“He amado la justicia y he odiado la iniquidad, por eso muero en el destierro”
Se llamaba Hildebrando de Soana, toscano, nombre que en alemán significa espada del batallador, nació en la Toscana, en el seno de una familia de modesta extracción social. Crece en el ámbito de la Iglesia romana al ser confiado a su tío, abad del monasterio de Santa María en el Aventino, donde hizo los votos monásticos. En el año 1045 es nombrado secretario del papa Gregorio VI, cargo que ocuparía hasta 1046 en que acompañará a dicho papa a su destierro en Colonia tras ser depuesto en un concilio, celebrado en Sutri, acusado de simonía en su elección. Después de haber colaborado con los papas san León IX, que lo nombró abad de san Pablo, y Alejandro II, fue proclamado papa unánimemente por el pueblo. Tomó el nombre de Gregorio VII (Gregorio significa: el que vigila) y llevó a cabo con mucha valentía el programa de reformas, que él mismo había impulsado como colaborador de sus predecesores. En 1046 al fallecer Gregorio VI, Hildebrando ingresa como monje en el monasterio de Cluny, donde adquirirá las ideas reformistas que regirán el resto de su vida y que le harán encabezar la conocida Reforma gregoriana. Durante 25 años se negó a ser pontífice, pero a la muerte del papa Alejandro II, mientras Hildebrando dirigía los funerales, todo el pueblo y muchísimos sacerdotes empezaron a gritar: “¡Hildebrando papa, Hildebrando papa!” – él quiso subir a la tarima para decirles que no aceptaba, pero se le anticipó un obispo, quien con sus elocuentes elogios convenció a los presentes de que por el momento no había otro mejor preparado para ser elegido sumo pontífice. El pueblo se apoderó de él casi a la fuerza y lo entronizó en el sillón reservado al papa. Y luego los cardenales confirmaron su nombramiento diciendo: “San Pedro ha escogido a Hildebrando para que sea Papa”.
San Gregorio se encontró con que en la Iglesia Católica había desórdenes muy graves. Los reyes y gobernantes nombraban los obispos y párrocos y los superiores de conventos y para estos puestos no se escogía a los más santos sino a los que pagaban más y a los que les permitían obedecerles más ciegamente. Y fue aquí donde intervino Gregorio VII con mano fuerte. Empezó destituyendo al arzobispo de Milán pues lo habían nombrado para ese cargo porque había pagado mucho dinero (simonía se llama este pecado). Luego el papa reunió un Sínodo de obispos y sacerdotes en Roma y decretó cosas muy graves. Lo primero que hizo este pontífice fue quitar a todos los gobernantes el derecho a las investiduras, que consistía en que por el sólo hecho de que un jefe de gobierno le diera a un hombre el anillo de obispo o el título de párroco ya el otro quedaba investido de ese poder y podía ejercer dicho cargo. El papa Gregorio decretó que a los obispos los nombraba el papa y a los párrocos, el obispo y nadie más. Estos decretos produjeron una verdadera revolución de todas partes. Todos los que habían sido nombrados obispos o párrocos superiores de comunidades por los gobernantes civiles sintieron que iban a perder sus cargos que les proporcionaban buenas ganancias económicas y muchos honores ante las gentes, y protestaron fuertemente y declararon que no obedecerían al Pontífice. El primero en declarase en revolución contra el papa fue el emperador Enrique IV de Alemania que ganaba mucho dinero nombrando obispos y párrocos. Enrique declaró que no obedecería a Gregorio VII y que se declaraba contra sus mandatos. Pero al papa no le temblaba la mano y decretó enseguida que Enrique quedaba excomulgado, y envió un mensaje a los ciudadanos de Alemania declarando que ya no les obligaba obedecer a semejante emperador. Esto produjo un efecto fulminante. Y apenas Enrique se sintió sin la excomunión se volvió a Alemania y reunió un gran ejército y se lanzó contra Roma y se tomó la ciudad.
El papa quedó encerrado en el Castillo de Santángelo, pero a los pocos días llegó un ejército católico al mando de Roberto Guiscardo, lo sacó de allí y lo hizo salir de la ciudad. El papa tuvo que irse a refugiar al Castillo de Salerno. Mientras los enemigos del santo pontífice parecían triunfar por todas partes, a Gregorio le llegó la muerte, el 25 de mayo del año 1085. Sus últimas palabras que se han hecho famosas fueron: “He amado la justicia y odiado la iniquidad. Por eso muero en el destierro”. Cuando él murió parecía que sus enemigos habían quedado vencedores, pero luego las ideas de este gran Pontífice se impusieron en toda la Iglesia Católica y ahora es reconocido como uno de los papas más santos que ha tenido nuestra santa religión.
“San Gregorio VII: valeroso defensor de nuestra santa religión: pídele a Dios que todos los sacerdotes y obispos sean personas verdaderamente dignas y santas. Más te ama el que te corrige tus defectos, que el que te alaba por lo que no vale la pena.”