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El Magnificat de Johann Sebastian Bach

por William Orbaugh
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Muchos músicos han abordado la tarea de musicalizar la oración atribuida a la Virgen María

¿Por qué poner música a las oraciones, rezos y textos de la liturgia?

Desde la consolidación del cristianismo, con sus ritos y ceremonias,  durante el servicio religioso todos y cada uno de los textos se los decía cantando. No para que quedara “más lindo” o más alegre, sino porque ése era el protocolo de comunicación con Dios.

¿La música, un lenguaje para dirigirse a Dios?

Durante la Edad Media – que inicia allá por el año 476, con la caída del imperio Romano de Occidente, poco después de la oficialización del Cristianismo – la corriente de estudio más  generalizada, era la de las llamadas “Artes Liberales”, entre las que junto a la Geometría (el estudio de las formas en su estado puro), la Astronomía (el estudio de las formas en movimiento)y la Aritmética (el estudio del número en su estado puro), se estudiaba la Música (el estudio del número en movimiento). Así, la música formó parte del estudio de la aritmética, la geometría y la astronomía.

De entre todas estas materias, la música era considerada la más elevada, porque además de abordar contenido numérico e intelectual, la música era un lenguaje. Si el estudio de la aritmética y la geometría, perseguían comprendery dominar la naturaleza del número y el espacio; y la astronomía observarla, comprenderla, predecirla; la música permitía “crear” de acuerdo a los parámetros que sólo el que había creado todo: el número, el espacio y los astros podría comprender.
Para dirigirse a Dios, uno no lo haría en lengua vulgar, sino en latín (considerado el idioma más elevado) y tampoco le “hablaría” (como se le habla a un igual), sino se entonaría las sílabas de acuerdo a intervalos y modos rítmicos, previamente seleccionados por su correspondencia con parámetros astronómicos y/o numéricos, que tendrían un significado teológico.

La música era el medio para hablarle a Dios en sus términos.

Durante el servicio religioso, el sacerdote no se dirigía a los fieles, sino a Dios. De hecho, les daba la espalda. Él intentaba, pretendía que Dios escuchara y comprendiera sus oraciones, porque su contenido estaba traducido en simultáneo, al lenguaje de los astros y los números: la música.

No se utilizaba instrumentos, sólo se utilizaba la voz humana – salvo el órgano, por su similitud con la voz humana y sólo cuando un refuerzo fuera imprescindible –. ¿Por qué? Porque un instrumento musical era necesariamente imperfecto, porque habría sido hecho por el hombre. El único instrumento musical perfecto, sería aquel hecho por Dios mismo: la voz humana.

Originalmente, se cantaba a una sola voz (todos la misma melodía), pero la acústica de la iglesia, el eco y la resonancia, hacían que sonara como muchas voces complementarias. Para los fieles, a través de la acústica, Dios aprobaba lo que escuchaba y aportaba el resto.

A partir de San Francisco y Santo Tomás – siglo XIII – la iglesia da un giro más humanista y gradualmente el servicio religioso se enfoca más en los fieles, su comprensión de la liturgia y su participación en las ceremonias. Los músicos empiezan a aprovechar los recursos musicales, para hacer más conmovedores los textos religiosos y litúrgicos. Gradualmente, la música pasa de ser numérica, para ser más afectiva y conmovedora, y dejaría de ser parte de las “Artes Liberales”, para integrarse a las “Bellas Artes”. Esto alcanzará su apogeo durante siglo XVII (el Barroco), sobre todo gracias al aporte de la Iglesia Luterana, que desde sus inicios dio mucha importancia a la música, como articulador de la fe. Pero repito, a partir del siglo XVII, tanto la Iglesia Católica como la Luterana, aprovechan la música con similar eficacia.

Muchos músicos han abordado la tarea de musicalizar la oración atribuida a la Virgen María y que es notable por muchos aspectos entre los que destaca el hecho de incluir una profecía: “desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada”.Y es que en aquel entonces, a las mujeres les estaba prohibido hacer profecías, so pena de ser acusadas de hechicería, lo que da muestra del valor de María y sobre todo, de la certeza y fe que tenía del amparo de Dios.

El proceso de musicalizar la oración consiste en separar cada una de las frases del texto y componer para cada una, arias y canciones corales que formarían parte de un todo.

 

El Magnificat de Johann Sebastian Bach es un buen ejemplo. Inicia con:

  • “Magnificat anima mea Dominum” a coro, con la celebración de timbales y trompetas, elevando esas palabras a nivel de “mantra”, con un marco musical de glorificación y celebración.
  • Sigue el “Et exultavit spiritus meus in Deo salutari meo” (y mi espíritu se regocija en Dios, mi salvador), en un aria para soprano.
  • Sigue un aria a cargo de la soprano, llena de humildad y gratitud “Quia respexit humilitatem ancillae suae ecce enim ex hoc beatam me dicent”, que se transforma en una poderosa y vigorosa entrada del coro en  “omnes generationes” (todas las generaciones)
  • Sigue “Quia fecit mihi magna qui potens est, et sanctum nomen eius”, (porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es Santo) en una profunda aria para bajo, representando el poder y grandeza de Dios.
  • Sigue un bellísimo y  conmovedor dúo “Et misericordia eius ad progenie in progenies timentibus eum” (y su misericordia llega de generación en generación a los que le temen)
  • Luego, el poderoso “Fecit potentiam in brachio suo, dispersit superbos mente cordis sui”, (Él hizo proezas con su brazo: dispersó a los soberbios de corazón ) con coro completo y trompetas triunfales.
  • Sigue el dramático “Deposuit potentes de sede, et exaltavit humiles” (derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes), para tenor, en el que con el canto recrea secuencias descendientes (para los derribados que caen) y ascendentes (para los humildes que ascienden)
  • Luego el “Esurientes implevit bonis, et divites dimisit inanes” (a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos), con un aria de carácter pastoril.
  • Sigue “Suscepit Israel puerum suum recordatus misericordiae suae” (Auxilió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia), en un conmovedor trío femenino.
  • Inicia el final de la obra con “Sicut locutus est ad patres nostros Abraham et semini eius in saecula” (como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abraham y su descendencia por siempre)
  • Y como gran remate, agrega el “Gloria Patri, et Filioet Spiritui Sancto.Sicut erat in principio, et nunc, et Semperet in saecula saeculorum. Amen.” (Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.) en el que en referencia a “como era en el principio” utiliza la misma música que usó al principio de la obra, dando a la obra una cohesión y conclusión triunfal y muy emotiva.

 

Recomiendo escuchar la versión de la Orquesta Barroca de Amsterdam. Que lo disfruten y pasen un momento inolvidable.

 

 

 

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