Una honda alegría que procede de un corazón en paz. Una alegría serena que nadie me podrá quitar nunca.
Sueño con la alegría de los niños inocentes que no tienen nada que defender, que ocultar, que esconder. La paz serena del que lo ha dado todo y no tiene nada que reprocharse. Es fácil conservar la alegría cuando todo brilla y reluce a mi alrededor. Cuando soy amado y aceptado. Cuando me miran con bondad y pasan por alto mis debilidades. En esos momentos es fácil construir el reino de la alegría, la bienaventuranza que todos quieren vivir, yo también. Porque esa alegría es la que deseo y busco. Una alegría serena del que tiene toda su vida en paz, ordenada. Allí donde se siente amado por los suyos, aceptado sin juicios ni críticas. Un mundo feliz es el que quisiera construir. Y tal vez la misión es hacer que para muchos su vida sea más feliz, más plena. Puedo lograrlo si me pongo manos a la obra, si actúo. Lo intento, lo consigo a veces. Algunos son más felices, otros no lo son. No es tan fácil lograr que los demás sean felices incluso aunque yo no lo consiga. El desafío es mantener la alegría en los momentos difíciles. Estas son las preguntas que brotan: «¿Cuál es mi objetivo en la vida? ¿Qué sentido puedo encontrar en mi sufrimiento? ¿Cómo puedo ayudarme a mí y a otros a soportar los avatares más duros de la vida y experimentar más pasión y alegría?». Para poder ayudar a otros a superar su sufrimiento y seguir sonriendo necesito haberlo vivido yo antes. Cuando soy capaz de ver la luz en la oscuridad, la puerta abierta entre muchas que se cierran. Cuando consigo que la alegría no desaparezca de mi corazón y comienzo a trabajar ante las adversidades de la vida. Decía El Dalai Lama: «Quien no considera la adversidad como algo natural, acaba buscando culpables». No puedo vivir echando la culpa a los demás por las dificultades que encuentro en el camino. Los demás no son los responsables de mis fracasos, de mis pérdidas, o de mis frustraciones. Las adversidades existen y tengo que afrontarlas con el mejor ánimo, siempre con una actitud positiva. «Los peores momentos de nuestra vida, los momentos en los que nos asedian deseos negativos que amenazan con desquiciarnos con la insostenibilidad del dolor que debemos soportar, son en realidad los momentos que nos llevan a entender nuestra valía. Es como si adquiriéramos consciencia de nosotros mismos, como un puente entre todo lo que ha sucedido y todo lo que sucederá. Adquirimos consciencia de todo lo que hemos recibido y lo que podemos decidir perpetuar o no perpetuar». En los momentos en los que no le encuentro sentido a nada de lo que me sucede sé que tengo una oportunidad ante mis ojos. Puedo dejar de luchar, dejar de confiar y hablarme en mi cabeza con mensajes negativos: Nunca saldrás adelante, no lo superarás. O puedo conservar una alegría profunda, natural, honda con una actitud confiada. Esa alegría es Dios quien la pone en mi interior. Es una alegría que me pertenece y que nadie me puede arrebatar si lucho por ello. Son oportunidades donde se manifiesta mi verdadero yo, ese yo niño, sincero, pobre, vulnerable que necesita saber que alguien más sostiene sus pasos. No estoy yo solo. La certeza de mi fe me da esperanza. Dios me va a conducir desde este lugar en el que me encuentro. Aquí, con mis límites, con mis debilidades, con mis esclavitudes. En este momento en el que la alegría se ve lejana, estoy llamado a sembrar un reino de la alegría. Una felicidad verdadera y honda que nadie me puede quitar. En esos momentos difíciles se ve mi verdadera valía. Valgo, soy hijo de Dios. Soy amado por Él en medio de mis sombras y oscuridades. Dios no me deja y me da motivos para la alegría y la esperanza. Me dice que puedo construir un mundo nuevo, mejor, en el que reinen sus sonrisa, su abrazo y su paz. Puedo dar esa alegría honda a los que estén conmigo. Cómo me comporto, cómo hablo a los que están a mi lado, a los más cercanos. No quiero perder nunca el sentido del humor. Quiero mantener la sonrisa incluso cuando voy perdiendo. No importa. Cualquier derrota es una nueva oportunidad para seguir creciendo. La felicidad viene de Dios y sólo Él puede hacerme sonreír en medio de mis lágrimas. Ese es el reino de la alegría que estoy llamado a construir de la mano de Dios. Que nazca en mi interior una serenidad que proceda solo de su mano. Acabaré con esos pensamientos negativos con los que a veces me hablo. Me trataré con bondad y compasión y me levantaré cada vez que haya caído.
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