Es como un descanso obligado después de una larga carrera, cando falta el aliento, y las fuerzas se han agotado. Es algo así como dejar de ser para comenzar de nuevo.
Dejar de existir para empezar una nueva existencia. Será como comprender que una y otra vez necesito reinventarme para seguir existiendo. Como si no valieran ya las mismas vueltas de tuerca que llevaba un tiempo dando. Una carrera nueva. O un despuntar novedoso. Un volver a nacer después de haber muerto. Callar, guardar silencio, quedarme quieto un tiempo largo, esperando a que algo suceda o quizás nada. Y es que merece la pena hacer las cosas bien, iniciar caminos intrincados y perdidos en medio de los bosques.
Dejar la mente en blanco, perder el tiempo de forma miserable, dejar de producir pareciendo un inútil. Desaparecer un tiempo, lo suficiente para poder luego seguir viviendo. Vaciarme de todo lo que me contamina y llena al mismo tiempo. En esa desesperada huida de mí mismo, queriendo matar el tiempo para acabar dejándolo vivo. Seguirá existiendo. No contar para nadie al menos como percepción. Poder desaparecer para siempre en ese momento sin que nadie eche de menos tu presencia ni llore con dolor tu bendita ausencia. Eso es lo que uno hace cuando empieza a caminar un día con la meta clara y confusa al mismo tiempo.
Real y tangible
Clara porque uno tiene claro que quiere llegar a algún sitio real y tangible. Confusa porque en ese devenir de mi existencia puedo perderme o perder el rumbo y sentirme lejos de alguna parte sin saber muy bien dónde me encuentro. Y es que caminar no es lo mismo que peregrinar. Tiene el peregrino la conciencia clara de que su vida ansía una meta real, confusa, pero concreta. Una meta que trasciende los pasos sudorosos del que se esfuerza por llegar más lejos, más alto, más hondo.
Duele caminar con un sentido, porque a medida que uno avanza, sigue pareciendo imposible alcanzar la meta. Y a cada paso el punto de partida se pierde en el horizonte cuando me doy la vuelta y miro hacia ese camino largo por el que venía. El peregrino no se hunde cuando llega la lluvia. No desiste con el calor buscando el refugio de las sombras. No pretende haber llegado cuando sólo ha alcanzado por su tenacidad el final de algunos días. El peregrino sabe que no acabará nunca su camino.
Porque comprende que, después de llegar a ese lugar santo que anhela con ahínco, de alcanzar a tocar los restos de ese santo humano que vivió un día mirando al cielo y ahora descansa al fin, libre de ataduras para siempre, a ese espacio concreto y único que se abre al infinito. Sabe que después de esos sueños que se hicieron un día camino y meta, vendrán otros sueños, otras metas, como eslabones de una cadena infinita, o escalones que ascienden en mágica verticalidad buscando las alturas. Entiende en realidad el peregrino que no basta con tener fe para comenzar a andar.
Hay un algo más, algo intangible que mueve sus pies buscando el cielo. No es necesario, quizás, no todos tienen ese mismo anhelo. El peregrino, eso sí, casi siempre es un buscador empedernido, un soñador incansable, un destructor de planes planos y aburridos. El peregrino ha dejado la comodidad de su hogar, los bienes que lo rodean, la estabilidad de una cama propia, de un espacio conocido.
Rezar con los pies
Ha dejado de andar por consumir pasos, para rezar con los pies soñando con las alturas. Sabe el peregrino que nunca será el mismo cuando llegue al final de su camino. Algo habrá cambiado en su alma. Tal vez sí será tan humano como antes y no necesariamente su fe será más sólida.
Cargará las mismas dudas y los intangibles de sus preguntas continuarán amenazando sus seguridades. Aun así ya no será el mismo. Porque se habrá ido vaciando, dándose cuenta, porque vaciar duele. Es como si de repente faltara el aire. Como si el cansancio hiriera la piel reseca por los vientos contrarios. Y llevará en el alma muchos paisajes grabados, y cargará el cansancio y el dolor en el alma. Y sabrá que caminar así sí merece la pena. No tendrá más respuestas y seguirá pensando que ha perdido el tiempo o la vida. Habrá muerto en el camino, habrá resucitado al lograr el descanso al final del día.
Un lugar maravilloso
Cuando se haya dejado sorprender por algún lugar maravilloso y haya deseado incluso quedarse allí un par de días, sentirá que no puede hacerlo, sería como traicionar su sueño, su camino, su meta o su destino. No sentirá que todo ya está claro en su alma, porque sería mentira. No habrá dado respuesta a todas las preguntas que a veces lo inquietan demasiado. Soñará con el cielo más allá de su mirada y sabrá que la vida se sigue jugando en presente, porque es eso lo que merece la pena. Vivirá contando minutos, las horas son demasiado largas y también los días. No tendrá planes fijos ni decidirá con demasiado tiempo cómo ha de ser el camino. Aprenderá a respirar vientos nuevos. Buscará agua en cualquier lugar cuando la sed apriete, haciéndose un mendigo.
Vivirá alabando y dando gracias por el presente que es lo más sagrado que tiene entre sus manos y no quiere dejarlo ir sin haberlo besado con denuedo, con pasión, en silencio. No se preguntará cuántas cosas le duelen. No será muy relevante si está cansado o sufre por algo. Nada importa tanto como cargar su mochila y seguir caminando. Mirando al cielo, agradeciendo por esa tierra sagrada, que ven sus ojos y sus pasos pisan.
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1 comentario
Incomparable escrito. Recuerdos de mis sentimientos durante el “camino a Santiago”.
Muchas gracias
Sara