No me agrada que los demás vean mis defectos y debilidades y me critiquen por ello. No me gusta depender, ser un necesitado que despierta compasión.
No quiero ser la víctima de la película de mi vida y que los demás me miren conmovidos al ver mi dolor. No quiero que me compadezcan, quiero que me admiren, que me alaben, que me elogien, que me envidien. Es lo que en el fondo de mi alma deseo. No hay nada más ajeno a mis deseos que la opción de besar mis heridas y debilidades. No las quiero. ¿Qué podrá hacer Dios conmigo si sólo tengo carencias y son tan visibles mis torpezas? Me gustaría ser perfecto, valioso, único. Me gustaría que todo lo que hiciera estuviera bien hecho. ¿Cómo lograré estar siempre a la altura esperada? Es curioso que pueda ser mi debilidad reconocida la llave que abra todas las puertas. Al menos las puertas del corazón de Dios. Para ello debo detenerme en silencio a contemplar el motivo de mi desamparo. La razón de mi dolor más hondo. Cuando algo en mí está desordenado todo dentro de mi alma se desordena. Basta que algo esté mal para que yo en su conjunto esté en un mal momento. Y luego cuando consigo ordenar algo de mi vida todo se recompone mágicamente. Necesito volver los ojos hacia Jesús que me mira lleno de compasión. Como dice José Antonio Pagola: «A Jesús le importa el sufrimiento. Comparte la indefensión. La vulnerabilidad. La incertidumbre. Los riesgos. Conoce sus lágrimas. Habla en un lenguaje nuevo de la misericordia de Dios, pide que se haga justicia a los indefensos». Quiero reconocer mi debilidad manifiesta. Todos la ven. Soy yo el que no la veo, no consigo mirarme bien. () Me gusta cómo se describe a sí mismo en una ocasión el P. Kentenich: «Mi salud, débil; mi manera de conducirme, torpe y desmañada, consecuencia de la educación y del nerviosismo; mis conocimientos, insignificantes, tanto en lo concerniente a mi formación general como clásica. En suma: carencia de las más necesarias condiciones naturales. Y para adquirir esos conocimientos me falta tiempo y oportunidad debido al cúmulo de trabajo». Quisiera mirar mi alma con libertad interior. Soy débil, estoy herido, hay desorden en mi alma, no lo tengo todo claro, las dudas me abruman. Y el tiempo, me falta tiempo para mejorar, para crecer, para madurar. Me gustaría tenerlo todo claro. Quisiera hacerlo todo bien. Pero fallo y no soy el que quisiera ser o el que podría llegar a ser si me dejara hacer por Dios. ¿Y si Dios necesitara de mis debilidades para cambiar este mundo, para hacerlo mejor? Pienso en mi herida de amor, en la carencia que me hace caminar incompleto. Una herida despierta el deseo de sanar. Una carencia hace crecer el ansia por llenar lo que está vacío. Si mi herida es de amor buscaré amar hasta el extremo. Mis carencias pueden convertirse en fuente de vida. Reconocerme débil, aceptar que otros me traten de acuerdo con mi fragilidad exige mucha humildad. Me cuesta, el orgullo es pesado y dicta sus normas. No quiero que me humillen y pisoteen. Quiero tener poder para demostrar al mundo cuánto valgo. ¡Qué frágil mi corazón tan necesitado de amor! Acepto que las cosas no son perfectas. Beso mis heridas y mis carencias. Le pido a Dios que me mire siempre con misericordia y que use mi amor, mi vida, mi voluntad. Que me utilice a su manera de acuerdo con mi pobreza. Sólo así Él me hará fecundo. Así ha sido con los santos. En su debilidad fueron fecundos, nunca desde su riqueza. No fueron tanto sus talentos los que despertaron vida, sino su fragilidad reconocida y entregada con sencillez a Dios. De esa forma se veía en su vasija de barro con más claridad el oro de Jesucristo. Al pensar en la vida de S. Francisco se me hace manifiesto. Él, humilde y pobre, dejó su ego a un lado y permitió que todo en su vida hablara de Dios. Cuando soy yo el que quiere hablar los demás no ven a Dios, me ven a mí. Cuando renuncio al honor y la gloria por Él, todo es más sencillo, más fácil. Las humillaciones que recibo me acercan más a Dios. Me hacen más fecundo porque me convierto en una vasija rota que deja caer el agua por el camino. Eso basta. Con que sea una vasija rota es suficiente. Mientras lo haga cada día con una sonrisa, caminando alegre. Esa actitud es la que me da paz.
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2 comentarios
Buenas tardes desde Buenos Aires!, gracias por su hermosa reflexión padre Padilla, me toco el corazón y me siento acompañada en sus palabras en mi propia vulnerabilidad, que Dios en su misericordia infinita sane mi vasija rota con hilos de ternura y amor mariano!
No podría haber una descripción más acertada d mi misma……Gracias