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VÍNCULOS

por Carlos L. Rodriguez Zía
vinculos-amistad

En tiempos en que el símbolo visto de Whatsapp reina entre nosotros, unas observaciones sobre el valor de vincularnos cara a cara.

Si en un examen nos preguntaran si es verdadero o falso que el ser humano es un ser social, responderíamos sin ningún atisbo de dudas que es verdadero. Y si nos solicitaran que respaldemos con argumentos esa afirmación de nueve letras, diríamos que tal condición lleva naturalmente a la persona a vincularse no sólo con otros semejantes, sino también con otros seres, sean estos animales, vegetales o minerales. Es más: buscaríamos darle mayor profundidad  o trascendencia a nuestra argumentación y señalaríamos que el vincularnos con el otro –o lo otro- es una lógica respuesta al hecho de ser hijos de un Dios trino, comunitario, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ante semejante contestación, nuestro imaginario examinador nos diría que lo que decimos es correcto; pero, tras meditar un breve instante, nos miraría directo a los ojos y nos descerrajaría la siguiente pregunta:

-Entonces, si es nuestra condición natural, ¿por qué nos cuesta tanto vincularnos?

En ese momento, con toda seguridad, nosotros y el lápiz nos quedaríamos mudos ante el profesor y el papel. Aunque  no por no saber qué responder, porque conocemos la repuesta. Lo que ocurre es que, como canta Joan Manuel Serrat, “nunca es triste la verdad/ lo que no tiene es remedio”. Y la verdad es que nos cuesta vincularnos. No obstante, aquí vamos a corregir la última parte de esta frase de la hermosa canción del artista catalán (se titula Sinceramente tuyo) y apostaremos a que esta verdad si tiene remedio. Pero para hallar la cura, primero hay que reconocer los síntomas. Ahí vamos.

Como lo recuerda Benedicto XVI en su carta encíclica Caritas in Veritate, el primero de esos síntomas podría ser nuestra naturaleza herida a raíz del pecado original, lo que desde el vamos nos tienta a no comportarnos de una manera acertada. Otro factor puede ser, en estos tiempos líquidos, nuestra hipersensibilidad, donde cualquier cosa que nos dicen o escuchamos nos ofende o indigna, respectivamente. Estamos perdiendo el hábito de preguntarle al otro porqué razón nos dijo eso o expresó esa opinión. Como observaría un avezado boxeador, vamos al encuentro del otro con la guardia alzada.  La razón de ser de este comportamiento podríamos atribuírselo a nuestro agitado ritmo de vida o a la tendencia de vivir a la velocidad de los dispositivos electrónicos. Hoy, cada vez menos, nos tomamos un minuto para reflexionar sobre los mensajes que recibimos y contestamos impulsivamente. Pero dar esta explicación sería sólo raspar la superficie del problema.

Un motivo profundo de esta dificultad de vincularse con el otro radica en que nos olvidamos de cómo saludaba Jesús: “La paz esté con vosotros”. No tenemos presente que como personas, como hijos de Dios, debemos ser hacedores de paz. Uno de los bienes comunes más preciados. Debemos tender al encuentro con los otros y entre los otros. Pero para eso, tenemos que, muchas veces, o siempre, dar el primer paso y acercarnos a nuestro prójimo. Conocerlo. Así podremos saber y entender a qué se debe que nos diga lo que nos está diciendo. Actitud que cada vez se vuelve más necesaria en estos días de contactos virtuales. Si hace tres años me hubiera dejado guiar por mis primeras impresiones, hoy no estaría integrando un rico equipo de catequesis bautismal y me hubiera perdido el conocer a un grupo de personas valiosas.

Además, vinculándome con el otro, yo me enriquezco, me termino de formar como sujeto. Cuando hace veintitrés años el piloto de Fórmula 1 Ayrton Senna fue enterrado en el cementerio de Morumbí de la ciudad de San Pablo, su rival y compañero de equipo en la escudería Mclaren, Alain Prost, dijo durante la ceremonia que con Senna se moría un parte de él. Prost era un gran corredor no sólo por su propio talento sino también gracias a Senna. Mi prójimo no es mi enemigo.  Es esa persona gracias a la cual también soy.  Haya nacido en mi país o venga de otra tierra. Dios no llevó a cabo la Creación para vanagloriarse a sí mismo,  sino para compartirla con sus creaturas más amadas. A las que conocía y amaba antes de crearlas.

Entonces, ¿hay cura?  ¿Cómo podemos trabajar el arte de vincularnos con el otro? Hace miles de años Jesús nos dio una buena pista: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.


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