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El pecado es parte de mi camino

por Pbro. Carlos Padilla E.
camino

No puedo dejar de pecar. Lo que puede pasar es que pierda la conciencia de culpa, ya no recuerde, o acabe creyendo que he actuado bien. Olvido mis pecados con facilidad, no pienso en mis faltas y sólo me fijo en el daño que otros me han hecho. Pero, sea consciente o no, no dejo de pecar en ningún momento.

No elijo el bien que deseo, acabo haciendo el mal que detesto. Debería hacer mías las palabras del salmo: «Misericordia, Señor: hemos pecado. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. Oh, Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza». Para conocer a Dios necesito experimentarme necesitado de misericordia. No merezco ser amado, todo es don, es un amor inmerecido el que recibo. Igual que cuando soy perdonado por el daño causado. Ser consciente de mi culpa, del daño causado a otros por mis omisiones, mis palabras, mis gestos y pensamientos es un paso importante en esta sociedad en la que se trata de eludir la responsabilidad. Parece que nadie es responsable de nada. Y, tal como hacen los políticos, unos les echan la culpa a otros y al revés. Yo mismo me veo defendiendo mis actitudes, mis palabras y las interpretaciones que hago de la realidad. Yo me siento ofendido y a lo mejor he acabado ofendiendo a otros sin darme cuenta. Digo que es mi sensibilidad y con eso pretendo justificarlo todo. O cuando conduzco digo que es que todos conducen fatal y pierdo los estribos, dejo de controlarme y me invade la ira. Pero yo no soy responsable, son los otros. Que no cumplen, que no me valoran, que desean mi mal. Adán le echa la culpa a Eva y ella a la serpiente. Siempre hay alguien más responsable que yo, alguien que me libera de la culpa. Y es que en mi camino veo muchos pecados, muchas incoherencias, muchas debilidades. Veo que los hombres se hacen daño y no son capaces de asumir su verdad. Reconocerme débil, humilde, pequeño, es el camino para experimentar la misericordia. Asumir la responsabilidad por el daño causado, aunque sea humillante, es sanador. Yo lo hice, yo lo rompí, yo lo divulgué, yo te traicioné. No hay excusas ni edulcorantes. No hay justificantes que defiendan mi falta de control sobre mis emociones. Si te grito no es por tu culpa, es por la mía. Si soy violento no es porque soy así, y ya está, soy responsable de mi violencia. Si levanto el volumen de mi voz soy yo el que lo ha provocado, no eres tú quien me ha llevado a gritar. Adán y Eva pierden su paz, su inocencia, su mirada pura movidos por un pecado universal, porque querían ser dioses. Es lo mismo que me pasa a mí con frecuencia, también quiero ser un dios que lo puede todo y no necesita a nadie: «Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: – Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó: Está escrito: – No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Jesús es tentado. Si eres hijo de Dios, le dice el demonio. Si eres Dios tendrías poder para todo lo que quisieras. Podrías cambiar la realidad, convertir una piedra en pan. Podrías saberlo todo, igual que Adán y Eva si comieran de ese árbol prohibido. Podrías saber lo que está bien y lo que está mal. Si Jesús no renuncia a ser Dios podría hacerlo todo, saberlo todo, controlarlo todo. Ser el dueño del universo. Pero, si renuncia a ser como Dios, todo cambia. Adán y Eva querían ese poder infinito y desobedecen. Y al hacerlo se ven desnudos, pierden la inocencia, dejan de ser niños en el paraíso y se convierten en hombres que se dejan llevar por su orgullo y vanidad. Desobedecen mientras que Jesús en el desierto obedece. No hace falta hacer todo lo que puedo para ser feliz. Jesús no necesita ser Dios con todos sus poderes para poder cumplir su misión. Es hombre, es Dios, pero sin esos poderes que le ofrece el demonio. También me tienta a mí de muchas maneras. Se aprovecha de mis puntos débiles. Sabe cuáles son mis necesidades y me permite llenarlas con cosas que no la satisfacen. Yo como del árbol prohibido y me escondo de Dios porque me siento culpable. Me dejo llevar por esa voz que insinúa que soy muy importante, muy valioso y me asegura esa voz que no necesito a Dios para nada, casi se podría asegurar que lo puedo hacer todo solo, sin necesidad de su poder. Me siento como Adán y Eva a punto de huir del Edén por incapacidad para conformarme con los límites. Porque no me gusta que me pongan normas ni límites, detesto que me manden y no me gusta obedecer nunca. Por eso me escondo cuando desobedezco, cuando miento, cuando hago lo que no me hace bien a la larga aun cuando al principio parezca hacerme feliz. Ni la manzana, ni mis placeres, le dan sentido a mi vida. Quiero reconocer mis mayores tentaciones y ponerles un nombre. Reconozco que no puedo combatir al demonio cuando, disfrazado de belleza, me seduce con palabras dulces que siempre quiero oír. Quiero darme cuenta de la grieta que debilita la roca de mi ánimo. Dios me hable ahí, donde soy más débil, donde me encuentro más humillado y me ama como soy. 


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