El semanario italiano “Credere” publicó una entrevista al Papa Francisco con ocasión del inicio del Año de la Misericordia. Copio una pregunta y la respuesta del Papa.
«P. La misericordia, siempre que nos referimos a la Biblia, nos muestra un Dios más “emotivo” de lo que a veces imaginamos. ¿Descubrir un Dios que se conmueve y se enternece con los seres humanos también puede cambiar nuestra actitud hacia nuestros hermanos?
R. Descubrirlo nos llevará a ser más tolerantes, más pacientes, más tiernos. En 1994, durante el Sínodo, en una reunión del grupo, dije que había que establecer la revolución de la ternura, y un padre sinodal –un buen hombre, a quien respeto y a quien amo– ya muy viejo, me dijo que no convenía utilizar ese lenguaje y me dio una explicación razonable, de un hombre inteligente, pero sigo diciendo que hoy la revolución es la de la ternura, porque de ahí deriva la justicia y todo lo demás.
Si un empresario tiene un empleado de septiembre a julio, le dije, no hace lo correcto, porque lo despide para las vacaciones en julio y luego reanuda con un nuevo contrato de septiembre a julio, y de esa manera el trabajador no tiene derecho a subsidio o pensión o seguridad social. Él no tiene derecho a nada. El empresario no muestra ternura, sino que trata al empleado como un objeto –como un ejemplo de que no hay ternura. Si te pones en la piel de esa persona, en lugar de pensar en tu propio bolsillo, entonces las cosas cambian. La revolución de la ternura es lo que debemos cultivar como fruto de este año de la misericordia: la ternura de Dios para cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros tiene que decir: “Yo soy un desgraciado, pero Dios me ama; entonces también tengo que amar a los demás de la misma manera”».
Me ha hecho pensar la actitud del padre sinodal, un buen hombre, ya muy viejo, razonable e inteligente. Según él, no conviene utilizar ese lenguaje de la ternura de Dios.
No sé cuál fue su razonable explicación.
Algunos piensan que si se habla mucho de la ternura y de la misericordia de Dios, se puede caer en la tentación de perderle el respeto, de tratarlo de un modo que no está de acuerdo con su majestad, de no valorar la gravedad del pecado…
Es posible. Pero, en primer lugar, es Dios mismo quien habla de ternura. Es Dios quien compara su cariño con el de una madre a su hijo recién nacido:
«¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré» (Is 49, 15).
Por eso creo que es mejor no llevarle a Dios la contraria en este asunto, por muy inteligentes, razonables y sinodales que seamos.
Y yo, que tanto necesito la ternura de Dios, aunque no sea tan inteligente y razonable como esas personas graves y solemnes, elevo mi protesta, y les digo que no, que no tienen razón, porque Dios me dice que Él es tierno, cariñoso, como una madre, y es así, y yo estoy muy contento de que sea así, y no me gustaría nada que fuera de otra manera, y no creo que sea bueno no decir de Dios lo que Él dice de sí mismo. Necesito, necesitamos, todos, también esos hombres inteligentes y razonables, el cariño de Dios.
¿Qué sería de nosotros si Dios no fuera así? No tienen razón esas personas. Y no pueden quitarme a mí ni a nadie el gozo de saber que soy hijo de un Padre lleno de amor y ternura. ¡No me lo podrán quitar nunca!
¿Qué se consigue dando una imagen de un Dios severo, duro y lejano? ¿Que los hombres lo amen más? No creo. Lo que se conseguiría es tener miedo a Dios. Y Dios no quiere que le tengamos miedo. No puede querer eso, porque se teme a lo malo y Él es Bueno.
El Papa quiere que se produzca la revolución de la ternura de Dios. Me da la impresión de que hay poco interés en promover esta revolución, poca conciencia de que debemos acometerla e impulsarla en el mundo entero. No sé si no nos hemos enterado o si pensamos que las palabras del Papa son bellas, pero destinadas al olvido, porque hay otras cosas más importantes a las que atender.
No es una revolución nueva, es la misma que vino a despertar Cristo en el mundo cuando nos hizo saber que Dios ama al hombre, hasta el punto de morir por él en la Cruz. Ese es el comienzo de una gran revolución que está casi apagada en muchos corazones. Los cristianos cambiaríamos el mundo entero si nos tomásemos en serio esa revolución, si nos convenciéramos de que Dios está loco de amor por nosotros y proclamásemos ese Amor infinito con nuestras obras y palabras.
La primera revolución de la ternura de Dios tiene que prender en nuestro propio corazón. Recibir la ternura divina, asombrarnos, admirarla, corresponder. Y hay una manera de corresponder que es la confianza absoluta; y otra: ser tiernos con Él:
«¿No crees que un Dios merece una ternura más que cualquier ser de la tierra?», le pregunta a Gabrielle Bossis.
Jesús, quiero tratarte con ternura, besar una a una tus llagas, las llagas de tus manos y de tus pies, la llaga de tu costado, darte un abrazo, recostar mi cabeza sobre tu pecho, como Juan, y decirte muchas veces que te quiero. Haz que en mi corazón prenda la revolución de la ternura, que me deje querer y que te quiera, y entonces podré transmitir a otros el fuego de tu amor. Sueño con el momento en el que haya, en el mundo, millones de personas enamoradas de Ti.
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