“Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.” (Credo de Nicea-Constantinopla)
La palabra “Iglesia” proviene del griego ‘llamar fuera’ y significa ‘convocación’. Designa no sólo la asamblea litúrgica, sino también a la comunidad local o toda la comunidad universal de los creyentes. Todos nosotros, quienes hemos sido bautizados y creemos en Dios, somos convocados por el Señor. Y juntos somos la Iglesia. Como dice san Pablo, Cristo es la Cabeza de la Iglesia y nosotros somos su Cuerpo. Dios quiere la Iglesia porque no nos quiere salvar individualmente, sino juntos. Nadie alcanza el cielo de forma asocial. Según el modelo de Dios, el hombre está hecho para la relación, el intercambio, el compartir y el amor. Somos responsables unos de otros.
La Iglesia, preparada en la historia de Israel y de la Antigua Alianza: la reunión del pueblo de Dios comienza con la vocación de Abraham, a quien Dios promete que llegará a ser padre de un gran pueblo (cf Gn 12, 2; 15, 5-6) y con la elección de Israel como pueblo de Dios (cf Ex 19, 5-6; Dt 7, 6).
Fue instituida por Cristo con la elección de los Doce, poniendo como cima a Pedro, sobre quien edificará la Iglesia. A ellos les enseñó maneras de obrar y orar propias (Bienaventuranzas, Padre Nuestro…). Pero es sobre todo en la Cruz y anticipadamente en la institución de la Eucaristía donde y cuando tiene comienzo la Iglesia,
La Iglesia es más que una institución porque es un misterio que es a la vez humano y divino. La Iglesia no es únicamente una institución histórica con logros, pero también con errores y pecados: una Iglesia de pecadores. Pero Cristo no abandona nunca a la Iglesia, incluso cuando lo traicionamos a diario. Esta unión inseparable de lo humano y lo divino, de pecado y de gracia, forma parte del misterio de la Iglesia. Por eso, vista con los ojos de la fe, la Iglesia es indestructiblemente santa. La Iglesia es santa, no porque todos sus miembros sean santos, sino porque Dios es santo y actúa en ella y por ella. Todos los miembros de la Iglesia están santificados por el bautismo. Es el Espíritu Santo quien dota de santidad a la Iglesia, Cristo se entregó por ella para santificarla, y la unió a sí mismo como su propio cuerpo. La Iglesia, unida a Cristo, está santificada por Él; por Él y en Él, ella también ha sido hecha santificadora. “Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre.” (LG 11).
La palabra ‘católico’ (del griego katholon) refiere a la totalidad. La Iglesia es católica porque Cristo está presente en ella, y la ha llamado a confesar toda la fe, a conservar y dispensar todos los sacramentos y a anunciar a todos los pueblos la Buena Noticia.
Asimismo, es apostólica porque, fundada sobre los apóstoles, mantiene su tradición y es guiada por sus sucesores. Los apóstoles como los colaboradores más estrechos de Jesús, sus testigos escogidos, fueron enviados en misión por el mismo Cristo. La Iglesia guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo, la enseñanza (cf. Hch 2, 42), las palabras oídas a los Apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14) y sigue siendo santificada y dirigida por los sucesores de los Apóstoles: los obispos con el Papa, sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia.
(CIC 748-975; Youcat 121-145)