Después de haber confesado ‘la Santa Iglesia Católica’, el Credo añade “la comunión de los santos”, que es precisamente la Iglesia. De la “comunión de los santos” forman parte todas las personas que han puesto su esperanza en Cristo, tanto las que han muerto y estén en proceso de purificación o ya en la gloria de Dios, como las que todavía viven. (rpdrlatino.com) Puesto que somos un cuerpo en Cristo, vivimos en una comunión que abarca el cielo y la tierra.
Formamos un solo cuerpo donde el bien de unos se comunica a otros, es decir, que existe una comunión de bienes dentro de la Iglesia, donde Cristo, que es la cabeza, comunica sus bienes a todos por medio de los sacramentos.
La comunión de los santos implica entonces:
- la comunión en la fe es decir que la fe de la Iglesia que viene de los apóstoles, y se enriquece en la medida que se comparte.
- la comunión de los sacramentos: los frutos de los sacramentos pertenecen a todos, porque son vínculos sagrados que nos unen a todos y nos ligan a Jesús, sobre todo en la Eucaristía, que lleva esta comunión a su culminación.
- la comunión de los carismas: El Espíritu Santo reparte las gracias espirituales para la edificación de la Iglesia: “A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común.” (1 Co 12,7).
- la comunión de bienes: “Todo lo tenían en común” (Hch 4,32). El cristiano es un administrador de los bienes del Señor y debemos estar dispuestos para socorrer al necesitado.
- la comunión de la caridad: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo, como tampoco muere nadie para sí mismo” (Rom 14,7). Todo pecado daña esta comunión, y el menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos… ya estén vivos o muertos, todos participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo, y cantamos el mismo himno de alabanza a Dios. Decían dos grandes santos:
– “No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida” (Santo Domingo).
– “Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra” (Santa Teresita).
Podemos invocar a los santos que sentimos más cercanos, para tomarlos como modelos y para que nos unan a Cristo. En cuanto a nuestra oración por los difuntos, puede ayudar a quienes están aún en un proceso de purificación, y quienes ya gozan de la gloria de Dios pueden interceder a nuestro favor.
Por otro lado, María ocupa un lugar destacado en la comunión de los santos. Ya que ella se confió enteramente a Dios, fue acogida en el cielo también en cuerpo y alma (Asunción). María es la Madre de Dios y es Madre nuestra. María es la Reina del cielo y está muy cercana a nosotros en su sentimiento maternal.
No adoramos a María, pues sólo se debe adorar a Dios. La veneramos como Madre de nuestro Señor. María misma dice: “Me felicitarán todas las generaciones” (Lc 1,48b). Por eso la Iglesia tiene santuarios marianos de peregrinación, fiestas, canciones y oraciones marianas, como por ejemplo el Rosario, que es un resumen de los evangelios.
(CIC 946-975; Youcat 146-149)