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Ideología de género, ciencia y sensatez

por Pbro. Leandro Bonnin
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Quienes hablamos contra la antropología que se quiere imponer por la educación y las leyes solemos ser acusados de exagerados, de “fundamentalistas”, de estar peleando con “molinos de viento” que en realidad no existen, de no estar “entendiendo nada»… Algunos dicen “la ideología de género no existe”, hay sólo “estudios de género” y que estos son un avance innegable en la comprensión del complejo fenómeno humano.

Ciertamente los “estudios de género” y una atención mayor a la dimensión psicológica y cultural de la identidad sexual de la persona son un elemento valioso. Pero ciertamente la extrapolación de esos aspectos, la negación de la evidencia científica en el campo de la biología y la pretensión de imponer esa visión a todos hacen que los “estudios de género” tomen la forma de una “ideología”.

Si alguien quiere saber qué es la ideología de género (1) y contra qué antropología estamos batallando, la tiene sintetizada en este gráfico que comparto. El mismo es un folleto que expone lo que hoy se entiende por “diversidad sexual”, utilizado en Argentina para difundir y explicar los diferentes conceptos vinculados a la temática.

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No voy a hacer un análisis exhaustivo de cada afirmación. Señalaré algunos errores groseros y falsedades tan notables que no se pueden minimizar, manteniéndome siempre en el ámbito de la biología, aunque es claro que se podría aportar mucho más desde la filosofía y la teología.

Los errores que quiero señalar están en la base de la IG, y tienen que ver con una descripción y comprensión reduccionista del sexo y del papel de la biología, y con la separación total de la dimensión corpórea y la identidad personal.

1. El gráfico que muestra a la persona, al referirse la palabra “SEXO“, señala sus genitales. En la explicación que aparece a la derecha se explica que el sexo “se asigna al nacer según la presencia de genitales externos y se ordena de manera binaria en el sistema médico-legal de modo que un ser humano suele ser identificado como femenino (mujer) o masculino (hombre)».

La definición es muy curiosa, ya que hoy cualquiera de nosotros sabe que el sexo genital es (cronológicamente hablando) la quinta manifestación del sexo en el ser humano. Nadie duda hoy de que cada uno de nosotros tiene un sexo desde el primer instante de la fecundación, y lo determina el espermatozoide que se une al óvulo, formando el cigoto, que ya es sexuado.

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Ese sexo cromosómico está determinado por el patrón XX o XY presente en el núcleo de todas las células del organismo.

De acuerdo al sexo cromosómico (y el sexo genético derivado de él) se formarán en el embrión testículos (en el caso de los XY) u ovarios (en el caso de las XX). A esta diferenciación se la conoce como sexo gonadal.

La embriología moderna ha demostrado fehacientemente que estas gónadas ya comienzan a actuar en la vida intrauterina produciendo hormonas y que, por ejemplo, en el caso de los XY, los testículos producen testosterona desde la semana 8 y aún antes. A esta dimensión se la llama sexo hormonal.

En ambos sexos, a partir del sexo cromosómico, genético, gonadal, hormonal se desarrolla el sexo genital, lo que implica el desarrollo de órganos internos y externos.

Definir el sexo como algo “asignado al nacer” es un retroceso de varios decenios y hasta siglos en el conocimiento científico. Pero claro, totalmente coherente con el principio de la IG según el cual “nada es natural, todo es cultural».

Definir “sexo” de esta manera es legitimar el uso de la expresión “cambio de sexo” desde el punto de vista legal o por intervenciones quirúrgicas que modifiquen apariencia. De acuerdo a lo que exponemos, es totalmente evidente que el cambio de sexo es imposible.


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2. Otro gravísimo error del folleto es -al hablar del sexo- afirmar que existen tres clases de personas: hombres, mujeres e intersexuales. Cuando describe a las “intersexuales” señala que “hay personas cuyo cuerpo no es fácilmente catalogable de acuerdo a esta división binaria. A estas personas se les llama intersexuales. De cada 20 000 recién nacidos, aproximadamente 1 es intersexual”.
Incluir la clasificación “intersexuales” junto a varones y mujeres es una falacia muy evidente, y esto por dos motivos.

a) En primer lugar, porque la “intersexualidad” descrita aquí se refiere únicamente a la ambigüedad genital, dejando de lado todas las demás dimensiones del sexo ya mencionadas. Debe quedarnos claro: un “intersexual” en cuanto a sus genitales externos suele tener un sexo genético absolutamente definido (2). Cada una de sus células lleva el sello de su sexo, el cual es una condición originaria, irrevocable e ineludible.

b) En segundo lugar, porque la “intersexualidad” no es un tercer sexo. La intersexualidad surge de una diferenciación sexual inadecuada. Es una patología, como lo es la espina bífida, la polidactilia o una cardiopatía congénita.

En este caso parece ser evidente la intención de confundir los ámbitos de la salud con la no-salud, desdibujando los límites, con la finalidad de generar confusión y “romper” el “rígido esquema binario y heteronormado” (la frase la invento yo, no aparece en el folleto, pero le he leído casi textual en otros lugares) contra el cual se dirige con todas sus fuerzas la IG. Pero por más que el esquema “binario” a muchos les parezca rígido, es imposible hacerlo desaparecer, y forma parte esencial de la vida humana, en su radical inserción al mundo natural.

3. Por último –al menos por ahora- es sumamente interesante algo señalado en el recuadro inferior, porque constituye el núcleo conceptual de la IG: “La orientación sexual, la identidad de género, el sexo y la expresión de género constituyen aspectos importantes de la vida de las personas y, si bien están interrelacionados, son dimensiones independientes entre sí”.

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Es este el meollo de la cuestión, y aquí radica –entonces- una de las tareas más importantes para recuperar el equilibrio. Hay aquí un equívoco –o una mentira- fatal, porque esos “aspectos importantes de la vida de las personas” no son independientes entre sí.

Los adelantos en las neurociencias, por ejemplo, confirman que en el momento del nacimiento el cerebro humano no es unisex, anatómica ni funcionalmente.
La llegada de las hormonas a las neuronas (como se señaló más arriba) induce la feminización o masculinización del cerebro, lo que se traducirá en rasgos diversos que pueden llegar a detectarse hasta en niños de 1 día.
Los estudios de Baron-Cohen, Lippa y Lytton y Rommey, por ejemplo, han demostrado -con datos empíricos- diferencias conductuales entre el sexo femenino y masculino en ambientes completamente diversos, costumbres y estratificaciones.

Además de su acción en la configuración del “cableado” del cerebro –con las consecuencias emocionales, cognitivas, sociales, que eso conlleva-, la acción de las hormonas a lo largo de toda la existencia ejercerá una influencia innegable, de modo especial en la pubertad y adolescencia.

Decir simplemente que “están interrelacionados pero son independientes entre sí” es minimizar la influencia, y es establecer un dualismo antropológico que muchas veces llega a constituirse en contraposición entre biología y psicología.


Soy consciente de que algunas personas experimentan muchas dificultades para vivir armónicamente estas diferentes dimensiones. Para algunos, la incomodidad con su propio cuerpo y la dificultad para percibirse a sí mismo en sintonía con su dimensión física representa un gran sufrimiento. Sé perfectamente que en algunas personas la orientación sexual no se despliega en consonancia con la dimensión heterosexual complementaria evidente en el cuerpo.

Todos sabemos que es necesario un proceso para configurar y desplegar tanto la identidad sexual como la orientación, y que en ese camino puede haber tropiezos, avances y retrocesos.

Pero difundir entre los jóvenes la idea de que estas “son dimensiones independientes entre sí”, y que “existen tantas combinaciones entre éstas como personas hay en el mundo, las mismas que pueden ir variando a lo largo de la vida” es GENERAR CONFUSIÓN, SEMBRAR INSEGURIDAD,igualar armonía con disarmonía, favorecer la fragmentación de la persona, y ocultar el lado más dramático de la cuestión: las personas en las cuales estos aspectos están armonizados presentan muchos menores problemas de salud mental y física que aquellas que por condición o por opción de vida están desarticulados.

Concluyendo este primer intento de análisis, quiero dejar en claro nuevamente que tengo el máximo respeto y aprecio hacia toda persona, y de ninguna manera quiero con estas líneas atacar a quienes por diversas razones tengan dificultades en el ámbito de su identidad sexual, sino todo lo contrario.

Pero a esta altura es bastante evidente que cuando la ideología desea imponerse, no vacila ni siquiera en negar los datos científicos o tergiversarlos.

Lo realmente valiosos para nuestros niños y jóvenes no es presentarles la persona como una especie de proyecto que pueden construir libremente según sus deseos: es invitarlos a aceptar lo que ya son, aceptar su identidad –que no es sólo la autopercepción, sino que incluye el cuerpo- y desplegarse armoniosamente de acuerdo al orden inscrito en la propia naturaleza.

Ecología humana, podríamos llamarlo, que nos invita al respeto de las leyes del Creador.

(1) Para el análisis y la crítica que propongo me inspiro fundamentalmente en una conferencia dictada por la Dra. Zelmira Bottini de Rey en Paraná el 23 de Mayo de 2019, y en uno de sus artículos referidos a la Educación sexual integral.

(2) Está claro que también existen otras formas de intersexualidad sin ambigüedad en genitales externos como es el caso que haya cormosomas de menos (sindr. De Turner. XO) o de más Klineffelter (XXY). Pero la explicación del folleto no parece referirse a estos casos. No obstante, también son patológicas.

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