Ser agradecido es un don de Dios en mi vida. A menudo me quejo porque las cosas no resultan como yo quería. Esa queja me vuelve una persona amargada que continuamente ve lo malo que le sucede. Se fija en los problemas y no valora las soluciones.
Cuando aprendo a ver lo malo no soy capaz de agradecer por lo bueno. Me fijo en lo que me falta y no logro mirar mi vida con alegría. No he conseguido lo que otros tienen. Me quejo. No me tratan como esperaba que lo hicieran, me cierro. Dejo de interesarme en esos temas en los que no soy valorado. Doy por evidente que me traten bien y respeten mi vida, mis tiempos, mis pasos. Me creo con derecho a ser tomado en cuenta y a que me den lo que creo que me corresponde. Esa actitud es muy común. Hoy es muy habitual que me crea con derecho a ciertas cosas. Derecho a ser amado, tomado en cuenta, valorado. Y las grandes heridas en mi alma suceden cuando no me siento valorado, querido, respetado. En esos momentos siento que la vida es injusta. Y ni siquiera hace falta que alguien me rechace de verdad. Basta con que yo lo perciba así. Creo que merecía más y me dieron poco. No me tomaron tan en cuenta, no me consultaron. El resentimiento por esa herida de valoración, por ese rechazo, se instala en mi alma. Entonces ya no soy capaz de ver lo bueno de mi vida, porque me he quedado en lo malo. Lo que no tengo, lo que me falta. El egipcio Naamán tenía lepra. Y va a ver a un profeta muy famoso por sus obras. Cuando le pide que se bañe en el río Jordán no da crédito. En su tierra hay ríos mejores. Y piensa que debería haber bajado el profeta en persona a curarlo. Tenía derecho a ese trato porque él era muy importante. En un principio se niega a obedecerle pero al final le hace caso. Era sencillo lo que le pedía. Se bañó siete veces en el río y quedó sano: «En aquellos días, el sirio Naamán, bajó y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio». Creyó en el profeta, hizo algo sencillo y recibió un don inmerecido. Lo mismo les pasó a los leprosos que se encontraron con Jesús: «Una vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios». La lepra era una enfermedad que traía acarreada la exclusión social. El que padecía esta enfermedad era apartado del mundo, de su grupo, de su familia. Porque era una enfermedad muy contagiosa. La lepra hoy son otras enfermedades u otras formas de vivir. También traen consigo el rechazo y la soledad. Los que padecen la lepra suplican la sanación, porque sin ella quedarán marginados para siempre. Quieren tener una vida integrada en este mundo. No quieren vivir aislados. No hay nada peor que el aislamiento y la soledad impuesta. Y eso sucede cuando no pertenezco a un grupo, cuando nadie me acepta, cuando soy un paria que no tiene un hogar en el que descansar y sentirse en casa. El mal de la soledad está muy presente en este mundo. ¡Cuántas personas viven solas, sin vínculos profundos, sin pareja, sin hijos, sin familia, sin hogar! La falta de hogar es la enfermedad de este tiempo. Con todas las enfermedades que esa soledad puede traer consigo. «La soledad es una herida muy dolorosa, y está sometida a menudo a la no comprensión y al descuido por su parte». No tener a nadie es en realidad un drama muy común. La no pertenencia, el aislamiento. Cuando uno se siente solo a menudo se acumula en el alma el resentimiento y el dolor, no la gratitud. Porque el corazón agradecido es el que ve lo bueno que le pasa y no considera que sea un derecho, sino un don, un regalo caído del cielo. Algo gratuito que recibo y por lo que no he pagado nada. Hay personas agradecidas como Naamán: «Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando: – Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel. Recibe, pues, un presente de tu siervo. Pero Eliseo respondió: – Vive el Señor ante quien sirvo, que no he de aceptar nada. Y le insistió en que aceptase, pero él rehusó. Naamán dijo entonces: – Que al menos le den a tu siervo tierra del país, la carga de un par de mulos, porque tu servidor no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses más que al Señor». Las personas agradecidas son más felices. Ven que la botella está medio llena. Dan gracias por todo lo que tienen porque mañana pueden no poseerlo. No viven quejándose por lo que les falta sino dando gracias por lo que ya han conseguido, por lo que han conquistado. Esa actitud ensancha el alma y permite que pueda sonreír con paz. Porque no vivo exigiéndoles a los demás que se comporten de una determinada manera. No les exijo que me traten mejor de lo que lo hacen. Simplemente doy gracias al cielo por todo lo bueno que me sucede, por las cosas buenas que me pasan.
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