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Tiempo de Pascua (Segunda parte)

por Pbro. Carlos Padilla E.

Con este artículo el autor culmina esta meditación en tiempo de Pascua. Hoy, nos habla de un Jesús vivo, que no está en el sepulcro sino entre nosotros, diciéndonos que el momento de ser hijos de Dios es ahora.

Hay en Jerusalén un sepulcro vacío. Los cristianos llegan hasta allí para venerarlo. En largas colas de gente esperando su turno. El turno de besar una piedra pulida, con olor a nardo, a vida. Y todo comenzó aquel tercer día con el grito del alma de una mujer enamorada: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Encontró ella un sepulcro vacío, cuando lo único que quería era ungir un cuerpo muerto. Como cuando se rompió el frasco de perfume en Betania sobre los pies del Maestro. Era sólo un anticipo. Perfume sobre pies vivos, no muertos. Siempre pienso que el perfume es mejor verterlo sobre los pies vivos. Los halagos, piropos, elogios, mejor oírlos estando vivos, no desde la otra orilla. Es mejor decir te quiero mil veces antes que ninguna. Decir por qué te admiro a no decir nunca nada. Es mejor hablar que callar, hacer que no hacer. Porque el amor que no se expresa pesa poco, está carente de signos, de presencia real, viva. Es un amor muerto que no hace crecer el corazón del amado. María vertió el perfume cuando era necesario. Después sólo estaba la tumba vacía. No había cuerpo. El templo, el cuerpo, lo que puedo tocar con mis manos. Jesús me dice que aprenda a adorar a Dios en espíritu y vida. Y yo sé que me gusta tocar, ver con las manos, amar con caricias. En este tiempo no puedo, ni tampoco me dejan. Me piden que me recluya por proteger a muchos. Y yo obedezco, aunque el corazón quiere pasear y correr por las calles de Jerusalén. Quiere abrazar, tocar, acariciar. Así es el amor que tiene peso. Y la renuncia duele. Las palabras no dichas, o simplemente guardadas. El sepulcro vacío en Jerusalén siempre me impresiona. También a María la dejó sin palabras. ¿Habrían robado el cuerpo? Sólo esa explicación tenía sentido. ¿Quién habría corrido esa pesada piedra? Parece imposible. Pero un sepulcro vacío puede bastar para creer: «Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos». Era posible resucitar a un muerto. Lo habían visto. Lázaro estaba vivo, comió esos días con el Maestro. Ahora estaría escondido. Esperando otro milagro. Esa era una resurrección temporal. ¿Jesús podría resucitar para una muerte posterior? ¿Sería tan poderoso como para resucitarse a sí mismo? ¿Qué sentido tendría resucitar como Lázaro? ¿Tres años más todavía de vida pública, de milagros, de amor derramado en gestos y palabras? Podía ser bastante. ¿Y si volvía para instaurar por fin el reino esperado? No ese reino pequeño como el grano de mostaza. Sino un reino poderoso, con grandes señales, con luces y poder terrenal, aquí en medio del mundo. Eso es lo que el corazón de los discípulos quería. ¿Bastó una tumba vacía para destrozar todos sus modelos y prejuicios? No lo creo, pero sí fue el comienzo. Hizo falta más, mucho más. Apariciones y palabras en la orilla de un lago. Y preguntas profundas. Ellos eran torpes para entender, como yo mismo. Me han dicho tantas veces que Jesús está vivo y yo sigo pensando que el que está vivo soy yo. Mis palabras, mis gestos, mi amor, eso sí está vivo. Pero esa vida intangible que no toco, que no abrazo, me cuesta más. Es más fácil verter el perfume sobre unos pies vivos y no esperar a la muerte. Después de la muerte no tienen sentido las alabanzas. Ni siquiera pesan mucho las lágrimas vertidas. Vale más el amor que abraza y sostiene. Eso sí que tiene peso. Sí que cuenta. Pero hoy me quedo yo con el sepulcro vacío. Corro presuroso como Juan y Pedro. Quiero ver si es cierto lo que dice María. Han robado el cuerpo del Maestro. Quiero indignarme por su desaparición. Quiero también arrodillarme y besar una tumba vacía. Tiene peso mi fe apoyada en la fría piedra. Tanta fe abrazada al sepulcro sin vida. ¿Dónde está la vida? Ahí no. Ahí sólo queda la ausencia de la muerte. Ahí sobre el sepulcro está el perdón de Dios a tanto odio. Es la última palabra del que ha vuelto a la vida. Sí, el perdón, no la venganza, el abrazo del que está vivo, no el odio del que ha sido asesinado injustamente. No vino Jesús a restablecer el equilibrio. Que mueran injustamente los que injustamente mataron. No vino Jesús a avivar el odio, más bien avivó el amor. No quiso aparecerse a los que no habían creído, para que ahora creyeran. No quiso ponerles fácil la vuelta a casa. Simplemente quiso que lo supieran los suyos. Los que creyeron y luego dudaron. Los que tuvieron miedo y luego esperaron. Los que creyeron en sus palabras y después se olvidaron. Esos pobres de Dios escondidos el viernes santo. Esos que lloraban con lágrimas pesadas, porque el amor tiene más peso que la muerte. Ellos tenían derecho al abrazo del resucitado. Pudieron besar primero el sepulcro vacío. La única prueba no era un hombre vivo entre ellos. Aún no. Para comenzar el camino de la fe bastaba un beso en la piedra fría y solitaria. Luego vendrían otras pruebas. Ahora todavía no.

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