Vale la pena tener fe cuando uno no ve nada, cuando todo es oscuro. Merece la pena confiar cuando no me sé amado y el corazón sufre. Al final lo único que me salva es el amor.
Uno de los discípulos no estaba presente cuando llegó Jesús: «Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre». Tomás no está ese día encerrado por miedo a los judíos. No sé por qué no está, no es relevante. Lo que sí importa es que ese día Tomás no se siente amado por Jesús. Ese día comprende que para Jesús Él no era realmente valioso, era prescindible. No lo amaba tanto, no le importaba su ausencia. A veces me pasa a mí. Cuando algo importante sucede y yo no estoy me angustio y pierdo la paz. Tendría que haber estado o al menos lo que sucedió debería haber sucedido cuando yo estaba. Me cuesta no estar presente en los momentos importantes. Y si además eso tiene que ver con la persona amada todo se complica.
Tomás no se siente amado por Jesús. Al menos no tanto como los demás. Si lo hubiera amado tanto como a los otros hubiera llegado cuando él estuviera presente. Es un sentimiento muy humano. No es envidia, es sólo el deseo de ser amado, la necesidad de ser tomado en cuenta. ¿Se puede amar a todos por igual y siempre con este cuerpo humano lleno de límites? ¿Acaso amaba Jesús menos a Tomás que al resto? ¿Por qué no esperó a que Tomás estuviera presente? Son preguntas que no tienen respuesta, ni ahora, menos aún entonces. Tomás siente lo que siente y su sentimiento es verdadero. Igual que cuando un hijo no se siente tan amado por su madre como su otro hermano. Es legítimo el sentimiento. Es verdadero porque lo que yo siento es verdad, aun cuando me den razones suficientes para no sentirme triste o enojado. Claro que Jesús ama a todos por igual. Claro que me ama a mí con locura y a ti también. Claro que amaba a todos los discípulos igual, también a Judas. Esto no quita que algunos se sintieran más amados por Jesús que el resto, como le pasaba a Juan. Y quizás otros menos amados. Ese sentimiento es legítimo y seguro que cada uno encontraba razones para sentirse así. Igual que hoy Tomás encuentra injusto lo que ha pasado y no se siente tan amado por Jesús. Y cuando eso sucede uno puede actuar de forma injusta. Así lo hace Tomás que desconfía de sus hermanos. Pone a prueba a Jesús. Si realmente es así, que vuelva y que yo lo vea y lo pueda tocar. Reta a Jesús a ver si lo ama tanto como le dijo en vida. Y Jesús vuelve. ¿Tal vez llegó antes que Tomás sólo para que Tomás pudiera vivir después esta experiencia tan honda? El resto no lo vivió así.
Igual que Pedro, al hundirse en las aguas, tuvo una experiencia de misericordia que los demás no tuvieron o cuando negó tres veces y luego fue perdonado. A veces hay que experimentar el abandono, creer que me hundo, sentir que me ahogo, tocar el fracaso, para poder vivir una experiencia de la misericordia de Dios que me salva, me saca de mi caída, de mi muerte, y me reconstruye. Así lo hace hoy Jesús con Tomás. Toma su mano y mete su dedo en el costado abierto. Toca sus llagas. ¿Hubiera podido desear llegar a tanto? Sin duda parecía imposible. Que Jesús aceptara el reto y llegara de nuevo al cenáculo, les regalara la paz y me dejara a mí una experiencia de misericordia infinita. Dichoso si creo sin ver. Dichoso si toco el amor de Dios en forma de misericordia. Dichoso si puedo tocar sus llagas y encontrarle escondido en esa carne rota. Me conmueve la mirada de Tomás que ahora cree más allá de las llagas, de la carne que toca. Más allá de su experiencia de saberse profundamente amado por Dios. Tomás toca ese amor imposible de Jesús. Sólo por él regresa, por su reclamo, por su exigencia inmadura e infantil. Vuelve para decirle que vale la pena tener fe cuando uno no ve nada, cuando todo es tan oscuro. Merece la pena confiar incluso cuando no me sé amado y el corazón sufre por esa llaga que se abre en mis entrañas. Al final lo único que me salva es el amor, como leía el otro día: «El hombre nunca puede ser redimido simplemente desde el exterior… El hombre es redimido por el amor». Creo porque me sé amado. Creo en ti porque has venido a salvarme, a rescatarme, a decirme que soy especial, único, alguien por quien merece la pena regresar. Esa experiencia de saberme amado es la que realmente sana el corazón.
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