Sigue avanzando el tiempo de Pascua. Hoy ya estamos en el quinto domingo de Pascua y la Iglesia nos presenta hoy una de las parábolas más hermosas del Señor, en el Evangelio de San Juan: La vid, la vid verdadera.
El Señor dice: “Yo soy la vid. Ustedes son los sarmientos”. Tal vez nosotros no tenemos mucha experiencia de vides aquí en Colombia, pero la comparación se puede ampliar diciendo que la vid es un árbol y los sarmientos son las ramas de ese árbol. Por lo tanto, podríamos decir que la comparación nos ayuda a entender lo que somos nosotros en relación con Cristo, a la luz de lo que son las ramas en relación al árbol.
Y es fácil entenderlo: una rama si no está muy unida al árbol, si no está muy unida al tronco, sencillamente no está viva. Cuando una rama se corta, se parte y se cae, se separa del árbol; esa rama se seca y ya no forma parte del árbol.
Así, el Señor nos dice que también nosotros, que somos como las ramas de un árbol (que es Él), tenemos que vivir unidos a Él, tenemos que no permitir que nos separemos de Él. Y que nos separemos de Él precisamente porque somos incapaces de permanecer en el amor a Él y en el amor a los demás, es decir, porque caemos en el pecado. No, todo lo contrario. El Señor nos pide que nosotros permanezcamos siempre unidos a Él para que podamos recibir de Él toda la savia, todo el alimento que necesitamos para poder vivir en plenitud, como una rama que está bien unida al tronco, al árbol, y tiene vida, está verde, produce fruto y está, por lo tanto, cumpliendo con la misión que tiene la rama al interior del árbol.
Esto que acabo de afirmar me lleva a un segundo punto y es el hecho de que las ramas, todas con el tronco, forman el árbol y, por lo tanto, nosotros podemos afirmar que la comparación que el Señor nos hace en el Evangelio nos lleva a comprender el misterio de la Iglesia. Cristo con todos nosotros es como un gran árbol: Él es el tronco y nosotros somos las ramas. Es la misma imagen que San Pablo va a tomar, bajo otra forma, diciendo que la Iglesia es un cuerpo: Cristo es la cabeza y nosotros los miembros. Cristo es el centro mismo de la Iglesia. Cristo es el que alimenta a la Iglesia por medio de su palabra, por medio de sus sacramentos, por medio de su vida, que nos la da abundantemente a todos nosotros. A nosotros nos basta permanecer unidos a Él y, al unirnos a Él, nos unimos profundamente los unos a los otros, porque al estar todos unidos (al tronco) estamos unidos también los unos a los otros. Formamos un solo árbol.
Y esto es lo que fundamentalmente hace la comunión de la Iglesia. Somos una comunión, somos un pueblo que camina junto, en donde estamos unidos los unos a los otros, que tiene un mismo destino. Tenemos que caminar, por lo tanto, hombro a hombro, mano con mano, como verdaderos hermanos, ayudándonos, estando pendientes los unos de los otros, dando la mano al que lo necesita. Si alguno se cae, si alguno se fractura, acudamos a Él para que podamos seguir caminando todos juntos.
Este sentimiento de comunidad, de comunión, de ayuda mutua, de solidaridad, está totalmente a las antípodas de lo que generalmente nosotros vivimos. Un mundo individualista, egoísta, en el que cada uno piensa solamente en sí mismo, con una indiferencia absoluta hacia los demás, especialmente hacia los más débiles y desprotegidos; con una capacidad, como dice el Papa Francisco, de descartar a los demás, de echarlos a un lado cuando no nos interesan y no los podemos utilizar, y por lo tanto, viviendo en un mundo lleno de injusticia y de violencia.
El Señor permita que nosotros, en estos días de Pascua, comprendamos adecuadamente lo que significa el cambio profundo que trae su muerte y su resurrección en nosotros. Y que nosotros seamos capaces de acogerlo, de abrir nuestro corazón, para que de verdad nos llenemos del espíritu de Cristo resucitado y podamos vivir en comunión con nuestros hermanos al interior de la Iglesia y, con comunión profunda, con toda la humanidad; siendo conscientes de que de nosotros depende que haya menos injusticia, menos violencia, que haya más fraternidad, más solidaridad y, por lo tanto, que podamos vivir también en paz.
La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. Amén.
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