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El abrazo antes que la indiferencia

por Pbro. Carlos Padilla E.
Abrazo familiar

«El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa»

La indiferencia es un mal del hombre que a mí también me aqueja. Me duele el dolor de los demás cuando me afecta, cuando está cerca de mí, cuando me roza y me hiere. Entonces no soy indiferente, me conmuevo y me quedo ahí, en medio del dolor, de la herida, de la muerte. Me quedo ahí para dar esperanza, para transmitir la paz que me falta, para consolar en el desconsuelo. En esos momentos venzo mi indiferencia, salgo de mi caparazón, rompo a llorar con ese don milagroso que Dios concede a sus hijos. Para que sepan llorar con el que llora y reír con el que ríe. Con esa forma tan natural de entregar la vida por el débil, por el pequeño, por el miserable. En esos momentos mi corazón se deshiela y sufre, como si al ver sufrir a los demás sufriera también yo mismo con ellos. Y sus lágrimas despertaran mis propias lágrimas. Eso sucede sólo cuando estoy cerca, cuando miro a los ojos al que padece un mal. Y es que el dolor que me roza la piel me importa, me afecta, no me deja indiferente.

Depende entonces de mí, de mi actitud ante la vida, de mi lejanía o mi proximidad. Cuando me acerco sufro con el que sufre. Cuando me alejo sufro de otra manera, por un dolor más egoísta, propio del que se encuentra solo y no le encuentra un sentido a su propia vida. Porque la vida sólo merece la pena ser vivida cuando se pone al servicio de los demás. Y cuando esto no sucede, la vida deja de ser apasionante, se torna monótona, y transcurre en un egoísmo que se busca a sí mismo. Comprendo entonces que si me alejo del que sufre, yo sufro menos. Si permanezco en la distancia las cosas me afectan de otra manera. Si me vuelvo lejano y desapegado de los demás, dejo de ver el dolor que me rodea y me vuelvo indiferente. Me doy cuenta de que, sin pretender ser masoquista, prefiero el dolor que provoca el amor, el sufrimiento que se levanta después del apego, que la indiferencia y la frialdad del alma. Me importa la vida de los demás porque me dejo mi propia vida en sus manos y les entrego mi corazón. Creo que mi vida tiene más sentido cuando vivo atento a la vida de los demás, a sus sufrimientos, a sus preocupaciones, a sus inquietudes. Pero me sigue asustando lo cerca que estoy siempre de permanecer en la indiferencia, me dan miedo mis olvidos y despistes.

Cuando me olvido de una cara, de un nombre, de una historia. Cuando dejo de preocuparme por los problemas de los demás y miro sólo lo que a mí me interesa. Cuando no retengo el dolor de los que sufren y no lo disimulo, como si reamente nada me importara. Cuando por egoísmo prefiero que sea otro el que ayude a los demás, mientras yo me cuido y descanso. Escucho lo que les decía el Papa León XIV a los jóvenes en Madrid y me conmueven sus palabras: «La fe da luz y buen sabor a toda experiencia humana. Cuando la vida no sabe a nada es como si nos fuera arrebatada, no la sentimos nuestra. Indiferencia, inconformismo, violencia, guerra, mentira. Sed chispa de una humanidad nueva. Sed misioneros del Evangelio. Nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad. Es la virtud que cambia la historia más que otras. Vosotros podéis cambiar la historia hacedlo con el amor. Nadie está solo creyendo en Jesús». Y pienso que yo puedo cambiar la historia con amor, mientras que la indiferencia no cambia el corazón de nadie. Yo puedo dejar huella si dejo que mis raíces crezcan en otros corazones, se ahonden, se hagan profundas. Cuando dejo de pensar sólo en mí y comienzo a preocuparme por los que sufren a mi lado. Miro sus miserias y se convierten en mías, porque me vuelvo misericordioso, compasivo, humano. Mi corazón se abaja, se abre, se rompe por el que necesita ser amado, comprendido y valorado. Frente al egoísmo elijo de nuevo la generosidad.

En lugar de la pasividad decido primerear, como hace siempre Cristo, y acercarme al que me necesita, o necesita al menos algo de esperanza. Frente a la violencia y la guerra opto por la paz y la comprensión de la postura de los demás, sin atrincherarme en mis puntos de vista. Frente al orgullo y la soberbia que intentan imponerse, elijo siempre la humildad y la mansedumbre, como actitud ante la vida. Tengo claro que vivir una vida sin sal no sabe a nada. Una vida sin luz no me deja ver las cosas importantes de mi camino. Una vida sin esperanza es una vida muerta y sin sentido. Elijo vivir amando, comprendiendo, consolando, cobijando en mi alma a los que sufren, a los que necesitan ser amados y comprendidos. Elijo la verdad frente a la mentira. Y el respeto frente al abuso. El abrazo antes que la indiferencia.


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