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Volviendo al corazón de la Iglesia

por Elena Fernández Andrés
Santa Misa

Volver a la Iglesia, a la casa del Padre, volver a vivir la misa de cuerpo presente. La emoción que despiertan estos hechos es lo que transmite este testimonio que nos llega desde España, segunda entrega de esta serie de artículos que cuentan el suceso de regresar a misa en tiempos de pandemia.

Querida Filotea (la que ama a Dios):

Hace mucho tiempo que no te escribo. Ya sabes que esto del “confinamiento” nos está alterando el ritmo natural a todos y a veces no sé ni en qué día vivo. Se pasan los días tan rápidos y tan extraños… Pero no quería esperar más para contarte un regalo muy grande que el Señor, en su infinita Misericordia, nos ha concedido de nuevo.

Sí, sí, ya me imagino que tu corazón, tan amante de Dios, ha saltado de alegría al imaginarse la noticia… Efectivamente, ¡de nuevo hemos podido gozar del corazón de la Iglesia! ¡De nuevo hemos podido asistir a la Eucaristía de forma presencial! Guau… qué inmenso regalo, ¿verdad? Porque es un regalo impresionante, infinito, que no cabe en nuestras pequeñas mentes, que el Señor haya querido quedarse entre nosotros en algo tan asequible como un pedazo de pan y un poco de vino, y solo por las palabras de unos pobres hombrecillos elegidos por Él para una vocación altísima: ser otro Cristo en medio de nosotros. Sí… contigo vuelvo a exclamar: ¡qué inmenso regalo!

Nuestro obispo fue uno de los primeros en cerrar las iglesias al comenzar la pandemia. Su gran prudencia le hizo obrar así, ya que en la Diócesis hemos tenido algunos de los focos más importantes. Sin embargo, las “iglesias digitales” se abrieron casi al instante por doquier, llenando las redes de iniciativas donde podíamos seguir celebrando unidos a nuestros pastores.

Fueron unos días muy especiales donde me sentí muy unida a Él, que se hizo más cercano que nunca, y a tantos hermanos nuestros que, por la zona donde habitan o las circunstancias que viven, no pueden acceder tan fácilmente como nosotros a los sacramentos. ¿Sabes?, a veces sentía que la Iglesia en mi corazón era más universal que nunca…

Pero el alma ansía más y más… y solo el que es Infinito puede saciar su sed de infinito… Así que cuando nos dijeron que se abrían las iglesias para, primeramente, poder tener la posibilidad de orar, confesar y recibir la comunión… nuestro corazón saltó de alegría como sé que salta el tuyo al leer mis palabras. Ese gran acontecimiento tuvo lugar el pasado 11 de mayo… Sí, sí, ya sé que he tardado en escribirte para contártelo… pero déjame seguir que hay más.

Yo pude ir ese mismo día. Pero, si te digo la verdad, solo pude orar. Es cierto que me creía preparada para comulgar, pues me preparé a conciencia cuando el Papa nos dio la posibilidad de ganar indulgencia plenaria. Los días previos fueron para mí realmente días penitenciales y recibí el don de la indulgencia con un gozo tan… creo que no hay palabras humanas para expresarlo…

Pero, no sé por qué, el día 11 me sentía totalmente indigna y muy débil. Creo que estos días de confinamiento me han hecho valorar aún más el Misterio tan grande que suponen los sacramentos. Y estoy segura, querida Filotea, que a ti te pasa igual, pues tu alma también vibra con las cosas de Dios.

Ese día y el siguiente solo podía estar ante Él en silencio. En absoluto silencio… Y creo que eso hizo que tuviera aún más hambre de su Presencia en lo más íntimo de mi ser. Así que el día 13, ¡día de la Virgen de Fátima!, y de la mano de la Madre (¿cómo no hacerlo en su día y con Ella?), me lancé a confesarme y recibir la comunión después. ¿Sabes, amiga? De nuevo hubo silencio… pero lleno esta vez de Él en medio de mi pobreza y debilidad. Solo Él… ¿hacía falta algo más? Tal vez solo el frágil y asombrado por tanta Misericordia “gracias” que surgió después…

Así estuvimos unos días. Y dos semanas después… ¡se abrió el culto público! Un lunes, un sencillo lunes, donde el Señor se derramaba de nuevo a través de las palabras del sacerdote, como cada día del confinamiento, pero esta vez estábamos allí delante para escucharlas entre las gafas empañadas por las mascarillas. Hubiera saltado y gritado si no fuera porque había que mantener una cierta compostura… pero la emoción era tan grande… El sacerdote sí que nos hizo llegar la suya, compartiéndonos el gozo que sentía al vernos delante y no bancos vacíos. ¡Y yo le entendía tan bien! Hasta las lágrimas…

Y no solo el culto público… también la capilla de adoración perpetua de mi parroquia ha vuelto a abrir. Esta vez más tiempo en el templo grande que en la capilla en sí, por aquello del espacio de seguridad. De nuevo Jesús está en su casa con las puertas abiertas, esperando con su Corazón de puertas siempre abiertas, a que vayamos a estar un ratito con Él… Jesús vino a nuestras casas durante las semanas más duras de confinamiento y devolverle la visita es un regalo… más para mí que para Él, desde luego. Pero… sé que me entiendes… estoy segura de que vernos allí a todos es también un regalo para Él…

Te mando ya esta misiva, con ánimo de que te llegue pronto. La buena noticia de Jesús siempre hay ganas de compartirla con rapidez.

Pronto, muy pronto, nos volveremos a ver e iremos juntas a los pies de Jesús, como tantas veces.

Cuídate mucho. Un abrazote en Cristo.

Te quiere, tu amiga Elena+

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