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10 Minutos con Jesús. Hoy: Los Reyes Magos

por 10 Minutos con Jesús

Como es nuestra costumbre, hoy compartimos una de las meditaciones que difunde el equipo de 10 Minutos con Jesús. En la que uno de los Reyes Magos nos cuenta en «exclusiva» su encuentro con el Niño Dios. El equipo de 10 Minutos con Jesús está conformado por sacerdotes y laicos de EE.UU., México, Inglaterra, España, Colombia, Kenya, Filipinas, que hacen posible que miles de personas de todo el mundo pasen 10 minutos diarios de conversación con Jesús a través de WhatsApp, Spotify, Telegram, Instagram, YouTube, Ivoox, Podcast de Apple, Google Podcast.

Señor mío y Dios mío. Creo firmemente que  estás aquí;  que bebes; que me oyes. Te adoro con profunda reverencia<, te pido perdón de mis pecados y gracias para hacer con fruto este rato de oración. Madre mi inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi Guarda, interceded por mí.

Un viaje de 32 meses

Hace ya treinta y dos meses, tres semanas, seis días y cinco horas que dejé mi palacio. Por fin estamos en Belén.  Treinta y dos meses. Los primeros diecinueve me los hice yo solo con los hombres que me acompañaban. Pero luego me encontré con Gaspar, un tipo muy listo y enseguida nos dimos cuenta de que buscábamos lo mismo. Un par de meses más tarde apareció Baltasar con su séquito, en el mismo oasis en el que estábamos detenidos por una tormenta de arena. Baltasar es un tío gracioso, siempre positivo. Un gustazo poder viajar con ellos, porque si hubiera tenido que recorrer todo este periplo yo solo me habría vuelto a mi palacio a las primeras de cambio. Somos magos pero no magos de esos que hacen desaparecer pelotitas y a adivinan cartas. Esos son unos embaucadores. Siempre tengo que aguantar la misma broma: “Ah, eres mago, puedes sacar un conejo de mi sombrero o puedo hacer aparecer una torta”. En mi tierra un mago es un sabio. Yo sé de astronomía, de biología, de plantas medicinales, de arquitectura, de música, de camellos. Por eso me molesta tanto la tontería del conejo.

Del palacio a la tienda

Yo tengo un palacio que es la pasada y llevo casi treinta y tres meses durmiendo en tiendas de campaña. ¿Tú sabes lo que es eso que te despierten los camellos con sus gritos a medianoche? ¿Que tus siervos se pongan a discutir jugando al tatami a las 11 de la noche? ¿Soportar el frío que hace por la noche y el calor durante el día en el desierto y el viento en la cara y las tormentas de arena?  Yo cada noche sueño con mi palacio. Si hubiera estado solo no habría llegado, te lo aseguro. Me habría vuelto a mi palacio. Siempre mejor viajar con amigos. Hablo mucho con Dios, el creador del universo, y hace mucho le pedí que me ayudara a conocerle, porque yo tenía hambre de conocer al Dios omnipotente que ha hecho todo. Entonces apareció la estrella y me lancé a seguirla. A  Gaspar y Baltasar les sucedió lo mismo. Juntos concluimos que la estrella señalaba el nacimiento de un rey y apuntaba hacia Jerusalén. Tenía que ser el rey de los judíos.

Vamos a ver al rey

Efectivamente hemos venido a ver al rey de Jerusalén. Ciertamente están esperando el nacimiento de un rey en estas tierras; pero la entrevista con Herodes ha sido patética. De entrada el rey que ha de nacer no va a nacer en su palacio. De lo cual me alegro bastante porque éste Herodes está más podrido que el gato de Tutankamón. Baltasar y yo hemos llegado esta tarde a Belén y en seguida hemos enviado a unos siervos a avisar que mañana vamos a visitar al rey, para que se preparen. Aquí se ha liado todo. Los siervos acaban de volver más pálidos que un merengue porque resulta que lo único que han encontrado en el lugar señalado por la estrella es una pareja joven con un bebé; pero no están en un palacio. La casa no es ni siquiera una casa. Están en un establo. ¡Cómo; lo oyes! Hemos calculado y recalculado en Google Maps y no hay duda: este es el sitio. Este es el rey nacido. Es una de las noches más duras de mi vida.

¿Y ahora qué hacemos?

Estamos ahora los tres solos y no sabemos qué hacer. Treinta y tres meses cruzando desiertos para conocer a un rey en un establo. Treinta y tres  meses de desierto dejando a mi familia atrás, durmiendo en tiendas de campaña, aguantando el olor de los camellos, el calor del sol, el frío de la noche, las tormentas de arena, la sed, los siervos jugando al catán. Yo he traído oro -¡con el precio que tiene el oro hoy en día madre mía!- y Baltasar ha traído mirra,  calidad suprema. Gaspar, vaya cara que tiene el pobre, ha traído incienso del caro.  Mira y murmura; “¿Qué voy a hacer con el incienso en un establo?” Los tres estamos en silencio, bloqueados. ¿Habrá valido la pena todo el viaje? ¿Valdrá la pena tanto gasto en oro, incienso y mirra? ¿Habré fracasado en la empresa más importante de mi vida? ¿Habré seguido un espejismo? No puedo dormir. ¿Me habré engañado a mí mismo? Ya sabes, autosugestión, creer con todas tus ganas hacer algo grande con tu vida y voy a acabar haciendo el ridículo universal. En fin, la noche sin pegar ojo como imaginas. Amanece. Hemos decidido ir para allá muy tempranito para evitar que la gente del pueblo nos siga.

Allá vamos

Me quedo tonto. En la entrada nos recibe el padre, un carpintero llamado José. ¡Madre mía! Yo he visto reyes, magos, todo tipo de gente importante; pero en frente de este hombre me he quedado anonadado. Los tres sin palabras. ¡Qué hombre! Yo que no tiemblo ni al hacer la declaración de la renta, la declaración de impuestos. En frente de este hombre me siento como un niño pequeño. Brazos de hierro y una sonrisa que me ha fundido. ¡Madre mía, que te voy a contar! Todavía estoy yo recuperándome del shock cuando entramos en el establo y vemos a la madre y al niño. Ahora sí que tengo que sentarme. Gaspar balbucea sin conseguir articular palabra. Baltasar musita algo pero no se le entiende nada. Nos sonríen los tres y nos deja tomar al niño en brazos.

Ha valido  toda la noche sin dormir, los treinta y dos meses, cuatro semanas, seis días y siete horas de viaje. Ha valido la pena tanto desierto. Dejar a mi familia, dormir en tiendas de campaña,  el hedor de los camellos,  la cháchara de los siervos, la sed y el frío el calor. El gasto en oro incienso y mirra. ¡Seré burro!  ¡Porque no habré traído todo! Al ver a este niño; a esta madre; a este padre, me doy cuenta de que haber traído todo mi palacio, piedra por piedra, habría valido la pena. Todo mi oro. Todo el incienso y la mirra del mundo habrían valido la pena. Mi vida entera a los pies de este niño habría valido la pena. Todo lo que tengo, todo lo que soy. Me quedaría a ser el siervo de este niño. Me encargaría de dar de comer a su burra, lo que sea. Los padres sonríen cuando les damos el oro,  incienso y mirra. Creo que no saben qué hacer con esto. Pero yo quiero dar más. Yo quiero hacer algo más. El chiquitín me mira. Me quito el sombrero y con mucho arte sacó un conejo. ¡Oh, Dios! ¡Esto es el cielo! El niño se ríe. Se ríen María y José. Gaspar y Baltasar no dan crédito: Este niño es Dios. Ya no tengo dudas. Ya sé lo que hay después de la muerte. Sí, valía la pena. Madre mía, sí vale la pena. Vale la pena. Vale la pena por este niño darlo todo; absolutamente todo. Vale la pena.

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos, propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi Guarda, interceded por mí.

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