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¿Qué más quiere Dios que haga?

por Pbro. Carlos Padilla E.
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A veces me canso y tiro la toalla, o la dejo caer. Me olvido de luchar y le echo la culpa al calor, al lugar, a las personas.

Miro a los que están mejor que yo y siento envidia. No miro a los que sufren más o a los que están más solos. Paso por delante preocupado de mis derrotas y sinsabores. Y vivo buscando fuera de mí un culpable, una excusa, para poder justificar mi fracaso. No soy capaz de reconocer con humildad que no he estado a la altura, que no lo he hecho bien, que he fallado. Decía Toni Nadal al hablar de cómo entrenó a su sobrino, el tenista Rafael Nadal: «Siempre hay que tener la fuerza para poder hacer una bola más, hay que ejercitar la resistencia y contar con la adversidad y poderla superar. No he dejado que Rafa se queje. Cuando me decía es que en el partido hacía mucho calor yo le decía, pues sería en tu medio campo, porque el otro ha ganado. Le preguntaba: tú en esa situación ¿qué más podías haber hecho? Ninguna excusa ni justificación nos ha hecho ganar un partido». Educar en la resiliencia no es tan sencillo, pero es el camino. Se pueden perder muchas batallas, pero sigue en pie la lucha por ganar la guerra. No quiero dejar de luchar y pensar que no puedo. Esos pensamientos negativos me desmotivan, me quitan la fuerza para seguir dando más. Es posible entregar la vida. No me desanimo, no me desaliento. No me quedo con tristeza pensando en el último golpe fallado. Puedo hacerlo mejor. Puedo recuperar el tiempo perdido. Puedo volver a ganar si me esfuerzo, si lucho, si me entrego. La vida exige esfuerzos y renuncias. Como decía el P. Kentenich: «¿Podemos llegar a ser santos sin sacrificios, sin reciedumbre? No».1 Me gusta la vida fácil y cómoda en la que todo me lo dan hecho. Esa vida en la que aparentemente no tengo que renunciar a nada y todo me resulta. Una vida blanda que educa hombres blandos. Como si no necesitara poner nada de mi parte para llegar a la meta. Educar en la resiliencia es exigente. En la lucha, en el reconocimiento de la debilidad. Cuando educo de esta forma, sé que luego, si todo sale mal, no puedo quejarme. No puedo vivir denunciando al mundo que no ha estado a la altura. Como si siempre hubiera un culpable fuera de mí.

La pregunta importante es la siguiente: ¿Qué más podría haber hecho yo? Seguro que algo. Seguro que podría haber dado más. Podría haberme esforzado más. Podría haber trabajado más horas, haberme sacrificado, haber puesto mi corazón entero en la lucha y no sólo una parte. No puede ser que yo lo haga todo bien y los demás sean los que lo hacen mal. Hay personas que conozco que siempre me sorprenden. Ellos nunca hacen nada mal. Siempre son los otros, los predecesores, los que estaban antes, los que ahora están y no me dejan hacer a mí. Ellos son los culpables del fracaso, no yo. Esas personas ven la vida de tal manera que si fuera por ellos todo iría mucho mejor. ¿Cómo se llama esa actitud? Falta de autocrítica. Es fácil caer en esta actitud. Siempre el último que arregló mi coche lo hizo mal. O el que pintó mi casa. O el que me dio un diagnóstico médico. O mi último dentista. Ellos se confundieron, no yo. Siempre el anterior no hizo las cosas como debía. Le pido a Dios que me permita ver con claridad mis propios errores sin quejas ni justificaciones. Tampoco quiero quedarme atormentado en mis deficiencias. No quiero vivir meditando el último punto fallado. No quiero dejar de luchar en la vida justificando mi inactividad por mis anteriores derrotas. Puedo aprender siempre de mis derrotas, mucho más que de mis victorias. Puedo aprender a mejorar y corregir mis debilidades. Puedo confiar más en todo lo que Dios puede hacer con mi barro. No dejo de mirar mi vida con alegría y sonreír. Dios me quiere y cuida. Dios construye sobre mi alma herida, a partir de mi humanidad.

Dios puede hacer que todo en mí sea mejor de lo que ahora es. Yo sólo tengo que dejarme hacer. Dios sabe mejor que yo lo que más me conviene. Él lo sabe. Por ese motivo no me quejo cuando no me resultan mis planes. Cuando no estoy haciendo lo que quisiera hacer. No protesto cuando el escenario no es el mejor para sonreír. No busco culpables cuando las cosas no resultan. Sé que en esos momentos sólo me queda aprender a bailar bajo la tormenta. No desisto de mi lucha porque es mucho lo que está en juego y yo estoy en medio de mi vida. No puedo descansar exigiendo a los demás que ellos trabajen. Toda mi vida se juega en mi sí concreto y pequeño. En mi sí oculto y silencioso. Repito ese sí con alegría. Lo hago en medio de sacrificios y renuncias. En ellos Dios me hace sonreír y mirar confiado. Dios sabe todo lo que hay en mi corazón. Y Él logrará que mi vida sea fecunda de la mejor manera. ¿Qué más puedo hacer yo? Me lo pregunto. ¿Qué más quiere Dios que haga? Me levanto. Me sacudo el polvo. Miro confiado hacia delante. No olvido, es cierto. Pero la memoria me da fuerzas para volver a intentarlo. Una y otra vez. Confiando en la mano de Dios sobre mi vida. Eso es lo que más cuenta.

1 Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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