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Vivir más anclado en Dios

por Pbro. Carlos Padilla E.
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Cada día me levanto con el deseo de vivir más anclado en Dios, más confiado, más libre. Cada día le vuelvo a decir a Jesús que mi vida es suya, que le pertenezco, que confío en su amor misericordioso y he dejado a un lado los miedos que me atan.

Cada día vuelvo a hacerlo convencido de que en algún momento notaré esa libertad interior que tanto sueño. Y todo sin dejar de amar en lo humano. Decía el P. Kentenich: «El amor de los santos no es heroico porque haya descartado el amor al tú humano y sólo vea y abrace a Dios, no porque haya humillado y profanado al tú humano convirtiéndolo en un ‘ello’, sino porque la tri-unidad de las almas ha experimentado un desplazamiento de acento. La fijación al yo se ha aflojado, el yo ha pasado a segundo plano, el tú humano y el tú divino, unidos en una bi-unidad peculiarmente misteriosa, se encuentran de tal manera en el centro, que se ve y ama más al hombre en Dios que a Dios en el hombre». Me gusta el amor de los santos que no renuncian al amor humano, al apego de los vínculos y logran amar a los hombres en Dios. Esa libertad interior me permite vivir en Dios, vivir como ciudadano del cielo. ¡Cuánto me cuesta! Mi corazón quiere retener al amado, lo amado. Quiere paralizar los pasos cadenciosos de los días que desaparecen en el pasado. Quiere sostener en su puño cerrado el calor del cariño que quiere ser eterno. Temo como un niño la llegada de la noche, la incertidumbre del día siguiente que aún desconozco. Me asusta perder lo que hoy me llena y sentir un vacío que me da punzadas de hambre. Quiero seguir abrazando, sosteniendo, levantando vidas sin dejar de mirar confiado al cielo. ¿Cómo es posible tanto dolor y tanta muerte si me han prometido el cielo aquí en la tierra? Los gritos del Calvario resuenan en mi alma haciéndome ver que no todo es siempre tan perfecto, tan bello, tan lleno de luz como mi alma sueña. Y la oscuridad y las sombras y el pecado lo enturbian todo haciéndome ver que aún no he llegado al cielo. Quisiera yo tener la libertad de los niños o esa santa indiferencia de los santos, para no temer al futuro. Eso significa decir cada día «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo» o «Hágase en mí según tu palabra» en la voz de María. Quiero inscribir mi corazón en el de Jesús, digo con voz queda. Pero luego, cuando la vida se torna insegura y mis pilares firmes se tambalean, dudo. Quiero sujetar las riendas de mi vida, quiero asirme a ese palo del mástil que gobierna enhiesto mi débil barca. Quiero contener las velas que me llevan donde yo no quiero. Y no es porque esté amando en exceso todo lo humano, porque eso es lo que Dios quiere que haga. Él no busca mi mal, ni desea mi pérdida. Pero aquí en la tierra es todo incompleto. La vida, la felicidad, la paz, la bondad, el deseo. Y yo me aferro con todas mis fuerzas a mi presente feliz pretendiendo eludir todos los males posibles. No suelto la vida, no confío realmente. La imagen que tengo de Dios es la que me facilita dar la vida. Sé que si creo en su misericordia podré confiar más. Si me cuesta descubrir su amor diario y bondadoso, desconfiaré. Pero lo cierto es que no siempre confío en el final feliz de todos mis planes. Y no me dejo hacer por el Dios que lo único que quiere es que sea feliz. No me lo creo. Digo que se haga su voluntad. Le doy un cheque en blanco a María para que pida lo que quiera. Estoy dispuesto a dar la vida entregando como Abrahán en Moriah incluso al hijo de mis entrañas. Sólo si Dios me lo pide. Pero lo hago con la cabeza mientras mi corazón se rebela con ansias. No quiere perder pie en las aguas profundas. No quiere que la barca de mis sueños se hunda en medio de la marejada. Soy tan frágil en todos mis amores. Tan humano, tan de carne. Si tuviera mi corazón más anclado en Dios pasearía por la vida sin afanes, sin miedos ni angustias. Enfrentaría las tormentas sin temor. Y sabría que siempre hay un puerto tranquilo cuando vuelve la calma. Me gustaría vivir así el presente, los vínculos, los desafíos de la vida. Me gustaría seguir amando a Dios en los hombres sin querer retenerlos, sin querer guardármelo todo, sin pretender ser pleno en medio del camino.

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1 comentario

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Nestor Oscar Aversa junio 27, 2020 - 4:59 pm

Excelente reflexión

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