Gráfico 4: “…que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen…”
“…que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen…”
“Dios se hizo hombre en Jesús «por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre;” (Credo de Nicea-Constantinopla).
El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1,35), le dice el Ángel a María. Mediante el asentimiento activo de María se realizó la Encarnación de Dios. Cambió el rumbo de la Historia cuando respondió: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).
La salvación de la humanidad por medio de Jesucristo comienza por tanto con una solicitud de Dios, con el consentimiento libre de una persona, y con el embarazo de María. A través de estos caminos tan poco comunes, María se convirtió para nosotros en la «puerta de la Salvación». El Espíritu Santo que es ‘el Señor que da la vida’, hace que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya. La Virgen es verdaderamente “Madre de Dios” porque es la madre del Hijo de Dios, que es Dios mismo.
La ‘Inmaculada Concepción de María’ significa que el Señor eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, “llena de gracia”, desde el primer instante de su concepción fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
María es nuestra madre porque Cristo, el Señor, nos la dio como madre. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26b-27a). En estas palabras que Jesús dirigió a Juan desde la cruz ha entendido siempre la Iglesia que Jesús confiaba toda la Iglesia a María. De este modo María es también nuestra madre. Podemos invocarla y suplicar su intercesión ante Dios.
En Jesucristo, Dios ha reconciliado al mundo consigo y ha liberado a los hombres de la cautividad del pecado. En Jesús, Dios asumió nuestra carne humana mortal, compartió nuestro destino terreno, nuestros sufrimientos y nuestra muerte y se hizo en todo igual a nosotros, excepto en el pecado. Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, no es una mezcla confusa entre lo divino y lo humano, es “en todo semejante a nosotros menos en el pecado”. (Hb 4,15).
Jesús “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre” (Concilio Vaticano II, GS 22,2). A la humanidad plena de Jesús pertenece también que tuviera un alma y que se desarrollara espiritualmente. En esta alma estaba radicada su identidad humana y su particular autoconciencia. Jesús conocía su unidad con su Padre celeste en el Espíritu Santo, por quien se dejaba guiar en todas las situaciones de su vida.
El Catecismo de la Iglesia Católica describe los misterios de la vida de Cristo en los números 512 al 570. Allí podemos leer sobre los misterios de la infancia y de la vida oculta de Jesús y los misterios de la vida pública de Jesús. Puesto que Jesús se adentra en el misterio de Dios, no se le puede comprender si excluimos la realidad divina invisible. El lado visible de Jesús nos remite al invisible. En la vida de Jesús vemos numerosas realidades que están poderosamente presentes, pero que sólo podemos comprender como misterio.
CIC 456 – 508; Youcat 80 – 85