Inicio Celebraciones “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”

“¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”

por José R. Arévalo
virgen-guadalupe

Estas fueron las palabras que Juan Diego escuchó hace mucho tiempo y que ayer, hoy y siempre, los hijos de Dios escuchamos. Este 12 de diciembre, fiesta de la Virgen de Guadalupe,recordemos que la madre de Jesús siempre está con nosotros. Y a ella  podemos acudir con confianza. En tiempos de bonanza o de necesidad.

Hace cuatrocientos ochenta y siete años no existía ningún país americano como los conocemos ahora. Son quince generaciones que nos separan entre el año dos mildieciocho y el año mil quinientos treinta y uno, cientos de millones de feligreses que en ese lapso de tiempo han visitado el cerro del Tepeyac. Fue en ese mismo lugar donde el nueve de diciembre de mil quinientos treinta y uno cuando la excelsa madre de Dios le dijo a San Juan Diego: “Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la tierra”  (Nican Mopohua. Antonio Valeriano Circa 1531).

Ante eso, vale preguntarse: ¿qué buscan los peregrinos en ese cerro? Buscan a la madre de América, a la «Emperatriz de las Américas» como le llamó el papa Pio XII.

Tres son las apariciones marianas que la iglesia ha considerado como probables: Guadalupe, Lourdes y Fátima. Pero sólo en Guadalupe encontramos algo más allá del testimonio de los videntes: el ayate, ese magnífico milagro donde quedó plasmada la imagen de nuestra madre de un metro y cuarenta y tres centímetros, la señal que el obispo Juan de Zumárraga le había pedido a San Juan Diego para creer que su mensaje venía de la mismísima madre del cielo.

Casi cinco siglos después, esa imagen sobrevive sin daños, a pesar de ser elaborado el ayate con una tela perecedera. Muchos exámenes de creyentes y no creyentes afirman que la imagen es sobrenatural. Es un testimonio vivo del inmenso amor que la virgen tiene para con cada uno de sus pequeños hijos y testimonio de la majestuosidad y poder de Jesucristo quien concede a María la gracia de estar tan cerca de nosotros.

Es así que cada doce de diciembre, la basílica de nuestra señora de Guadalupe se viste de gala para llenar de cariño y mimos a nuestra madre del cielo. Son cientos de miles los fieles que acuden a la madre para darle gracias o para pedirle su intercesión ante sus necesidades. Es la voz de un gran pueblo. Es la voz de una gran iglesia símbolo de la fe inquebrantable que nuestra gran América tiene en Dios, en quien pone sus esperanzas de un mejor porvenir para todos los que habitamos este pedazo del mundo.

Virgen de Guadalupe, reina del cielo, que en tu hermoso manto llevas a las estrellas que adornan tu belleza, acuérdate de todos tus hijos que con todo amor y esperanza acuden a ti. Que podamos oír tu dulce voz repitiendo aquellas bellas palabras con las que alentaste a San Juan Diego “¿No estoy yo aquí que soy tumadre?”

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