Cuando confío en Dios soy capaz de abandonarme en sus manos y soñar con las alturas - Misioneros Digitales Católicos MDC
Portada » Cuando confío en Dios soy capaz de abandonarme en sus manos y soñar con las alturas

Cuando confío en Dios soy capaz de abandonarme en sus manos y soñar con las alturas

por Pbro. Carlos Padilla E.
Abandono en sus manos

«¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados»

El miedo al futuro siempre está en mi corazón. ¿Qué va a ser de mí si pierdo lo que hoy poseo y me da alegría? ¿Qué voy a hacer si las cosas no salen como yo he planeado? ¿Y si todo se complica y mi vida no sigue siendo como lo ha sido hasta ahora? Miedo ante esos futuribles que tal vez nunca lleguen a hacerse presentes. Miedo al mañana: «¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones. A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos». Miedo al pensar que mi vida pueda estar en peligro. Pero ni un solo gorrión muere sin que Dios Padre lo permita. Y hasta mis cabellos están contados. Valgo más que un pájaro. Más que todos los animales de este mundo. Valgo tanto a los ojos de Dios.

Me gusta recordar que Dios me ama con locura y cuida mis pasos. Nada malo me va a suceder porque Él va a mi lado. incluso cuando lo niego a Él, o huyo de su presencia, o dejo de hacer lo que creo que quiere para mi vida. El miedo aprisiona mi pecho y crece la angustia. No sé si lograré estar siempre a la altura y cerca de Dios. Vivir con miedo, asustado, con angustia, es vivir sin paz, sin alegría, sin confianza. Cuando confío en Dios soy capaz de abandonarme en sus manos y soñar con las alturas. Dejo que las cosas sigan su rumbo sin preocuparme en exceso. ¿De qué me sirve preocuparme en exceso por lo que viene, por aquello que está fuera de mi control? No puedo saber lo que va a pasar mañana en mi vida. No puedo tener todas las certezas y la incertidumbre se convierte en una realidad que toca mi corazón. Tengo claro que no soy Dios y no sé qué será de mí mañana. Todos los pelos de mi cabeza están contados y sólo Dios sabe cuál será mi último día. Por eso quiero vivir en presente sin angustiarme por el futuro y sin cargar con el peso del pasado.

Me conmueve la historia de Edith Eger, una sobreviviente de un campo de concentración. Sus palabras son una escuela de vida: «Puedo aceptar que la decisión más importante no es la que tomé cuando estaba hambrienta y aterrorizada, cuando estábamos rodeadas por perros, armas e incertidumbre, cuando tenía dieciséis años; es la que tomo ahora. De dejar de preguntarme por qué merecí sobrevivir. De comportarme lo mejor posible, de comprometerme a servir a los demás, de hacer todo lo que pueda para honrar a mis padres, de asegurarme de que no murieron en vano. De hacer todo lo posible, dentro de mis limitadas capacidades, para que las generaciones futuras no pasen por lo que yo pasé. De ser útil, de ser exprimida al máximo, de sobrevivir y prosperar para poder dedicar cada instante a hacer del mundo un lugar mejor. Y, por último, de dejar de huir por fin del pasado. De hacer todo lo posible para redimirlo y luego dejarlo marchar». Ella sobrevivió y esa pregunta de por qué sobrevivió la acompañó toda su vida. Hasta que se liberó de esa carga, de esa culpa. Que las muertes de muchos, la de sus padres, no haya sido en vano. Vivir con culpa no es vivir. Es vivir con una cadena que me ata a la tierra y no me deja alzar los ojos al cielo. Quiero vivir mirando el cielo.

El otro día contemplé el árbol del tule. Tiene más de dos mil años, un grosor de cincuenta y ocho metros y una altura cuarenta y dos metros. Son dimensiones impresionantes. Ante él sólo me quedaba mirar a las alturas, alzar la mirada. Esa es la actitud que quiero tener siempre en la vida. Que el pasado no me ate. Que el futuro no me paralice por los miedos. Claro que todo puede salir mal. Claro que puedo fracasar y morir o perder lo que más quiero. Pero no importa porque estoy de paso por esta vida y sólo tengo que aprovechar el tiempo que tengo ante mí. No quiero vivir angustiado y sin esperanza. Que mi oración aumente la esperanza en mi corazón. Así me cuida Dios, como a su hijo amado. Hoy me declaro amado de Dios, hijo suyo y amado de Jesús, mi amigo. Camino con Él y confío en medio de muchas dudas e incertidumbres. Porque así es la vida y no todo saldrá como yo tenía pensado. Dios es bueno y guía mis pasos. Dios quiere que saque lo mejor que hay en mi corazón y lo entregue sin pensar demasiado. 


Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC

Subscribe to get the latest posts sent to your email.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia. Asumimos que está de acuerdo con esto, pero puede optar por no aceptarlas si lo desea. Acceptar Leer más

Privacidad & Políticas de Cookies

Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading