Me imponen ceniza en mi frente y me recuerdan que soy sólo polvo y que necesito convertirme y cambiar de vida. Sólo eso. Hay dos frases que recorren todo este tiempo sagrado.
Son cuarenta días de camino, de reflexión, de purificación, de encuentro conmigo mismo en el desierto de mi vida. La primera: «Polvo eres y en polvo te convertirás». Se me olvida que sólo soy polvo, tierra, algo pasajero que lleva en su interior la semilla de la inmortalidad. Estoy llamado a ser eterno. Mientras tanto vivo en este cuerpo mortal, soy de barro, corruptible, de carne frágil, lleno de debilidades y defectos. Me confronto a menudo con mis límites y me escandaliza una y otra vez mi pecado. Siento que no valgo nada mientras una voz en mi interior me recuerda que soy el ser más bello que Dios ha creado. Me siento inútil y Dios me dice que valgo más que nada en este mundo. Hoy la ceniza me pesa. Es como una losa que me hace sentir indigno. ¿Cómo haré para merecer el cielo? Me preguntan tantas veces. ¿Podré algún día merecer el amor de alguien? ¿Podrá Dios llegar a amarme porque me lo merezco? No. La ceniza me habla de la misericordia de Dios. Su amor es tan grande que puede con todas mis miserias. Lava todos mis pecados. Limpia las manchas en mi alma y me hace sentir perdonado, salvado, levantado, rescatado de las aguas. Siento en mi interior la indignidad. Con un peso infinito que me hace sentir muy pequeño. La ceniza de hoy es el beso de Jesús en mi frente. Me marca con su amor. Me hace saber que soy propiedad suya, le pertenezco. Es un momento sagrado porque Dios me bendice como soy, en mi pobreza, en mi pecado. Sólo quiere que me arrodille y suplique su amor. Sólo desea que quiera volver a casa cada vez que me alejo y huyo lejos de su presencia. La Cuaresma es una invitación a ir al desierto de la mano de Jesús. Y la esperanza de este amor inmenso es la que me levanta. Comenta el Papa Francisco como motivación al comenzar esta Cuaresma: «Antes que nada, caminar. El lema del Jubileo, “Peregrinos de esperanza”, evoca el largo viaje del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, narrado en el libro del Éxodo; el difícil camino desde la esclavitud a la libertad, querido y guiado por el Señor, que ama a su pueblo y siempre le permanece fiel. No podemos recordar el éxodo bíblico sin pensar en tantos hermanos y hermanas que hoy huyen de situaciones de miseria y de violencia, buscando una vida mejor para ellos y sus seres queridos. Surge aquí una primera llamada a la conversión, porque todos somos peregrinos en la vida. Cada uno puede preguntarse: ¿cómo me dejo interpelar por esta condición? ¿Estoy realmente en camino o un poco paralizado, estático, con miedo y falta de esperanza; o satisfecho en mi zona de confort? ¿Busco caminos de liberación de las situaciones de pecado y falta de dignidad?». El comienzo de la Cuaresma consiste en abrirme a ser peregrino. Dejo mis comodidades y me pongo en camino. Dejo mis rutinas y miedos y salgo de mi comodidad. Dios me mira con misericordia y me recuerda que soy suyo, le pertenezco. He sido marcado por su cruz, por esa ceniza que me hace sentir tan pequeño y frágil. Y al mismo tiempo tan amado por Él. Su beso en la frente me delata. Es como la llamada de Jesús resucitado a que deje la muerte para emprender el camino hacia la vida. Porque la ceniza no significa muerte sino vida. No significa tristeza sino alegría. Los cristianos tenemos la costumbres de vestirnos del amor de Jesús. Un amor más grande que el mío. Más misericordioso, más imposible. Un amor que me saca de mi fragilidad y me pone en camino hacia la tumba vacía. El éxodo que hoy comienza me saca de mi podredumbre, de mis tinieblas, de mis pecados confusos para arrastrarme hacia la luz y la vida. Me gusta ver así este día, como una puerta santa que me lleva al seno de la misericordia. En el abrazo de Jesús hoy me siento renovado, nuevo. Jesús puede hacer todas las cosas nuevas, puede cambiarme por dentro. Puede reinventar mi vida y hacer que sea mejor, que tenga más luz, más vida y menos muerte. Por eso hoy escucho con mucha paz una segunda frase: «Conviértete y cree en el Evangelio». La conversión es un cambio radical. La Cuaresma no es una oportunidad para tomar nuevos propósitos como los que tomé al comenzar el año. No es una ocasión para ponerme triste esperando la alegría de la Pascua. Es mucho más que eso. Es la oportunidad para escuchar la voz de Dios en mi corazón, el grito de Jesús que le hablaba a Lázaro desde fuera del sepulcro. Le gritaba para que saliera y volviera a la vida. Así quiero vivir yo, escuchando y creyendo. Escuchando su voz y creyendo en su promesa. Creyendo que será todo posible si me dejo tomar de su mano. Soy polvo, mi vida en la tierra es caduca, pero dentro de mí hay un grito de eternidad. Nadie puede hacerme feliz del todo. Siempre queda algo insatisfecho, un grito ahogado en mi alma, una carencia que me recuerda que tengo un alma llamada a la plenitud en el cielo. Sé que la vida es algo muy grande y sólo tengo que tomarla en mis manos para poder caminar. Puedo emprender esta peregrinación lleno de luz y de esperanza. Jesús puede cambiarme por dentro y eso me llena de alegría. La luz habita dentro de mí y me da mucha paz. Me convertiré en polvo mientras mi vida en el cielo será para siempre, más grande, más plena. Me convertiré hacia el lugar en el que resuena la voz de Cristo llamándome. Su voz me da alegría.
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