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Señor Tú tienes palabras de vida eterna

por Card. Rubén Salazar Gómez
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Este es el último domingo en el cual estamos leyendo el texto del capítulo sexto de san Juan. Se concluye ese episodio, ese diálogo, esa controversia entre Jesús y los judíos, a partir del milagro de la multiplicación de los panes. Pero trae para nosotros una consecuencia sumamente seria que es la que nos plantea el Señor hoy.

Escuchemos con atención:

Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»

Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.»

Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?»

Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

Palabra del Señor.

 

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Transcripción la voz del pastor 26 de agosto de 2018

Al final de esa controversia, los judíos indudablemente que no aceptan lo que el Señor propone. Pero también hay algunos discípulos del Señor que están escandalizados. No se sienten a gusto, les parece que ese es planteamiento de que “el Señor es el pan de vida, el que da la vida” no corresponde. Ese Jesús de Nazaret que ellos ven allí como un hombre cualquiera, casi como un pobre diablo porque era un carpintero, hijo de un carpintero, un hombre sin ninguna pretensión, desde el punto de vista social ni económico ni político. Entonces, indudablemente que eso los les crea un poquito de desazón.

Ahora, el Señor es consciente perfectamente que su doctrina, el planteamiento que él hace acerca de sí mismo y de lo que él nos da por medio de la salvación, no es fácil de aceptar. Porque, desde un punto de vista humano, esto parece contradecir todo lo que nosotros quisiéramos pensar que fuera. Nosotros nos imaginamos siempre un Dios distinto (si es que existe Dios…como me decía alguien: “Si existe Dios, pues que se manifieste fuerte, poderoso, haciendo las cosas como deben ser y no dejando que el mundo vaya cómo va).

Entonces, por eso el Evangelio de hoy nos invita a que nosotros nos revisemos verdaderamente. Que revisemos hasta dónde somos capaces de aceptar esa realidad que nos ofrece el Señor en su humildad, en ese misterio grande de darnos su cuerpo y su sangre para que nosotros nos alimentemos de Él; de ese misterio grande de que precisamente allí, bajo las apariencias de un pan y de un vino, está presente Él con toda su divinidad, con toda su luz, con toda su fuerza para darnos la vida y la vida en plenitud.

Qué bueno que nosotros pudiéramos hacer nuestras las palabras de Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Si, las palabras de Cristo son palabras que nos comunican la vida y la vida plena. Por eso tenemos que estar permanentemente escuchando esas palabras, haciendo nuestras esas palabras.

Yo quisiera preguntarles a ustedes: ¿hasta dónde ustedes toman el Evangelio en sus manos? ¿hasta dónde ustedes leen el Evangelio? ¿o se contentan simplemente con lo que escuchan el domingo cuando van a misa (si es que van a misa)? ¿se entra por un oído y le sale por el otro?

Son palabras del Señor que hay que escuchar, que hay que mantener en el corazón, que hay que permitir que allí produzcan fruto; es decir, transformen nuestra existencia. Porque la fuerza de esas palabras, esa fuerza transformadora, esa fuerza vivificante no se alcanza, sino en la medida en que nosotros mantengamos esas palabras en nuestro corazón. Es decir, en la medida en que seamos capaces verdaderamente de permanecer unidos a Él, escuchando siempre de nuevo sus palabras, haciendo que esas palabras sean cada vez más la luz que ilumina y que dé sentido a toda nuestra existencia.

Qué bueno que a lo largo de estos de estos domingos en que hemos escuchado el discurso, la controversia de Jesús acerca del pan de vida, nosotros hayamos ido comprendiendo verdaderamente de qué se trata. Y que seamos capaces, hoy al terminar este capítulo, de decirle al Señor: “Tú tienes palabras de vida eterna, Tú nos das el pan de la vida, Tú nos das el verdadero pan del cielo, Tú eres nuestra vida, nuestra salvación”.

La bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Amén

 

 


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