“Todo hombre es lámpara, que Dios ha hecho para que resplandezca y alumbre”.
Hoy, 24 de julio, la Iglesia celebra la vida de san Chárbel. Sacerdote, monje y ermitaño católico maronita.
Nació con el nombre de Youssef Antoun (José Antonio) Makhlouf, en 1828, en un pueblo montañoso del Líbano. Era el quinto hijo de una familia piadosa y campesina. Su padre falleció cuando Youssef era muy pequeño. Su madre se volvió a casar con un hombre de gran religiosidad, que lo acostumbró a rezar todos los días.
Desde muy joven, llevó una vida santa y devota. Dos de sus tíos eran eremitas pertenecientes a la Orden Libanesa Maronita. Los visitaba con frecuencia para aprender sobre la vida de los monjes. Desde pequeño supo que Dios lo llamaba al sacerdocio y a la vida monástica, especialmente como eremita.
Cuando cuidaba el ganado, solía tener momentos de oración en los campos cercanos a su aldea. Contemplaba a Dios entre las inspiradoras vistas de los valles y montañas del Líbano.
Era espacialmente devoto de la Virgen María. Había en una cueva una imagen de la Madre de Dios, a la que el santo siempre acudía a realizar sus oraciones.
A los 23 años, entró a la vida religiosa en el convento de Nuestra Señora de Mayfouq, donde fue recibido como postulante. Como monje recién profesado, renunció a su nombre bautismal y eligió como nombre de consagración el de Chárbel, en honor a un mártir del siglo II y que significa: “historia de Dios”.
Tiempo después, lo enviaron al convento de Annaya, donde profesó votos perpetuos como monje. Posteriormente realizó sus estudios de filosofía y teología en el monasterio de san Cipriano de Kfifan. Fue ordenado sacerdote unos años más tarde, regresando al monasterio de San Marón. Allí pasó muchos años de vida ejemplar, en oración y apostolado. Al cuidado de enfermos, el pastoreo de almas, el trabajo manual y el silencio contemplativo. Ayunaba y velaba incesantemente, arrodillado ante el Santísimo.
Años más tarde, se siente preparado para vivir según la regla de los Ermitaños de la Orden Maronita. Fue enviado a la ermita de los santos Pedro y Pablo. Allí los monjes se dividían en pequeñas comunidades de tres personas. Para él fue como un segundo nacimiento. Podía trabajar, orar, realizar penitencia, ayunar y estar en silencio. La única perturbación que tenía, era la gran cantidad de visitantes que llegaban atraídos por su reputación de santidad.
Vivió hasta los 70 años, en que Dios lo llamó a su presencia en 1898, en víspera de Navidad.
Después de su muerte, se hizo muy popular, porque Dios quiso señalarlo con numerosos prodigios. Su cuerpo se mantuvo incorrupto por décadas. Su tumba, de noche, era iluminada por una luz antinatural. Su cuerpo exudaba una mezcla de sangre y agua.
El papa Paulo VI lo beatificó y canonizó.
La devoción a san Chárbel se ha extendido dentro y fuera de las fronteras del Líbano. Se convirtió en un “puente” muy real, entre Oriente y Occidente, un vínculo que ha tendido el Espíritu Santo.
En el día que recordamos a san Chárbel, te pedimos Señor, nos concedas el espíritu de oración, humildad y penitencia, que le concediste a tu hijo, monje y ermitaño, para que por su intercesión, podamos servirte con ferviente amor. Porque algo bueno está por venir.