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Meditación del día 29 de octubre

por Pbro. Luis A. Zazano

Evangelio según san Lucas 13,31-35

En ese momento se acercaron algunos fariseos que le dijeron: “Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte”.
El les respondió: “Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado.
Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste!
Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.

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Herodes quiere matarte

  1. Aléjate: Me tocó experimentar buscar que Dios me diga las cosas según todo fluya o no. Entonces, como que le decía a Dios: “Mira, si este viaje sale es porque vos lo querés” y me daba cuenta de que tenía que dar una conferencia en lugares donde no me sentía cómodo o a donde me daba cuenta de que Dios no me mandaba, por el hecho de que uno piensa “Si todo se da, es que viene de Dios; si no se da, no”. Pero, la madurez espiritual exige que uno vaya aprendiendo a discernir y a estudiar bien las decisiones que tiene que tomar. Uno no puede ser bebé toda la vida, a quien todo el tiempo uno tiene que indicarle las cosas: “Comé esto, hacé esto, hacé esto otro”. Hay veces que me piden dirección espiritual, pero hay veces que me piden que ya sea el instructor espiritual, cuando me piden que les diga lo que tienen que hacer o lo que no tienen que hacer. Sería como el muchacho que anda en bici, pero con rueditas, y siempre hay que empujarlo. Dios no es el andador ni las muletas ni el lazarillo de nadie. Lo que nos propone es saber tomar decisiones con sabiduría, que aprendas a formar tu carácter y que aprendas a ser líder de tu vida y en tu vida. Para dejarte en claro: Dios no se fija en tus circunstancias externas, sino en tu interioridad, cómo te vas formando y cómo vas decidiendo.
  2. Caminos: El miedo es un instinto básico de supervivencia, pero si vos dejas que maneje tu vida te mantendrá estático en todo tu vivir. Cuando el miedo y el sentido común no están unidos puede atarte de por vida, llevándote a no distinguir el temor de la fobia. El temor es como cuando uno se sube al auto y se pone el cinturón de seguridad, eso es un temor o un respeto. Pero el pánico o el miedo es cuando, desde que subís al auto hasta que te bajas del vehículo, no paras de pensar en accidentes y posibles accidentes que pueden suceder. Por eso, no te entregues a la esclavitud del terror que tu propia cabeza puede generar. No hay nada más triste que una persona maneje la vida por miedo. Acordate que un ejército, el ejército de Israel, por miedo a Goliat, no pudo actuar. Hay veces que a una persona concreta vos la haces gigante y monstruosa, la convertís en tu Goliat en la vida, no por lo que es, sino por el miedo que le tenés. Por eso, termino diciéndote: “El miedo nunca escribió una sinfonía ni una poesía; el miedo nunca negoció un tratado de paz; el miedo nunca sanó una enfermedad; el miedo nunca sacó a una familia de la pobreza ni a un país de la intolerancia; el miedo nunca sanó un matrimonio ni siquiera un negocio”. Por lo tanto, no dejes que la fe y el valor sean comidos por el miedo de tu propio interior.
  3. Bendito: Siempre pedí a Dios la humildad para saber discernir y también para dejarte ayudar y poder entender si algo viene de Dios o no. Creo que uno de los problemas que hay en la Iglesia es la cantidad de divisiones que tenemos entre movimientos, congregaciones, instituciones. El problema es que nos disputamos quién tiene la franquicia de Dios, y como que todo vale cuando alguien viene y te dice: “Dios me dijo, Dios me mostró, Dios me indica esto”. Creo que, a diferencia de Samuel (el famoso Samuel que escuchamos en nuestra historia del Antiguo Testamento), nuestra oración es distinta. En Samuel escuchamos aquello que leemos siempre en las ordenaciones sacerdotales: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” pero, cuando van pasando los años, parece que decimos: “Escucha, Señor, que tu siervo habla”. Capaz que esta sea una oportunidad de escuchar al Señor. Algo bueno está por venir.

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