“… y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.” (Credo de Nicea-Constantinopla)
Cristo, el Señor, reina ya por la Iglesia, pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este mundo. Pero sabemos que el día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia.
Jesucristo es Señor del mundo y Señor de la historia porque todo fue creado para Él. Todos los hombres han sido salvados por él y serán juzgados por él. Él está sobre nosotros como el único ante quien doblamos la rodilla en adoración; está junto a nosotros como Cabeza de su Iglesia, en la que comienza ya ahora el reino de Dios; va por delante de nosotros como Señor de la historia, en quien los poderes de las tinieblas serán definitivamente derrotados y los destinos del mundo se cumplirán según el plan de Dios; sale a nuestro encuentro en gloria, en un día que no conocemos, para renovar y llevar a consumación el mundo. Su cercanía se puede experimentar sobre todo en la Palabra de Dios, en la recepción de los sacramentos, en la atención a los pobres y allí “donde dos o tres están reunidos en mi nombre” (cf. Mt 18,20).
Cuando el mundo llegue a su fin, vendrá Cristo, visible para todos y la victoria definitiva de Dios sobre el mal también se hará visible. La gloria, la verdad y la justicia de Dios saldrán a la luz resplandeciente. Con la venida de Cristo habrá “un cielo nuevo y una tierra nueva”. “Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, porque lo primero ha desaparecido”. (Ap 21,1.4)
El Padre ha entregado “todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22, 27). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17) y para dar la vida que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (cf. Jn 3,17-18; 5,26; 12,48); es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32). A quien no quiere saber nada del amor, no le puede ayudar Cristo; se juzga a sí mismo.
Como Jesús es “el camino y la verdad y la vida” (Jn 14,6), se mostrará en Él lo que tiene consistencia ante Dios y lo que no. Según el criterio de lo que es la vida de Jesús saldrá a la luz la verdad completa de todos los hombres, de todas las cosas y de todos los pensamientos y acontecimientos.