, invitando al encuentro con el prójimo y llamando a la esperanza. Llamado que Francisco pronuncia  consciente de que el cuadro que describe en Laudato si puede llevar a lo contrario: a la desesperanza. “Sin embargo –dice en el punto 205- no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan (…)”.

Pero nada se logrará si no modificamos nuestro estilo de vida, pasando de la cultura del uso sin límite ni conciencia; no entendemos que la solución será consecuencia de un esfuerzo global – las iniciativas parciales lograrán una mejorar efímera- y no cultivamos la cultura del encuentro. “Siempre es posible volver a desarrollar la capacidad de salir de sí hacia otro”, se recuerda en el punto 208. Pero en esta cultura del encuentro, no hay que olvidarse de que existen las jerarquías y  el principio de la solidaridad. No tiene la misma responsabilidad un gobierno que un simple ciudadano. El Estado tiene la obligación de impulsar políticas de cambio en pos de una mejora en la convivencia en su territorio y cuidar el medio ambiente en que todos vivimos. En ese sentido, hay diferentes niveles de solidaridad o compromiso. El que posee más tiene la obligación moral de ayudar al que con menos cuenta. El Primer Mundo debe sí o sí ayudar al Tercer Mundo. Porque sino cuidamos entre todos la casa en común, a todos nos abrazará la tragedia. Sólo será cuestión de tiempo. Primero alcanzará a los menos favorecidos, pero inevitablemente llegará a los más poderosos. Y estamos a tiempo. Eso es verdad, Y tenemos que empezar ahora. Hay que dejar de conjugar todo en primera persona y pensar en  Nosotros.

 

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