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LOS CATEQUISTAS LAICOS

por Catequesis Familiar
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El papa Francisco ha instituido recientemente el “ministerio laical de Catequista”, mediante el Motu Proprio Antiquum ministerium (10.V.2021). Serán las Conferencias Episcopales las que hagan efectivo este ministerio de Catequista, concretando el itinerario de formación y los criterios normativos para acceder a él.  

El documento deja claro que el nuevo ministerio “da mayor énfasis al compromiso misionero propio de cada bautizado, que en todo caso debe llevarse a cabo de forma plenamente secular sin caer en ninguna expresión de clericalización” (n. 7). 

¿Cuál es el motivo por el que se enfatiza el servicio de los laicos en la catequesis? ¿Cuáles son los riesgos de “clericalización” a los que alude el Motu proprio? ¿Qué aportaciones pueden ofrecer los laicos por la especificidad de su vocación?    

1. Laical versus clerical

El término clericalismo indica una cosmovisión de la realidad (en este caso, de la Iglesia) en la que se da excesiva preeminencia al papel desempeñado por los clérigos -obispos, sacerdotes y diáconos- en detrimento de los derechos y obligaciones que corresponden a los fieles corrientes. Una persona clerical tiene una visión deformada de su misión – sea clérigo, religioso o laico-, pues endosa al clero la responsabilidad de la toma de decisiones, también en materias que no le competen. 

El documento magisterial que más luz arroja sobre la vocación y la misión de los laicos es la Exhortación Apostólica Christifideles Laici (Juan Pablo II, 1988). Es un escrito magnífico, de enorme riqueza y fuerza, cuya lectura y meditación debería ser recomendada a todos. Constituye una llamada para asumir el protagonismo en todos los lugares donde su presencia debería ser considerada como la presencia de Cristo: el hogar, el puesto de trabajo, los focos políticos y culturales, el ámbito de la economía, la empresa, la diversión y los espectáculos, … todos los espacios donde se desenvuelven sus actividades y son «uno más» entre sus iguales. 

Pues bien, en la mencionada Exhortación apostólica, san Juan Pablo II advertía contra “el uso indiscriminado del término ministerio” (precisamente el que utiliza el Motu proprio) para referirse a la colaboración de los laicos:

“(…) la confusión y tal vez la igualación entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial, la escasa observancia de ciertas leyes y normas eclesiásticas, la interpretación arbitraria del concepto de «suplencia», la tendencia a la «clericalización» de los fieles laicos y el riesgo de crear de hecho una estructura eclesial de servicio paralela a la fundada en el sacramento del Orden.” (n. 23)

No es de extrañar, por tanto, el énfasis del papa Francisco en evitar cualquier expresión de clericalización. 

Otro documento que conviene mencionar es una Carta del Santo Padre Francisco al Cardenal Marc Ouellet, presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (19.III.2016), a propósito de un encuentro en el que se trató sobre la participación pública del laicado. Al final de la carta, Francisco escribe lo siguiente:

«Nuestro rol, nuestra alegría, la alegría del pastor está precisamente en ayudar y estimular, al igual que hicieron muchos antes que nosotros, sean las madres, las abuelas, los padres los verdaderos protagonistas de la historia. No por una concesión nuestra de buena voluntad, sino por propio derecho y estatuto. Los laicos son parte del Santo Pueblo fiel de Dios y, por lo tanto, los protagonistas de la Iglesia y del mundo; a los que nosotros estamos llamados a servir y no de los cuales tenemos que servirnos.»

Quizás conviene advertir que la misión recibida en la Iglesia corresponde a una gracia específica para llevarla a cabo: no se trata de una tarea de carácter ejecutivo, externa a la persona; sino de una transformación interior que “convierte a esa persona en su misión”. Por decirlo con una expresión más clara: uno no “hace apostolado”, sino que “es apóstol” al servicio de su misión.

Si no se diera esa unidad de vida, la transformación que se produce es la inversa. Todas las ideologías y corrientes culturales del llamado posmodernismo han tenido -y seguirán teniendo- una influencia poderosa en amplios estratos de nuestra civilización, que se ha visto arrastrada hacia un secularismo beligerante. La visión secularista queda definida por el arrinconamiento o la total ausencia de Dios en la vida social y personal: si es que existe, Dios no importa nada. Nadie puede considerarse inmune a la presión que ejerce este ambiente, propio de una sociedad poscristiana y relativista. Bien se puede aplicar el principio de ósmosis a esta realidad espiritual: influye más quien mayor presión interior tiene. Es todo un reto a la conciencia y a la coherencia personal. Al final, quien no vive según piensa, acabará pensando según vive. 

Religious Christian girl praying with her mother indoors

2. Qué pueden aportar los catequistas laicos a la catequesis

Los textos apuntados arrojan luz sobre la contribución específica de los laicos. Evidentemente, la primera es que hacen falta manos: citando al Vaticano II (Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 17), el papa señala que resultan escasos los clérigos para evangelizar tantas multitudes y para ejercer el ministerio pastoral. Pero reducir a este fin la creación de un nuevo ministerio supondría un criterio de “suplencia”, con el que no está de acuerdo el concepto de laico que se ha trabajado desde el último Concilio. 

El Motu proprio que estamos examinando toma expresiones del Directorio para la Catequesis (n. 113) para definir el perfil del catequista:

“El Catequista es al mismo tiempo testigo de la fe, maestro y mistagogo, acompañante y pedagogo que enseña en nombre de la Iglesia. Una identidad que sólo puede desarrollarse con coherencia y responsabilidad mediante la oración, el estudio y la participación directa en la vida de la comunidad”.

Las condiciones que servirían de criterio para el discernimiento de la vocación de catequista son las tres mencionadas al final:  oración, el estudio y la participación directa en la vida de la comunidad. Las acciones específicas se resumen en: 1) ser testigo, 2) acompañante 3) y pedagogo (maestro y mistagogo).

Teniendo en cuenta todo lo comentado en el apartado anterior, parece lógico que ese testimonio, compañía y trabajo de orientación se lleven a cabo en coherencia con la razón de ser laical, en cuanto que es «uno más» entre sus iguales. Es decir, el catequista debería ser una persona capaz de traducir el mensaje de la Iglesia al lenguaje de la vida ordinaria: familia, trabajo, intervención en la vida pública, ocio, educación, etc. Todas son circunstancias prácticas que reclaman, por supuesto, buena doctrina y, sobre todo, gran coherencia. Una formación que se quede en doctrina conocida, pero no practicada, es insuficiente. 

Habría que ver si los catequistas -y sus pastores- son conscientes del papel relevante que para ellos adquiere el “acompañamiento” en la catequesis. El laico no imita al sacerdote, intentando hacer lo mismo en un plano inferior; tiene su propio carisma que le permite llegar a donde no pueden llegar los presbíteros. Incluso, me atrevería a decir, la mentalidad laical debe animar al catequista a formarse tanto o más que el sacerdote para ser competente en esos aspectos propios de su condición: el amor al cónyuge y a los hijos, la actitud de servicio en el trabajo profesional, la presencia cristiana activa en la vida social, el diálogo con los no creyentes y con los creyentes adormecidos, etc. Los laicos conscientes de esta realidad pueden aportar mucho a sus iguales y a los mismos sacerdotes. Esta es una interpretación actual del mensaje de san Pablo a los corintios:

«Existen diversos carismas, pero el Espíritu es el mismo. Existen diversos servicios, pero el Señor es el mismo. Existen diversas funciones, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos. A cada uno, Dios le concede la manifestación del Espíritu en beneficio de todos.» (1 Co 12,4-6).

Los sacerdotes que miran su labor desde esta perspectiva pondrán empeño en estimular la colaboración y la iniciativa de los catequistas, animándoles a salir en búsqueda de los otros: si las familias y los fieles no acuden a la parroquia, será la parroquia (a través de sus fieles, de los catequistas en primer lugar) quienes vayan a su encuentro. No es una tarea de control, sino de envío, de misión. 

Esto es también lo que queremos promover desde catequesisfamiliar.net. Por esto organizamos cursos de formación para catequistas.

El curso es gratuito gracias a la generosa ayuda de la fundación española Ciudadanía y Valores. Ojalá que esta iniciativa despierte el interés práctico de muchos y se sumen a nuestro proyecto de evangelización de la familia.  Más información aquí 

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