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10 minutos con Jesús. Hoy: El que la sigue, la consigue

por 10 Minutos con Jesús
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Señor mío, Dios mío creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia, te pido perdón de mis pecados y Gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía, inmaculada; San José, mi padre y señor; Ángel de mi Guarda, intercede por mí.

Evangelio según San Lucas 18,35-43

Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía.
Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret. El ciego se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!».
Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». «Señor, que yo vea otra vez».
Y Jesús le dijo: «Recupera la vista, tu fe te ha salvado». En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios.

Lecciones

Cuántas lecciones podemos sacar tú y yo del evangelio. Son Jesús tus enseñanzas, son tu palabra, palabra de vida eterna, palabras en las que encontrar consuelo y esperanza, ayuda y sabiduría para toda la vida. A veces cuanto estamos dispuestos a pagar por unas clases particulares o por una estancia en un país extranjero para aprender un idioma. Tu Jesús no nos cobras nada por tus enseñanzas, es más, estás deseando que yo me detenga, que deje a un lado mis cosillas y que te escuche. Lo hago ahora. Es san Lucas quien nos cuenta: se acercaba a Jesús a la ciudad de Jericó. Había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. 

Jericó

Vamos a detenernos. Jesús realmente no te diriges a Jericó, realmente buscas a ese ciego mendigo sentado en la cuneta del camino, deseando obtener de la misericordia de los demás unas monedillas con las que comprar algo de comer y con lo que poder ir subsistiendo; pero tú Jesús, sabes que lo que de verdad necesita no son unas monedillas sino poder ver, algo que la misericordia de los que se detienen para darle un poco de dinero no puede realizar. Además en aquella época, se pensaba que las desgracias físicas eran consecuencia de otro tipo de desgracia, de una desgracia espiritual, de no contar con la gracia de Dios, de haber cometido ofensas graves a Dios, por eso a la desdicha de no poder ver, se le juntaba la desdicha de ser considerado un pecador a los ojos de Dios. Seguro que Dios le había castigado con la ceguera por sus pecados. Cuánto nos equivocamos en nuestros juicios Jesús, que paciencia tienes que tener con nosotros, un pecador a los ojos de Dios; sin embargo son los ojos de Dios los que se detienen sobre ese ciego, llenos de misericordia para devolverle lo que tanto ansía, no solo la vista sino la vida. El ciego no sabe que se le está acercando, no una persona misericordiosa, sino la misericordia en persona, la misericordia de Dios. La misma que ha realizado en otras épocas proezas con el pueblo de Israel. 

Curar

Pero, la curación no será inmediata, le hará esperar, se lo hará desear, le pedirá fe y hará con él, algo todavía más grande,  el que para muchos ha sido sin más, un desdichado sentado junto al camino, se convertirá en un apóstol, en un maestro de fe pero no sólo para los que presencian en la escena sino para todos los que vendríamos después por los siglos de los siglos. Ya ves, aquí estamos tú y yo después de 2000 años aprendiendo de aquél mendigo. 

Jesús, hijo de David

Nos sigue contando san Lucas: al oír que pasaba gente preguntaba qué era aquello y le dicen pasa Jesús Nazareno. Entonces comenzó a gritar “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí, los que iban delante le regañaban para que se callara pero lo gritaba más fuerte Hijo de David ten compasión de mí”. Mira como pide, como lo espera todo de Jesús, como persevera en su petición a pesar de que los demás le mandan callar o se ríen de él. Son pocas las palabras que pronuncia pero son de una gran eficacia. Jesús ten compasión de mí. Si nuestra oración Dios la escucha siempre, esa oración surte un efecto inmediato en el corazón de Cristo. Ten compasión de mí. Si Jesús es la misericordia. Te compadeces Jesús de la multitud que anda como ovejas sin pastor, te compadeces de Pedro y de Mateo, de Santiago y de Juan y les llamas para ser apóstoles, te compadeces de Zaqueo y de la Hemorroísa, de Jairo y del buen ladrón y te compadeces Jesús de mi y también de ti, que me escuchas. Y cuando escucha esa petición: Ten compasión de mí, necesito de tu compasión, necesito de ti, de tu ayuda, te necesito. Estas palabras penetran hasta lo más hondo de su corazón y enseguida viene en nuestra ayuda. Qué gran oración por ser tan sencilla, tan humilde. Jesús ten compasión de mí. Vamos a decírselo muchas veces, como el ciego Bartimeo, que así es como nos dice san Marcos que llamaba, Bartimeo. Ten compasión de mí o ten compasión de esta persona que le pasa esto o lo otro y Jesús hará a lo grande, lo que tú y yo más necesitemos o lo que esa persona necesite. 

Contar

San Lucas nos sigue contando: Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: “qué quieres que haga por ti”, él dijo: “Señor que vea otra vez”. Jesús le contestó: “recobra la vista, tu fe te ha curado”. Enseguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios y todo el pueblo al ver esto alababa a Dios. Te das cuenta todo el pueblo al ver esto, todo el pueblo al escuchar rezar a Bartimeo alababa Dios. El mendigo convertido en maestro de oración y en apóstol. El siguió a Jesús por el camino glorificando a Dios, lleno de alegría y de agradecimiento y los demás conmovidos por la fe de Bartimeo alababan en sus corazones a Dios. 

Bartimeo

Qué bien haces las cosas Jesús, aunque a veces, hagas conmigo, como has hecho con  Bartimeo, hacerme esperar, tenerme tiempo pidiéndote compasión para acrecentar mi fe y para dar testimonio de mi fe a quienes me rodean. Cómo eres Jesús, eres tú quien hace el milagro y delante de todos, y delante de todos, le decís a Bartimeo: “recobra tu vista, es tu fe la que te ha curado”. Qué poder tiene la fe, que poder en mi interior, si confío más en ti.

Jesús nos enseñas que buscar estar contigo en estos ratos de oración no nos va a ahorrar ni dificultades ni disgustos ni penas,  nos enseñas que recobraremos la vista, que sabremos ver en esas dificultades, oportunidades para crecer interiormente en humildad, en paciencia, que son virtudes que nos facilitarán después darnos más y mejor a los demás y que veremos en esas dificultades ocasiones para amarte más a ti, Jesús, poniéndonos a tu cruz por la redención del mundo, como Miquel Feliú, un chico de segundo de bachillerato, que reconocía que su amistad con el Señor había crecido mucho en los últimos meses, rezaba e intentaba darse a los demás, tenía sus planes para el curso que comenzaba, el último en el colegio, y se propuso hacer un retiro espiritual.

Allí se le abrió un panorama muy ilusionante. Le pidió a Jesús ser una herramienta para acercar a la gente al cielo,  que le ayudará a dejar las cosas de la tierra y le ayudará a subir con él a la cruz. Qué valiente!  Cuenta que Jesús escuchó sus peticiones, le sonrío y se la regaló. Llevaba tiempo con algunas molestias y una semana después de aquel retiro le diagnosticaban un tumor en el pulmón.

A pesar de haber cambiado por completo el escenario de su vida y de no esperarse lo en absoluto a pesar de las sesiones de quimioterapia que le dejan hecho fosfatina, cuenta que desde entonces todo ha sido felicidad. Hay muchísima gente rezando por él, ahora también lo hacemos nosotros rezamos por ti Miquel para que ocurra un milagro, aunque él piensa que el milagro ya ha ocurrido Jesús está tocando el corazón de muchísimas personas y dice cuando veo eso desde el hospital, todo mi dolor y sufrimiento cobra sentido y me hace ser feliz.

Ahí está, una herramienta para acercar a mucha gente al cielo. “Si el día en que me diagnosticaron la enfermedad o unos días después me hubiera ido al cielo, mi paso por esta tierra hubiera sido testimonial, ahora lucho cada día, para hacer de mí, una mejor persona, para hacer más feliz la vida de los que me rodean y para intentar hacer de este mundo, aunque sea desde la cama de un hospital, un sitio mejor para vivir. 

 Es el mismo milagro que hizo Jesús con Bartimeo. Jesús ten compasión de mí, mira que deseos de quererte más, mucho más, que deseos de verte en las cosas que me pasan y de saber ver como Miquel el lado bueno de las cosas. No lo que ya no puedo hacer, sino todo el bien que puedo realizar. 

Oración final

Te doy gracias Dios mío por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en este rato de oración. Madre mía, inmaculada; San José, mi padre y señor. Ángel de mi guarda, intercede por mí.

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