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El hombre pecador y la conversión

por Pbro. Juan Rodrigo Vélez
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A lo largo del año la Iglesia nos invita con más insistencia a mirar nuestro interior, a buscar al Señor mientras se encuentra y a volvernos a Él. Es el llamado a la conversión y a una nueva vida en Cristo.

En su novela Vanity Fair, el talentoso novelista victoriano William Makepeace Thackeray narra las vidas de dos mujeres jóvenes: Amelia, una persona buena pero ingenua, y Becky, una huérfana egoísta y mentirosa. La historia lleva al lector a través de los pensamientos, deseos y acciones de personas tan egoístas, vanas e implacables, y a una serie de vicios humanos como el juego, el donjuanismo y la seducción. Thackeray también nos da una idea de las intenciones y los hábitos retorcidos de las personas; por ejemplo, Becky es descrita como una mujer vanidosa y seductora que es una mentirosa sin igual.

Thackeray y Newman se admiraban pero nunca se habían visto en persona. El primero había asistido a algunas conferencias de Newman y estaba familiarizado con la vida de Newman. Newman debe haber reconocido el agudo sentido de Thackeray en torno a la psicología del hombre y su condición pecadora. Thackeray respetaba la honestidad, la fortaleza y la fe religiosa de Newman. Ambos hombres comprendieron la profundidad de la pecaminosidad humana y describieron magistralmente los deseos y pensamientos internos de tales personas. Sin embargo, Thackery era un escéptico religioso, que se rebeló contra la estricta educación religiosa de su madre protestante, y su admiración por Newman siempre estuvo acompañada por el escepticismo de la devoción de Newman.

No sorprende que Thackeray fuera considerado pesimista por su contemporáneo, Charles Dickens, a quien Thackeray consideraba un escritor talentoso, aunque sentimental. A cambio, el juicio de Dickens sobre Thackeray como pesimista es comprensible porque, como escéptico, Thackeray no podía ver más allá de la debilidad y el error humano. Thackeray no conoce de cómo obra la gracia y la conversión. Newman explicaría en las Conferencias de Tamworth y en su libro “Idea of a University” (La de una Universidad) que sin la gracia el hombre no puede esperar vencer sus defectos y fallas. En las conferencias mencionadas, dijo: “escarba la roca de granito con cuchillas de afeitar, o ancla el navío con un hilo de seda, entonces podrías hacerte la ilusión que con tan agudos y delicados instrumentos como el conocimiento y la razón humana batallarás contra esos gigantes, la pasión y el orgullo del hombre”.

Esencialmente, en estos escritos Newman expuso que la naturaleza no da una explicación suficiente del hombre y sus luchas. Sin la gracia, el hombre es incapaz de comprender su condición de pecado y la forma de luchar contra sus pasiones desordenadas. En cambio, Thackeray erróneamente considera que se trata de tener una educación más “neutral”, hacer descubrimientos científicos o tener más recursos.

Así como la novela de Thackeray tuvo una perspectiva equivocada del hombre, las novelas de Dickens abordan otra perspectiva errónea. Él pintó a hombres y mujeres como buenos o malos. La mayoría de sus personajes carecen de realismo; son figuras idealizadas o personificaciones del mal. Newman hubiera apreciado más los personajes de Thackeray con sus fallas humanas comunes y su pasión subyacente por el poder, la riqueza y el placer, pero Newman entendió que Dios busca a los hombres y los conduce a la conversión, y luego les concede abundantes gracias para la lucha necesaria contra el pecado.

Un santo de nuestro tiempo, Josemaría Escrivá, nos insta al combate cristiano y nos aconseja: en vez de sorprendernos por nuestros motivos, tentaciones y pecados, debemos arrepentirnos  y decidir luchar con determinación. Este consejo es una reminiscencia de una de las máximas frecuentes de Newman: la guerra (combate espiritual) es la condición para la victoria.

A diferencia de Thackeray y Dickens, el clérigo anglicano y más tarde sacerdote católico, Newman, apreció el poder de la gracia espiritual transmitida en los sacramentos de la Reconciliación y la Sagrada Eucaristía. Debemos tener, como Newman, una perspectiva realista de nuestra naturaleza humana pecadora y la necesidad de la gracia de Dios. Debemos decidir responder a la invitación de Cristo al arrepentimiento y a una nueva vida.

Traducción: Guiliana Rivas


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