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Tiene la cuaresma mucho de interioridad

por Pbro. Carlos Padilla E.
Busqueda en el silencio

Tiene la cuaresma mucho de interioridad, de búsqueda en el silencio, de vaciarse para llenarse de Él, sólo de Él.

En una escena del Evangelio así lo hace Jesús: «Cada uno se fue a su casa; y Jesús se fue al monte de los Olivos». Mientras el mundo busca la comodidad, el refugio en lo cotidiano, Jesús busca la intimidad con el Padre en la oración. Intimidad que incomoda, porque me cuestiona el silencio, porque me hace preguntarme si estoy bien haciendo lo que hago, o estando donde estoy. ¿Qué piensa Dios de mi vida? ¿Cómo me mira Jesús? ¿Qué le gusta de mí? Son preguntas difíciles que me incomodan, no tengo la respuesta. Me cuesta callar, escuchar, quedarme en silencio. Me cuesta apagar las voces que gritan en mi interior y buscar la soledad del alma. Jesús se retiraba al monte a orar, a guardar silencio. Para luego tener las fuerzas necesarias para salir al mundo: «Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba». Después de callar y escuchar a su Padre en el cielo, Jesús se pone en camino al encuentro de los hombres. Ese ejercicio es sano.

Callar para luego hablar. A menudo me veo hablando demasiado y guardando muy poco silencio. Buscando fuera de mí una paz que no encuentro dentro. Y tampoco la hallo en el mundo, porque fuera todo va demasiado rápido, hay mucho ruido, demasiadas interferencias. Muchas demandas de tantos que necesitan, como le pasaba a Jesús. Por eso necesitaba ir al monte, retirarse, apartarse de los que lo necesitaban. Para poder servir mejor tenía que cuidar su mundo interior, su oración, su silencio, su soledad. Aprender a estar solo es la tarea de toda la vida. Por eso cuando no lo consigo vivo desparramado por el mundo buscando consuelo, paz, luz en lugares que no pueden dármelo. Y la verdad es que es difícil romper con el mundo exterior que me atrae, porque en él descanso. Cuando callo más que hablo veo que aumenta la profundidad de mi alma. Miro dentro, me callo. Leía el otro día: «Para cualquier mal no hay más que dos remedios: el tiempo y el silencio». Tiempo para que muchas cosas se ordenen fuera y dentro de mí. Y silencio para mirarme y mirar a los demás sin juzgarlos, sin condenarlos. El que calla no necesariamente otorga, como dice el dicho. Pero a veces mi silencio sí puede herir a otros. Porque no siempre el silencio da respuestas, con frecuencia las calla. Guardo silencio para no herir con palabras, para no hacer daño. Guardo silencio para escuchar a los demás y ver qué quieren decirme. Guardo silencio al lado del que también calla. Junto a él me siento tranquilo y, la paz de mi ausencia de palabras, también me da paz. Las personas calladas tienen un mundo interior escondido, un mundo profundo que no sacan, que no exponen.

Es bueno cuidar mi mundo interior y no verterlo continuamente. Guardar y proteger lo que habita en mi alma. Quiero aprender a guardar silencio, no necesito continuamente ruidos para ser feliz. No me hace falta escuchar continuamente música o buscar fuera de mí motivaciones e impulsos que muevan mi alma. Quiero callar, dejar que el Espíritu de Dios aletee en mi corazón. Dejar que en el interior las aguas se aquieten, acostumbradas a tanto ruido, a tanto bullicio y movimiento. Cuando el pozo de mi corazón está lleno de cosas cuesta mucho interiorizar, callar, ahondar, hacer introspección. Decía el P. Kentenich:«Vivencias de Dios, interiorización de Dios; el intimar con Dios, tener vivencias divinas, tener la vivencia de Dios. Así pues, no sólo conocer a Dios. Vivencias de Dios hasta lo profundo del subconsciente, de la vida del alma» Quiero encontrar a Dios en lo más hondo de mi ser. En ese silencio al que me lleva la contemplación. Pasear por mi alma sin miedo a lo que me pueda encontrar. Descansar conmigo mismo sin necesitar más compañías. Aprender a estar solo es un bien sagrado. Cuando soy capaz de estar a solas con mis propios demonios, con mis heridas del pasado, con mis errores y mis aciertos, todo se hace más fácil: «Después de mi primer flashback, empecé a creer que mi mundo interior era donde vivían mis demonios. Que había una plaga dentro de mí. Mi mundo interior ya no se sostenía, se convirtió en la fuente de mi dolor: recuerdos incesantes, pérdida, miedo». Profundizar, callar, aguardar en mi interior la sanación es el único camino. Claro que me encontraré con recuerdos difíciles, con heridas profundas, con dolores inmensos. Pero sólo volviendo allí podré encontrar un día la paz y dejar que Dios ilumine la oscuridad de mi interior con su presencia.


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