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Caminar…

por Elena Fernández Andrés
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Cuando alguien es perfeccionista como yo, equivocarse se convierte habitualmente en un disgusto grande, disgustos que se dan a menudo. Pero cuando la vida está llena de errores… se corre el riesgo de hundirse y de convertir, incluso, la vida en una tragedia para uno mismo y para los demás. Os aseguro que para una mente perfeccionista lo que digo no es exagerado, aunque os lo parezca.

Llevo un programa como voluntaria en Radio María España. Tal y como iban las cosas, para mí el Señor estaba derramando su Misericordia en abundancia y todo iba saliendo muy bien, no perfecto…pero casi… Se veía la mano de Dios por esas «Diosidencias» en las que Él llevaba a cabo la «cuadratura del círculo». 

Hasta que he «metido la pata», equivocándome en las fechas y realizando un programa que habla del Aleluya ya comenzada la Cuaresma… En fin… qué mal rato cuando me he dado cuenta…

Y ojalá fuera el único error de mi vida. De veras que no soy exagerada cuando digo que llevo un buen historial a mis espaldas. Claro, también jalonado por algún que otro éxito… que siempre ha venido de la mano de Dios…

Porque esto es lo que aprendo con cada error: que cuando me empeño en llevar las riendas de mi vida, no suele acabar muy bien. Pero que cuando me abandono… es Dios quien vive su vida en mí y todo sale «como Dios quiere»… Y, desde luego, Dios sigue derramando su Misericordia en abundancia aunque yo me equivoque en los programas… 

Hoy me venía a la memoria el título de una entrada de este blog que escribí hace tres años, titulada «Necesito más Cuaresma». Así me siento hoy de nuevo: que necesito este tiempo precioso de Cuaresma. Creo que en el fondo todos los necesitamos vitalmente.  

Entrar en el desierto, de la mano de Dios, despojándonos de lo que nos pesa, de lo que nos sobra, de aquellas cadenas que vamos arrastrando, de aquellos errores del pasado que siguen dejando huella en el presente, de esos apegos a este mundo que nos quitan la vida, de esos «costumbrismos» que nos han alejado de la frescura y novedad del evangelio, de esos egoísmos que nos han recluido en nosotros mismos y no nos han dejado abrirnos a la donación al otro y del otro, de nuestra soberbia, de nuestro orgullo… 

… y caminar. Caminar. Adentrarnos en el Corazón de Cristo y dejar que Él, poco a poco, nos vaya calentando el alma, sanando heridas, restaurando brechas, quitándonos máscaras y armaduras que (por la vida, los demás o por nosotros mismos) nos hemos ido colocando, poniendo luz en medio de nuestras tinieblas, claridad en medio de nuestra oscuridad, valentía en medio de nuestras cobardías, sensatez en medio de nuestros desvaríos, dejarnos hacer por su humildad, su sencillez, su caridad, su entrega… 

Caminar, caminar… libres, despojados de todo, solo con Cristo… 

Hay un desierto largo delante de nosotros. Caminemos confiados, que Él viene a nuestro lado, y al final nos espera una vida nueva en Cristo y con Cristo.

Sí, Tú eres el Rey de mi vida, Señor… A Ti yo te rindo todo lo que soy…

Canción: El Rey de mi vida
Autor: Joan Sánchez y Río Todopoderoso Band

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1 comentario

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Karina marzo 10, 2020 - 8:13 am

Gracias Elena por compartir tu experiencia. Me sentí identificada en algunas cosas que decís. Que Dios te bendiga!

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