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Juan 15,12-17

por Pbro. Luis A. Zazano
Juan 15, 12-17

Evangelio según San Juan 15,12-17.

Jesús dijo a sus discípulos:
«Este es mi mandamiento: Amense los unos a los otros, como yo los he amado.
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.
Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.
Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.»

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Amarnos en Él

1) El mandamiento: en esto vemos que Dios nos sigue marcando que debemos amarnos en el tinte de aceptarnos y acogernos. Pero amar es aceptar a la otra persona como es y crecer desde allí en su presencia. La mayor grandeza de amar es ver ese «cachito» de Dios en el otro.

2) Amigos: no hay nada más hermoso que tener amigos. La vida te da una familia, pero a los amigos uno los elige. Cuántos en este tiempo extrañamos esa juntada con los amigos. No sabes la desesperación que tengo para juntarme con mis amigos y meterle un asadito y compartir todo esto que vivimos. Porque los amigos tienen ese lenguaje distinto. Es el que te acompaña y te hace el agüante. Es el que te dice las cosas y te muestra el caminar. Es quien te corrige, pero es quien te ayuda cuando no sabes para dónde disparar. Hoy ofrece tu oración por ese amigo que te hace la vida diferente.

3) Elegir: el cristianismo es una vocación. Un llamado y una propuesta de Dios que te la hace diferente y distinta. Es Él quien te propone y vos sos libre de elegir. Estamos llamados a dar frutos y frutos duraderos. Hoy con tu vida podés construir muchísimo en la vida de muchas personas. Ánimo y a construir.

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Un año con Jesus

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1 comentario

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ana alvarellos mayo 15, 2020 - 11:21 am

Los hombres, el mundo, el diablo, buscan, empujan, nos tientan para que busquemos el éxito individualmente, para sobresalir en el éxito personal, para ponernos por encima de los demás, para separarnos de los demás para para gratificarnos de nuestras propias capacidades y de la posición adquirida, generalmente, para obtener placer y fama. Lamentablemente, hombres y mujeres admiran a quien emerge por haber alcanzado fama y suerte en este mundo. Pobres desgraciados, han hecho de sí mismos y del éxito su dios, aunque los veamos en Misa entre nosotros, siguen siendo solo pobres infelices, porque llevan en el corazón no el Amor que proviene de Jesús, sino sentimientos de separación y auto-predilección. Querrían hacer de Jesús su garante para poder mantenerse así como han logrado estar ahora. Al contrario, es el poder regalar todo, hasta la propia vida, lo que nos introduce en esa realidad de Amor que Jesús ha realizado y que nos une y nos hermana tanto que no tendremos más prejuicios en nosotros, ni mucho menos simpatías o antipatías. El fruto que tenemos que dar y compartir es precisamente esa gran comunión en la persona de Cristo que nos hace sentir «uno» con todos. No las grandes manifestaciones públicas, que nos dan la sensación de ser muchos, sino un completo olvido de nosotros mismos para convertirnos en un Jesús completo, un Hijo único, grande e inmenso como toda la humanidad. No necesitamos el consuelo humano de saber cuántas personas van a Misa, sino el amar con tanta fuerza y decisión como sea posible a Aquel que se ofrece todos los días como sacrificio al Padre, para poder ser verdadera comunión de Amor.

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