Hoy, 27 de febrero, la Iglesia celebra la fiesta de San Gabriel de la Dolorosa
El santo nació el 1 de marzo de 1838 en Asís, Italia, y fue bautizado con el nombre de Francisco Possenti. Era uno de los más pequeños de 13 hermanos de una familia de clase media alta. A los 13 años quedó huérfano de madre y sus hermanos y su padre se ocuparon de su crianza. Su padre era comerciante, político y un excelente católico y se preocupó por darle a su hijo una buena educación para que lograra moldear su fuerte carácter y mal genio.
Junto a su familia se trasladó a Spoleto donde se transformó en un líder de los jóvenes. Allífue formado por los Hermanos cristianos y los padres Jesuitas, grandes educadores que lo ayudaron a resistir sus pasiones y la mundanidad. Con ellos, Francisco se convirtió en un joven de suave temperamento, decidido, generoso, sensible y afectuoso. Las enseñanzas recibidas en los colegios le ayudaron fortalecer su vida, su espiritualidad y su fe. Siempre tenía la palabra apropiada, amena y dotada de una gracia que sorprendía.
A Francisco le gustaba mucho el canto, y logró ganar premios en poesía latina y en las veladas teatrales. Era un joven dinámico, con una gran pasión por su fe cristiana. Dentro su habitación, Francisco había colocado una escultura de La Piedad para su veneración íntima. Cuando iba al teatro Meliso con su padre, solía salir a escondidas para ir a rezar bajo el pórtico de la catedral, que estaba muy cerca; luego regresaba antes de finalizar la función para salir con los demás espectadores.
En su juventud se esmeraba en vestirse a la última moda, era elegante y de trato refinado. El joven rebosaba de alegría y tenía un gran talento para el baile, por esto era el preferido de las muchachas. Su lectura favorita eran las novelas pero, como en otro tiempo le sucedía a san Ignacio de Loyola, en el momento que leía las novelas sentía emoción y agrado, pero después le quedaba en el alma una profunda tristeza y vacío. Aunque sus amigos lo llamaban el enamoradizo, sus amores mundanos le resultaban dulces por fuera y dolorosos en el alma.
Su primera juventud se caracterizó por una gran tensión que le generaba profundos conflictos internos y angustia por vivir rodeado de comodidades y atraído por una forma de vida frívola, negando su vocación religiosa.
Cuando estaba por comenzar sus estudios universitarios, padeció una seria enfermedad y, lleno de miedo, prometió que si se curaba de aquel mal se iría de religioso. Pero apenas estuvo bien de salud, olvidó su promesa y siguió gozando del mundo. Luego de un año, enfermó más gravemente. Francisco volvió a prometer ingresar como religioso si sanaba y, lleno de fe, invocó la intercesión de un santo jesuita martirizado en las misiones y, al colocarse una reliquia de aquel mártir sobre su pecho, se quedó dormido y cuando despertó estaba curado milagrosamente. A pesar de sus promesas, al curarse, volvió a las fiestas y enamoramientos, aunque sus conflictos internos persistían respecto de su vocación.
Cuando en Italia estalló la peste del cólera, miles de personas morían cada día y, entre ellas, murió la hermana que él más quería. Possenti consideró que esto era un llamado muy serio de Dios para que se vaya de religioso. Por esto, habló con su padre, pero a este le pareció que un joven tan amigo de las fiestas mundanas se iba a aburrir demasiado en un convento y que la vocación no le iba a durar más que algunos meses.
El 22 de agosto de 1856, Franciso asistió a la procesión de la “Santa Icone”, una imagen mariana venerada en Spoleto, y cuando en un momento levantó sus ojos hacia la Virgen María, esta le habló al corazón para invitarle con apremio: “Tú no estás llamado a seguir en el mundo. ¿Qué haces, pues, en él? Entra en la vida religiosa”. La Virgen le dirigió una mirada que jamás había sentido en su vida y Francisco ya no pudo resistir más. Decidido a cumplir su promesa, fue donde su padre a rogarle que lo deje irse de religioso y recibida la aprobación del confesor de su hijo, su padre le condeció el permiso de entrar a una comunidad religiosa.
Aunque Francisco había pedido ser admitido como jesuita y fue aceptado, comprendió que por ser un hombre de vida tan mundana, necesitaba una comunidad religiosa más rigurosa, y el 10 de septiembre de 1856 entró en el noviciado pasionista de Morrovalle en la provincia italiana de Macerata y tomó el nombre religioso de Gabriel de la Dolorosa. Gabriel, que significa “el que lleva mensajes de Dios” y ‘de la Dolorosa’, porque su devoción mariana más querida consistía en recordar los siete dolores que sufrió la Virgen María.
Al ingresar, tenía solo 18 años. Hasta ese momento, había gozado de muchas comodidades y debió realizar una fuerte transición a la cotidianidad del claustro en una comunidad donde se ayuna o se consumen alimentos simples y poco variados. Aunque el cambio fue brusco, conservaba la alegría y un vivo amor por Dios y sus hermanos, nadie lo oyó jamás una queja ni lo vio disgustado.
Todo lo que Gabriel de la Dolorosa hacía lo hacía con toda el alma. Así como en el mundo, Francisco Possenti se había dedicado con todas sus fuerzas a las fiestas, como religioso, se dedicó con todas las fuerzas de su personalidad a cumplir los reglamentos de su comunidad. Sus compañeros se admiraban de su gran amabilidad, de la exactitud en su cumplimiento y del fervor que ponía en sus prácticas de piedad. Su vida religiosa fue breve, apenas duró unos seis años. Solo su director espiritual supo cuánto luchó su naturaleza para acostumbrarse a la rígida y austera vida religiosa de la comunidad.
Su entrega fue con todo su corazón y fue tan grande la felicidad que encontró en la vida religiosa que, en uno de sus escritos expresó: “La alegría y el gozo que disfruto dentro de estas paredes son indecibles”. Sus mayores amores eran Jesús Crucificado, la Eucaristía y la Virgen María.
Aunque se desconoce hasta dónde había perdido su inocencia bautismal en su vida mundana, durante su vida de religioso hizo saber cuánto lamentaba el santo aquella etapa. En una de las 40 cartas que de él se conservan, le escribió a un antiguo amigo: “Mi buen colega; si quieres mantener tu alma libre de pecado y sin la esclavitud de las pasiones y de las malas costumbres tienes que huir siempre de la lectura de novelas y del asistir a teatros donde se dan representaciones mundanas. Mucho cuidado con las reuniones donde hay licor y con las fiestas donde hay sensualidad y huye siempre de toda lectura que pueda hacer daño a tu alma. Yo creo que si yo hubiera permanecido en el mundo no habría conseguido la salvación de mi alma. ¿Dirás que me divertí bastante? Pues de todo ello no me queda sino amargura, remordimiento y temor y hastío. Perdóname si te di algún mal ejemplo y pídele a Dios que me perdone también a mí”.
Cuando Gabriel de la Dolorosa se encontraba cerca de comenzar el sacerdocio, enfermó de tuberculosis. Esta enfermedad le impidió continuar con sus deberes y lo obligó a recluirse en la enfermería. El santo aceptó con alegría y paciencia los sufrimientos que Dios le permitía padecer y, aunque sus días transcurrían entre ahogos y vómitos de sangre, Gabriel se mantenía paciente y durante un año recitó la oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní: “Padre, si no es posible que pase de mí este cáliz de amargura, que se cumpla en mí tu santa voluntad”.
Gabriel sentía un gran aprecio por los sufrimientos porque entendía que lo volvían muy semejante a Jesús sufriente y lo soportaba todo con un valor y una tranquilidad impresionantes. El santo solía decir: “Lo que más me ayuda a vivir con el alma en paz es pensar en la presencia de Dios, el recordar que los ojos de Dios siempre me están mirando y sus oídos me están oyendo a toda hora y que el Señor pagará todo lo que se hace por él, aunque sea regalar a otro un vaso de agua”. Además, su gran devoción a la Virgen María lo llenaba de valor y esperanza y lo hacía crecer en santidad.
Los sufrimientos corporales que padeció, la paciencia que mostró en la debilidad y su total sumisión a las condiciones que los superiores le imponían, fueron las principales características de su santidad. Gabriel no recibió la gracia de ningún don espiritual o experiencias extraordinarios, tal vez no es uno de los santos más conocidos y no realizó obras de gran relevancia, sin embargo, su vida nos habla de un amor sin medida y una entrega absoluta a la voluntad de Dios Padre. Simplemente vivió la vida de un pasionista y se esforzó por alcanzar la perfección. (Zolpidem) Gabriel acostumbraba decir: “Nuestra perfección no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer bien lo ordinario”. Gabriel supo vivir el sufrimiento con una alegría extraordinaria.
La mañana del 27 de febrero de 1862, luego de recibir los santos sacramentos y de haber pedido perdón a todos por el mal ejemplo que les podría haber dado, cruzó sus manos sobre su pecho y murió sumido en éxtasis de amor y rodeado por sus hermanos religiosos en el Monasterio Pasionista de Isola del Gran Sasso. Al poco tiempo de su paso a la eternidad, se dieron diversos testimonios de milagros obrados por su intercesión, por esto, en 1917 se inició su proceso de canonización. El 13 de mayo de 1920 el papa Benedicto XV lo declaró Santo de la Iglesia Católica y, en el año 1926, el papa Pío XI lo nombró copatrono de los jóvenes laicos que se dedican al apostolado, junto a san Luis Gonzaga. En el día de su fiesta, le rogamos a san Gabriel de la Dolorosa que interceda ante Dios por todos los jóvenes para que luchen por vivir en santidad porque hasta el Cielo no paramos.