Me cuesta tanto la palabra conversión. Es como si nunca acabara de cambiar. Y en realidad, lo que de verdad deseo, es que sean los demás los que cambien.
Que cambie mi hermano con sus actitudes orgullosas. Que cambie aquel al que no tolero. Que cambien sus ideas los demás, porque me hacen daño. Que cambien los que gritan e insultan. Que cambien los pecadores. Son los demás los que tienen que cambiar, yo estoy bien. Este pensamiento me enferma. Me creo superior, mejor que los otros. Creo que yo tengo la razón y los demás están equivocados. Que me pidan perdón, que se disculpen, que me traten con respeto, que me amen. Quiero que me traten como yo no los trato a ellos. Y que me hablen como yo no les hablo. Que cambien, que se transformen, que mejoren. Mientras yo me conformo con lo de siempre y hago las cosas a mi manera. Por eso en este adviento me pregunto: ¿Quiero cambiar, quiero mejorar, quiero crecer? Hoy escucho: «En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: – ¿Entonces, qué debemos hacer?». La gente se acercaba a Juan para preguntarle en qué tenían que mejorar. Me parece una actitud muy humilde. A mí me cuesta mucho preguntarle a otro lo que ve que debo cambiar. No es tan sencillo. No estoy dispuesto a que me juzguen, me critiquen, me cuestionen. Lo bonito es que ellos son como niños y le preguntan a Juan su opinión. Juan les responde cosas muy concretas: «Él contestaba: – El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo. Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: – Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros? Él les contestó: – No exijáis más de lo establecido. Unos soldados igualmente le preguntaban: – Y nosotros ¿qué debemos hacer? Él les contestó: – No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». Juan entra en el caso concreto. No habla de vaguedades, de cambios etéreos. No les dice que tienen que ser mejores sin concretar esa mejoría. Y es tan concreto que toca la vida. Aquel que tiene de más, que reparta con los que tienen menos. Al publicano, pecador público, no le pide que renuncie a su oficio, sino más bien que no abuse, que no se exceda en su beneficio. Lo mismo a los militares, que no abusen de su poder. A cada uno según su estado, su misión en esta vida. ¿Qué me diría a mi Juan si yo llegara hasta él con esta pregunta? El otro día leía: «El amor implica amarnos a nosotros mismos, intentar ser generosos y compasivos con los demás y con nosotros». La respuesta a la pregunta sobre el amor siempre tiene que ser concreta y tocar la vida. Si estoy casado y tengo familia, ¿en qué tengo que cambiar? Dale a tu esposa o esposo un lugar principal en tu corazón. Trátalo como a lo más valioso que tienes en esta vida. Respétalo y cuídalo con delicadeza. Y a tus hijos ámalos con caricias, con ternura. No les hagas perder nunca su inocencia. Edúcalos con el ejemplo más que con las palabras. No les exijas nunca lo que tú no haces. No los trates nunca con desprecio ni hables de ellos de forma despectiva. Perdona a tus hermanos y no te vayas a la cama con un rencor más guardado en el alma. Ten misericordia con las caídas de los demás, míralos como si fuera Dios Padre el que los mirara. No minimices nunca tus defectos y no agrandes los de los demás. Pide perdón muchas veces al día. Y da gracias por todo lo que tienes porque es un don inmerecido. Nadie se merece la vida, ni la salud, ni la paz ni el amor de nadie. Que me quieran para siempre es un don inmerecido y nunca me puedo cansar de dar gracias. No te acuestes pensando cosas feas o recriminándote por los errores cometidos durante el día. No pierdas la paz por cosas pequeñas, pásalas por alto, porque no eres tan importante. que el orgullo no te lleve a exigir que te pidan disculpas, no eres el centro del universo. No olvides nunca tus errores, porque si los olvidas pensarás que eres mejor que los demás. Perdónate a ti mismo, es el camino para poder perdonar a los demás. Ámate con ternura y no te digas cosas duras. Porque dependiendo de esa mirada tuya sobre ti mismo dependerá la mirada que tengas sobre los demás. Escucha con atención cuando te hablen y no vivas pensando sólo en tus cosas. Consuela a los que están tristes y heridos. Porque sólo así tu vida será más plena. Si tienes un trabajo, piensa en la manera en la que puedes mejorar tu rendimiento. No seas perezoso, no procrastines. Asume tu responsabilidad y no cargues en los demás lo que tú no estás haciendo. No juzgues a otros si no quieres que a ti te juzguen. Mira con benevolencia a tu hermano, sin cuestionar sus intenciones. Ama a los demás como te amas a ti mismo. El amor propio es la base de un amor hondo y maduro a los demás. El que no se ama a sí mismo tampoco podrá amar a otros. Sé pacífico y no busques la guerra continuamente. Busca el diálogo y la comprensión. Aceptar la vida como es sin pretender que sea distinta. Cada uno ha de mirar en su corazón lo que cambiar. En este adviento me pregunto en qué puedo mejorar. Pienso en esas esclavitudes que me hacen daño. Esas dependencias que me atan. Esas adicciones que condicionan mi libertad. Hay tantas cosas en las que puedo ser más libre y más de Dios.
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