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El ministerio de Pedro hoy: un servicio para la unidad

por Delia Plazaola
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«Apacienta mis ovejas»

Hay palabras de Jesús que nunca envejecen. Entre ellas resuena aquella dirigida a Simón Pedro: «Apacienta mis ovejas». No fue una invitación al poder, sino al amor; no un privilegio, sino una entrega. Desde aquel día, cada sucesor de Pedro ha recibido la misma misión: custodiar la fe, confirmar a sus hermanos, mantener unida a la Iglesia en torno a Cristo y llevar la Buena Nueva a todas las naciones de la tierra

Sin embargo, cada época necesita redescubrir el modo de vivir esa misión. 

Vivimos en un mundo donde abundan las divisiones, las desconfianzas y las voces que nos enfrentan unos con otros. Por eso, quizá hoy comprendemos mejor que nunca que el Papa no es solamente quien preside la Iglesia, sino quien está llamado a recordar, con su propia vida, que la comunión es posible porque Cristo sigue siendo el Pastor de su pueblo.

San Juan Pablo II tuvo la valentía de expresar este deseo con una humildad sorprendente. En su encíclica Ut Unum Sint  – Para que sean uno – quiso que resplandeciera con mayor claridad la verdadera finalidad del rol papal: 

«Pido al Espíritu Santo que nos ilumine y nos conceda encontrar juntos las formas con las cuales este ministerio pueda realizar un servicio de amor reconocido por unos y otros.» (Ut Unum Sint, 95).

¡Qué profundidad en estas palabras! El Papa nos habla de hacer visible el amor. Comprende que la autoridad confiada por Cristo alcanza toda su belleza cuando los hombres descubren en ella el rostro de un padre, de un hermano, de un servidor que reúne y no divide. Un fuerte llamado al ecumenismo del amor: un reconocimiento a que el amor de Dios no conoce diferencias doctrinales sino que abarca a la humanidad toda, priorizando la fraternidad, la caridad y el trabajo conjunto por el bien común. 

Años más tarde, el papa Francisco retomó esa misma intuición y la llevó al corazón de la vida de la Iglesia con la sencillez que lo caracterizaba. 

«También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral.»

Y, con una honestidad que conmovió al mundo, añadió:

«Puesto que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado.» (Evangelii Gaudium, 32).

Estas palabras purifican el rol  del ministerio de Pedro. Nos recuerdan que toda autoridad eclesial debe irradiar a Jesús, que lavó los pies de sus discípulos, caminó junto a los pequeños y entregó la vida por sus amigos. El sucesor de Pedro está llamado a ser la roca de la fe, sí, pero también el primero en recorrer el camino de la humildad.

Por eso, cuando contemplamos el camino abierto por san Juan Pablo II y profundizado por Francisco, descubrimos una misma melodía del Espíritu. El primado permanece firme porque nace de la voluntad de Cristo. Lo que madura es la forma de ejercerlo: menos como una autoridad distante y más como una presencia cercana; menos desde la lógica del centro y más desde la comunión; menos preocupado por ocupar un lugar y más por ayudar a que Cristo ocupe el centro.

Las primeras palabras del papa León XIV parecen brotar de esa misma corriente espiritual. Al comenzar su ministerio petrino confesó con sencillez:

«Fui elegido sin ningún mérito y, con temor y temblor, vengo a ustedes como un hermano que desea hacerse siervo de la fe y de la alegría.»

Y, dirigiéndose a los cardenales, expresó:

«Sé que puedo contar con todos y cada uno de ustedes para caminar conmigo, mientras continuamos, como Iglesia, como comunidad de amigos de Jesús, anunciando la Buena Nueva.»

En la celebración que inauguró su ministerio volvió a señalar el horizonte que desea para toda la Iglesia: una Iglesia «fundada en el amor de Dios y signo de unidad», capaz de convertirse en «fermento para un mundo reconciliado».

No son palabras nuevas; son el mismo Evangelio pronunciado con una voz nueva. Son la continuidad de un único camino, donde el sucesor de Pedro sigue siendo la roca sobre la que Cristo sostiene a su Iglesia, pero una roca que no aplasta, sino que sostiene; que no se impone, sino que abraza; que no busca ser admirada, sino transparentar al único Señor.

Quizá ese sea el mayor regalo que el Espíritu está haciendo a la Iglesia en este tiempo: ayudarnos a comprender que la grandeza del papado no reside en el poder que ejerce, sino en el amor que sirve. Porque cuando Pedro se hace verdaderamente servidor, cuando desaparece toda pretensión de grandeza humana, entonces aparece con más claridad el rostro del verdadero Pastor. Y es Cristo quien vuelve a ocupar el centro.

Al final, esa ha sido siempre la misión del sucesor de Pedro: conducir a toda la Iglesia hacia Jesús, para que, al contemplarlo a Él, el mundo crea y encuentre la paz.


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