Ayer, domingo 28 de mayo pasado, celebremos Pentecostés y un frase escuchada en misa y una película despertaron esta texto sobre el Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad, a la que celebramos este domingo 4 de junio.
Ayer, al final de la misa dominical, el sacerdote pronunció una frase que me dejó pensando. Palabras más, palabras menos, dijo que al Espíritu Santo lo solemos asociar con determinados elementos como lo son una paloma, la luz, el fuego o los dones. Pero, señaló, que el Espíritu Santo es una persona, tercera integrante de la Santísima Trinidad, junto al Padre y al Hijo. Además, preguntó, que responderíamos si a la salida de la celebración alguien nos preguntará quién es el Espíritu Santos….
¿Quién eres, Espíritu Santo?
Pues en el punto 684 del Catolicismo de la Iglesia Católica se dice que “El Espíritu Santo con su gracia es el “primero” que nos despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva que es: “que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3). No obstante, es el “último” en la revelación de las personas de la Santísima Trinidad.
Anteriormente, en el punto 683 se señala que ” “Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino por influjo del Espíritu Santo” (1 Co 12, 3). “Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!” (Ga 4, 6). Este conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. Él es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia”.
Para, posteriormente, en el punto 686 indicar que ” El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del Designio de nuestra salvación y hasta su consumación. Pero es en los “últimos tiempos”, inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. Entonces, este Designio Divino, que se consuma en Cristo, “primogénito” y Cabeza de la nueva creación, se realiza en la humanidad por el
Espíritu que nos es dado: la Iglesia, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, la vida eterna.
Una persona no un elemento
Pero convengamos que si le respondiéramos con estas acertadas palabras del Catecismo a la persona que en la calle nos preguntará quién es el Espíritu Santo, nuestro interlocutor diría que nos hemos aprendido bien la letra pero no el espíritu. Ya que como bien lo dijo el sacerdote en la misa, el Espíritu Santo es vida y no letra muerta. Es la persona que nos impulsa a salir de nosotros o a no encerrarnos en nosotros, en nuestros problemas. Es el ir al prójimo o que él venga a nosotros. Es el Espíritu Santo el que nos invita, nos ayuda a ser la persona a través de la cual Dios lleva o nos trae su ayuda a su consuelo.
Es lo que le ocurre a Otto Anderson, el personaje que Tom Hanks encarna en A man called Otto (Un vecino gruñón), remake del film sueco de 2015, Un hombre llamado Ove, basada en la novela homónima de Fredrik Backman.
En el film Otto Anderson sufre la muerte de su esposa y piensa que sin ella su vida no tiene sentido, al punto que decide suicidarse. Hasta que unos nuevos vecinos se aparecen en su vida y le demuestran lo equivocado que estaba. Algo que le puede ocurrir a cualquiera de nosotros, porque claramente a lo largo de nuestra existencia todos podemos ser Otto y pensar que la vida no tiene sentido y andar todo el tiempo enojados, pensando que todos los demás son idiotas o malas personas. Que no servimos para nada o a nadie, más aun si sufrimos alguna enfermedad o un impedimento físico.
Y como le sucede a Otto Anderson, el Espíritu Santo puede venir a nosotros a través de una vecina que llama a nuestra puerta pidiendo que la llevemos al hospital a ver a su esposo y así rescatarnos de nuestra auto-lamentación; e ir uno a ayudar a otro vecino que está a punto de ser estafado. Para que nos demos cuenta, como Otto Anderson, que no estamos en este mundo por casualidad sino porque Dios nos dio la vida por algo y para algo. Porque somos templo del Espíritu Santo.
Una posible respuesta
Así que de aquí en adelante si alguien me para en la calle y me pregunta quién es el Espíritu Santo, le responderé que es la vida que vale la pena ser vivida con todo, afuera de uno, mentalmente, física y espiritualmente. Que es ese amor que te enciende el alma y que se despierta en el cuerpo en la presencia de Dios y de Jesús, como le ocurrió discípulos de Emaus. O para decir como Otto Anderson cuando se sube a su nueva camioneta con su vecina y sus hijas y sale a la ruta: “Esto sí que es vida”.
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