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El hatillo de…

por Elena Fernández Andrés
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¿Qué tal si dejamos atrás todo aquello que nos estorbe y nos quedamos en el hatillo sólo aquello que nos enriquece y hace crecer como personas y como cristianos? 

He tenido la oportunidad de colaborar en varias mudanzas, algunas de sacerdotes. Estos días atrás, en una de ellas, he escuchado en varias ocasiones hacer referencia al «hatillo del padre Claret».

San Antonio María Claret guardaba en un pequeño hatillo que siempre llevaba consigo su libro de oración, la Biblia, la ropa indispensable para cambiarse y algún mapa. Y nada más, pues el corazón misionero debe estar libre de ataduras terrenales para volar allí donde el Señor le llame a llevar su Amor y su Palabra.

Reflexionando sobre esto, creo que es una buena enseñanza para todo cristiano. Y, si me apuráis, para todo hombre. Al fin y al cabo, estamos «de paso» por esta tierra y nada de lo que poseemos como bienes materiales nos llevaremos a la otra vida. Y realmente no importa cuántas cosas traslademos de un lugar a otro si el corazón no está enganchado a ellas. Sólo quedará aquello que hayamos sembrado y que se resume, básicamente, en el amor.

Parece que Septiembre ha sido siempre un mes de comienzos. Una vida nueva surge después de los días de descanso y vacaciones, aunque aparentemente las actividades por fuera sean las mismas.

Y yo me preguntaba: ¿cuál es el hatillo que llevo yo para este nuevo comienzo? ¿Sigo arrastrando pesos del pasado? Reconozco que algunas cosas sí son pesos que no vale la pena seguir portando. El corazón debe volar ligero para abrirse a las novedades que el Espíritu Santo quiera traer.

¿Qué tal si dejamos atrás todo aquello que nos estorbe y nos quedamos en el hatillo sólo aquello que nos enriquece y hace crecer como personas y como cristianos? Miro al horizonte y sólo veo luz y belleza. Y, sobre todo, infinitud: la infinitud que nos trae el Señor cuando caminamos con Él y dejamos que nos llene el corazón del gozo de las aventuras nuevas que viviremos de su mano. Con Él, no hay límites. Nuevos lugares, nuevas personas, nuevas experiencias, nuevos aprendizajes… y los amigos y lugares de siempre que nos llenan el corazón con su amor y nos siguen ayudando a crecer, poquito a poquito, pasito a pasito.

Caminemos, ligeros, con los ojos fijos en Aquel que nos lleva siempre más allá de los límites de nuestro horizonte.

 

 

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