Contemplar
Cualquiera hubiera pensado que Jesús estaba a punto de morir. Si hasta era un verdadero milagro que pudiese respirar, que aún no se desmayara por el dolor o lograra mantenerse en pie. Un triste final parecía cernirse sobre esa vida ejemplar. ¿Iría a caer allí mismo, desplomado?
Pero la multitud seguía gritando: “Crucifícalo, crucifícalo”, sin saber que en su tremendo pedido se escondía un arcano designio escondido desde todos los siglos. Un proyecto que el mismo Señor había anticipado de manera clara ante los gestos incrédulos de sus discípulos: “el Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser crucificado”, y que ahora estaba por cumplirse.
Y sucedió entonces algo inesperado. Cuando Pilatos se lavó las manos y los verdugos, por fin acercaron el madero, Jesús, no sin antes dirigir una última mirada al procurador romano, pareció revivir. De pronto y por unos instantes recuperó algo del brillo de su Rostro, y se irguió, como quien se encuentra con un tesoro largamente anhelado. Una expresión de Amor perfecto se manifestó en sus facciones cuando le trajeron más cerca aún ese rústico árbol apenas preparado para ser lugar de su último tormento.
Pero cuando todos veían su fracaso y su tortura, cuando la turba enloquecida gritaba furibunda, el Señor –créeme- se abrazó a la cruz. La tomó con todas sus fuerzas entre sus lastimadas manos, y la apoyó con todo el cariño del que era capaz sobre su hombro derecho. Algunos dicen que incluso la besó. Era evidente que Él veía y sabía algo que todos los demás ignoraban. La Hora se acercaba, ya solo unos minutos faltaban para la consumación de su obra.
Y así fue caminando por los senderos pedregosos y polvorientos, bajo el griterío infernal, los azotes de los soldados, las burlas de la plebe y el llanto de algunas mujeres piadosas. Avanzaba tan decidido como tambaleante, sin dejar de estrechar entre sus brazos aquel madero. Incluso cuando –tropezando, o empujado- caía por Tierra, no dejaba de sostenerla fuertemente.
María lo miraba y recordaba aquel relato tan entrañable que su Hijo había pergeñado siendo Niño: un pastor había perdido una oveja y cuando la encontró, la cargó sobre sus hombros… Así lo veía Ella, Ella sola, la única capaz de trascender la espantosa figura del varón de dolores. Su Hijo cargaba sobre sus hombros, en aquel tosco instrumento de suplicio, a Adán, y a Abel, y a todos los hombres de todos los tiempos. Ella caminaba a su lado sin poder ayudarlo con su cuerpo, pero Él la buscaba y cada vez que se sentía desfallecer, encontraba en su mirada materna una nueva dosis de resolución y coraje.
Un hombre de Cirene fue obligado por los soldados a ayudarlo. Lo hizo entre blasfemias e insultos, maldiciendo el instante en que, ganado por la curiosidad, se acercó a la caravana que rodeaba a esos tres condenados a muerte. Simón resoplaba fuertemente, viéndose de pronto inmerso en una historia plagada de crueldad, recibiendo él mismo golpes, escupitajos, pedradas… “¿Qué tengo que ver yo con todo esto?” pensaba, furioso y completamente fuera de sí. “¿Quién será este criminal, para merecer semejante odio por parte de todos?”. Sus pensamientos duraron hasta el preciso instante en que se atrevió a mirarlo. En ese despojo humano, en ese ser informe y bajo un torbellino desordenado de cabellos sangrantes, encontró unos ojos que irradiaban tanta Luz y tanta Paz como nunca antes había imaginado. Jesús no le dijo nada y le dijo todo. Simón comprendió todo, dejándose mirar, y sollozando, abrazó también él el Madero, dispuesto a no soltarlo hasta el final.
Jesús iba saliendo de la ciudad cuando divisó claramente el Gólgota. María estaba junto a Él y recordó las palabras que una vez le dijera, antes de partir: “Cuando yo sea levantado en Alto, atraeré a todos hacia mí, y sabrán que yo soy”. En ese lugar exacto, en ese monte desnudo, escenario de tantas ejecuciones y de tantas muertes, sería levantado en alto y puesto entre el Cielo y la tierra.
Así continuó el Señor hasta el final, siempre acompañado por aquellos malhechores que lo miraban extrañados. Al límite de sus fuerzas, se dejó caer sobre la Cruz. Le quitaron brutalmente las vestiduras, quedando completamente desnudo ante aquel infame gentío, y acercaron tres gruesos clavos. Allí los que estaban más cerca lo escucharon rezar en un murmullo apenas perceptible: “se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica… me taladran las manos y los pies…” Esas manos benditas que habían sanado tantos males, esos pies sagrados que habían caminado miles de kilómetros en busca de pecadores, quedaban ahora completamente destrozados y lo fijaron a ese madero.
Esos clavos inhumanos que, sin saberlo, abrieron para siempre aquellas benditas llagas, llagas gloriosas, llagas que proclaman el amor por toda la eternidad. Si quieres contemplar con fruto al Crucificado, anímate a esconderte en ellas.