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Con todo el corazón de Jesús

por Pbro. Eduardo Acosta
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Un párroco acostumbraba hacer una pregunta a todos los niños que iban a hacer la primera comunión. Era la misma para todos. ¿Amas a Dios nuestro Señor?

Todos contestaban lo que le habían enseñado sus catequistas. Si, padre, por supuesto. Inmediatamente les decía ¿y lo amas con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser? Son las palabras que nos dice el libro del Deuteronomio. Todos contestaban con seguridad. Claro, padre, con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas, con todo mi ser.

En una oportunidad le llegó el turno a un niño de los que hacían la primera comunión. A la primera pregunta contestó como todos. Si, padre, por supuesto. A la segunda no contestó de inmediato. Se quedó pensativo. De pronto se le iluminó la mente y dio esta respuesta. No, padre, mi corazón es demasiado pequeño para amar a Dios. Yo amo a Dios con todo el Corazón de Jesús.

Estupenda respuesta. Como siempre los niños son capaces de decir cosas que ni los más afamados teólogos son capaces de dar. Dudo que este niño conociera el pasaje de san Juan en la Última Cena. ¿Qué les dijo Jesús a sus apóstoles en ese ambiente de intimidad en el que les había lavado los pies y en el que había instituido la Eucaristía? Como el Padre me amó, así los he amado yo. Permanezcan en mi amor (Juan 15,9). Tampoco conocía este pasaje de san Juan, fruto de su oración de muchos años. Amemos a Dios porque El nos amó primero (I Juan 4,19).

Esa respuesta la puso el Espíritu Santo en la cabeza de ese niño. La medida del amor de un cristiano no está en el corazón del hombre, sino en el corazón de Jesús. Amamos a Dios con el amor con el que el Padre quiere a Su Hijo; con el que ese Hijo quiere a Su Padre y ambos al Espíritu Santo. Amor con el que también nos quieren a nosotros. Por eso la medida de nuestro amor es el Corazón  de Jesús, rostro visible de Dios.

En realidad sólo podemos amar a Dios y a nuestros hermanos con el Amor que Dios Padre nos infundió enviándonos el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo que nos hace llamar a Dios Abbà, es decir, papá y que nos da también la posibilidad de amar a nuestros hermanos como hijos del mismo padre: Dios. Todo el amor que hay en el mundo proviene del amor del Padre. Por eso, la expresión tradicional, amar al prójimo por amor de Dios, mejor se podría expresar así: amar a Dios con el amor que Dios nos da. Esto es: con el Corazón de Jesús.

Si amáramos a Dios y al prójimo con el corazón de Jesús ¿no serían distintas las cosas en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo, en nuestro país? Se podría acoger la invitación de la Conferencia Episcopal Venezolana a la reconciliación. Es la hora de recomponer la unión de todos los venezolanos. Es la hora de estar más unidos en nuestras familias. Es la hora de matar el odio, el rencor. Nuestro corazón,debe ser el de Jesús, necesariamentemisericordioso, comprensivo. Jesús dio su vida por todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Cada uno, como lo dice san Pablo, valemos toda la Sangre de Cristo.

 Ojalá tuviéramos la claridad de ese niño. Los santos, siguiendo la doctrina de los apóstoles y de la Tradición, suelen pedir a Dios. Danos a los cristianos un corazón hecho a la medida del corazón de Jesús.

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