“Al que madruga, Dios lo ayuda” es un popular proverbio que a muchos inspira y que nadie cuestiona. Y nadie lo cuestiona porque rima y si rima, hace sentido y lo damos por cierto. Los seres humanos estamos por naturaleza condicionados para y por el arte – aunque creamos que no sabemos ni entendemos de arte – y los dichos y proverbios son una arraigada forma de arte popular.
Si dijéramos, por ejemplo: “Al que madruga, se le cae el pelo y le salen callos en los pies”, frunciríamos el entrecejo preguntando: “…será?” No suena bien y por ello no da confianza; invita como mínimo a averiguar más, para ver si pudiera ser cierto.
Pero nadie cuestiona, por qué Dios ha de ayudar a quien madruga y no hay un proverbio que diga: “Al que trabaja hasta tarde, Dios lo ayuda”. Se da cuenta… tan loable es madrugar como trabajar hasta tarde, pero uno rima y el otro no.
Con el canto pasa lo mismo: si está en un canto, lo damos por cierto. Por ello son tan eficaces las serenatas para ir a pedir perdón o cantarle a la mujer amada.
En el instante en el que se nos aborda con medios artísticos: rimas, metáforas, poemas, cantos, imágenes, bailes, en nuestro cerebro asume el control el hemisferio derecho (el integrador y afectivo) y se retrae el hemisferio izquierdo (el analítico y calculador).
El salmo responsorial, es una oración que suele recitarse en la misa, entre la 1era y 2da lectura, pero que fue concebida para ser cantada. Primero, el orador debería entonar la “antífona” o estribillo (para que la comunidad la aprenda), luego entonar la oración en cada uno de sus versos, que los fieles completan cantando – respondiendo con – la antífona. El impacto de participar en una misa, donde se escucha el salmo bien entonado en modo eclesiástico medieval y se responde cantando la antífona, es sublime y se percibe cómo entre los participantes, sube la interacción y percepción. El efecto y propósito del salmo es pleno.
¿No es acaso igual si se lo hace hablando? Es que sin el canto pierde su factor más importante, el que hace que de sentido al principio de un responsorio y “llegue”.
A ver (yo y mis ejemplos): Imaginemos una reunión de personas, en la que no necesariamente nos conocemos y, para presentarme, yo doy el testimonio de que: – “yo soy un hombre sincero, de donde crece la palma y antes de morirme, quiero echar mis versos del alma”, a lo que todos responden con desgano: – “Guantanamera, guajira Guantanamera; gracias, el que sigue por favor”.
¡Si lo hiciéramos cantando, aquello sería el inicio de una fiesta!
Actualmente y en algunos casos, se da la costumbre de cantar el salmo responsorial, pero con la música que le compuso algún allegado a la iglesia, con habilidades musicales y la mejor de las intenciones, para que “suene lindo” y guste casi como balada moderna.
Con todo respeto, no es lo mismo.
El canto ancestral en modos eclesiásticos, que le habrá puesto algún músico en el pasado con su formación tanto teológica, como musical, astronómica y numérica (como se hacía antes), va en concordancia con el mensaje y la ocasión.
No hace falta sustituir la antigua melodía, por otra más “a la moda”, como tampoco hace falta vestir a los santos a la moda, ni cambiar las reliquias por hologramas o tecnología de efectos especiales. Tan venerable y espiritual es el momento de entonar y escuchar esos cantos ancestrales, como lo es el contemplar imágenes o estar presente en iglesias antiquísimas e históricas.
Les he querido compartir estas reflexiones, como músico y estudioso del arte y la práctica musical sacra a través del tiempo. Lamentablemente, no logré encontrar ejemplos ilustrativos de calidad en español, pero encontré éstos en inglés, que les podrían dar una buena idea de a lo que me refiero.
Que tengan un maravilloso día de enriquecimiento espiritual.
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