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La fe es un don que cambia el alma

por Pbro. Carlos Padilla E.
Discipulos caminado con Jesus

La fe es un don que se recibe y me cambia la mirada. A veces digo que creo pero vivo como si no lo hiciera porque no actúo en consecuencia. Vivo como si Jesús no fuera importante para mí, no fuera mi amigo, ni mi maestro. Como si seguir sus pasos por el camino de la vida no fuera clave en mi maduración como persona.

Decía el Papa León XIV en su paso por España: «No podemos creer en Jesús y promover la guerra, no podemos creer en Jesús y matar al inocente, no podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la memoria». Y es cierto. No podemos ser injustos amando a Jesús. Todo amor me asemeja, y si no lo hace, puede ser que mi amor no sea tan profundo, ni tan radical. Las preguntas resultan evidentes y duelen en el alma. ¿Cómo puedo decir que amo a Dios si no respeto a mis hermanos más cercanos cuando los juzgo con mi mirada y con el corazón? ¿Cómo puedo decir que amo a Jesús si luego mato al inocente que aún no ha nacido o abandono al débil, al enfermo, o al anciano? Son contradicciones. Porque, como nos decía el Papa, la santidad tiene que ver directamente conmigo. No son santos los otros, los que no conozco, los que me parecen mejores. Creo que yo mismo estoy llamado a ser santo: «La santidad no es un privilegio de unos pocos, sino un don que compromete a todos los bautizados a vivir la plenitud del amor a Dios y a los hermanos. Los sacramentos, especialmente la eucaristía son el alimento para crecer en una vida santa, para configurarse con Cristo en virtud del Espíritu Santo».

El amor a Jesús me transforma de tal manera que ya no puedo vivir de espaldas a su amor a mis hermanos, como si Dios no existiera. Quiero amar hasta el extremo. Quiero amar en las dificultades y en los momentos de bonanza. Amaré siempre y no dudaré de su presencia junto a mí. Esa mirada positiva es la que me salva y me permite caminar con esperanza. Tengo claro que yo puedo ser santo si me dejo transformar por su mirada. Sé que si es así, y me dejo tocar por su amor, mis actitudes fundamentales y mis sentimientos acabarán cambiando. Cuando Dios lo logra en mí, sucede que en lugar de la guerra siembro la paz. En lugar de crear distancias, uno a los que están más lejos y separados. En lugar de poner obstáculos a mi hermano que es diferente, consigo que su vida sea más fácil. Esto es lo que le dice Dios al pueblo de Israel. Y es lo mismo que me dice a mí. Quiere que sea su propiedad sagrada porque precisamente eso es lo que me salva: «En aquellos días, llegaron los hijos de Israel al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña. Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo: – Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los hijos de Israel: – Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa». Jesús me llevará en sus alas y me salvará. Y en el salmo he repetido: «Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades».

Estoy llamado a ser propiedad de Dios. Estoy llamado a ser santo. La santidad no es el privilegio de unos elegidos. No es la virtud del que no peca nunca y nunca cae. No es una perfección inalcanzable para los mortales, porque todos somos débiles. Es por eso por lo que yo mismo, en mi pobreza y fragilidad, desde mis heridas, estoy invitado a ser amigo de Jesús, a seguir sus pasos, a estar siempre a su lado escuchando su palabra. Jesús me invita a ser santo. Por eso lo más importante entonces es cuidar la amistad con Cristo. Camino con Jesús porque soy su amigo. Voy a ver a los apóstoles porque ellos fueron sus amigos y quiero tocar al amigo de Jesús, al santo y darle un abrazo por la espalda. Porque santo no es el que hace todas las cosas bien, sino el que se ha dejado tocar por la mano de Jesús. El que se ha dejado acariciar por su ternura. El que ha oído la palabra de Jesús en su oído y todo ha cambiado para él definitivamente. La santidad es una gracia que se me regala cuando abro el corazón y me dejo tocar por la misericordia divina. Cuando me levanto después de haber luchado y haber caído tantas veces. Me gusta esa santidad inalcanzable que se pone a tiro. Porque cuando me dejo tocar por Dios soy más feliz, tengo más paz y suelto las riendas de mi vida para que Jesús me lleve donde Él quiera que yo vaya. Dejo de controlar, de retener, de atarme con fuerza para que no me conduzca a lugares desconocidos. Lo suelto todo para que la vida siga su rumbo. Me conmueve esa actitud interior de los que son libres. Quiero vivir así, apasionadamente, con un corazón grande y la paz en el alma. Sin pretensiones que superan mi pequeñez, sin apegarme a lo que es sólo un don de Dios. Sin exigirle a la vida lo que no puede darme. Quiero caminar despacio y confiar. Quiero seguir los pasos de Dios y sentir que todo es posible si camino con Él. En sus alas, en sus pasos. Hacerlo todo con Él para sentir lo que Él siente. 


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