San Maximiliano Kolbe nos cuenta cómo, en medio de la oscuridad de Auschwitz, entregó su vida para salvar la de un padre de familia, convirtiéndose en un gran testimonio de amor y esperanza.
Soy san Maximiliano Kolbe, nací en Polonia, el 8 de enero de 1894 y, desde muy joven, sentí el llamado a seguir a Cristo como franciscano. Mi misión fue anunciar el Evangelio, especialmente a través de los medios de comunicación, convencido de que la fe también podía llegar por la palabra escrita.
Durante la Segunda Guerra Mundial abrí las puertas de mi convento para dar refugio a perseguidos, sin importar su origen o religión. Por este motivo, en 1941 fui arrestado por los nazis y enviado al campo de concentración de Auschwitz.
Estando allí, vi que un padre de familia fue condenado a morir de hambre, di un paso al frente y ofrecí mi vida a cambio de la suya. Permanecí junto a los demás prisioneros, rezando y sosteniéndolos hasta mi muerte, el 14 de agosto de 1941.
La Iglesia me recuerda como el mártir de la caridad, porque entendí que no hay amor más grande que dar la vida por los demás. Mi historia quiere ser un testimonio de esperanza: incluso en medio del odio y la oscuridad, el amor siempre tiene la última palabra.
Años más tarde, el hombre cuya vida salvé estuvo presente en mi canonización, como un testimonio vivo de que el amor entregado por los demás nunca es en vano.
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