“ … y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre;…” (Credo de Nicea-Constantinopla)
La Ascensión de Cristo a los cielos marca el final de una cercanía especial del Resucitado con sus discípulos a lo largo de cuarenta días. Acabado este tiempo, Jesús entra con toda su humanidad en la gloria de Dios. La Sagrada Escritura expresa esto mediante los símbolos de la ‘nube’: “Una nube lo ocultó de la vista de ellos” (Hch 1,9) y el cielo: “… se separó de ellos y fue llevado al cielo.” (Lc 24,52). A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los testigos del “Reino que no tendrá fin” (Símbolo Niceno-Constantinopolitano).
La Ascensión significa que Jesús ya no está en la tierra de forma visible, aunque está aquí presente. Desde el cielo intercede constantemente por nosotros, como mediador que asegura la efusión del Espíritu Santo, ejerciendo permanentemente su sacerdocio: “De ahí que él puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio, y Jesucristo se sienta para siempre a la derecha del Padre. Esta frase la explica bien San Juan Damasceno, que dice que es la “Gloria y honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada”.
Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos con la esperanza de estar un día con Él eternamente.
CIC 659 – 667; Youcat 109 – 110