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Meditación del 5 de junio

por Pbro. Luis A. Zazano
Marcos 12, 35-37

Evangelio según San Marcos 12,35-37.

Jesús se puso a enseñar en el Templo y preguntaba: «¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David?
El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies.
Si el mismo David lo llama ‘Señor’, ¿Cómo puede ser hijo suyo?». La multitud escuchaba a Jesús con agrado.

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Dios es Dios.

1) David: la figura de David para nosotros es fuerte. Recibe la confianza de Dios, nos muestra con su vida que Dios no elige por apariencias sino por el corazón. Pero también en la vida de David vemos que la misericordia de Dios es gigante, ya que de ser el gran elegido pasa a ser un gran pecador porque mata a su fiel soldado para quedarse con su mujer. Aquí te das cuenta de que el seguimiento y la elección que hace Dios no es matemático ni mucho menos lógico. Pero, sin embargo, vemos que quien se arrepiente de corazón puede lograrlo todo, ya que Dios perdona todo corazón arrepentido.

2) Hijo de Dios: es la mayor grandeza que podemos tener vos y yo. Saber que, para Dios, somos importantes más allá de nuestras fallas y errores. Lo que nos manifiesta Jesús es que podemos lograr grandes cosas. Él te tiene en su mente desde siempre y vos tenés que jugártela más cada día, porque lo que Dios te dio es único: la vida.

3) Corazón manso: es la mansedumbre lo que debemos aprender a trabajar. Saber que estamos en las manos de Dios y es la mano de Dios la que nos guía. Saber que necesitamos siempre de Dios, ya que es postrarnos con nuestra nada para ser todo en Él. Por eso hoy le decimos: «tomadlo Vos y dadme en cambio lo que sabéis que me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad».

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Un año con Jesus

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1 comentario

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ana alvarellos junio 5, 2020 - 3:23 pm

La ciencia y el conocimiento humano tienen sus límites, que deben ser reconocidos y aceptados. El hombre con todo su ingenio nunca podrá llegar a un nivel que pueda prescindir de Dios y de reconocer la belleza y la grandeza de la Creación. Los hombres de ciencia que captan este signo de la presencia divina en el estudio de la ciencias humanas encuentran también la explicación para lo que se puede explicar solo con la fe. Saber aceptar el límite de nuestro conocimiento nos enriquece interiormente y nos da Luz para «ver» lo que no es visible con ojos meramente humanos. Cada hombre y mujer tienen límites diferentes, pero siempre límites propios, que tenemos que reconocer como nuestros y vivirlos en la fe del Señor, sin negar la realidad o intentar con la técnica ir más allá, por medio de experimentos aberrantes y que racionalmente niegan la presencia de un Padre. La auto-presunción nos conduce solo a resultados erróneos por orgullo y a deducciones que ofenden hasta a la misma ciencia que se profesa. La humildad logra conocer con la fe lo que no se puede conocer, porque la humildad de la fe nos inserta en la vida de Dios mismo, que nos revela y comparte con nosotros la misma Vida divina.

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