Quiere Jesús que me libere, que camine más ligero de equipaje, con el corazón más abierto. Quiere que ayune, que renuncie por amor.
Pero que nadie sepa de mi esfuerzo y mi entrega: «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará». El ayuno es difícil. Porque el hambre arrecia y la carne es débil. Me dejo llevar por lo que me gusta, por lo que satisface mis ansias. Dicen que es sano no comer hasta quedarme saciado, sino dejar siempre un espacio vacío en el estómago. Como si quisiera seguir comiendo y renuncio. Eso aumenta la calidad de vida. Pero hoy Jesús me pide que ayune no por salud, sino por amor. Que deje de comer todo lo que me gusta y me aguante. Que no me deje llevar por la gula. Que sepa renunciar. Y que lo haga por amor a Él. Decía S. Agustín en un comentario del Papa León: «Es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos».[2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien». Cuando noto el vacío y me duele el hambre, se ensancha el alma. Es bonita la renuncia, siempre que tenga un sentido. La ofrezco para que mi capital de gracias, todo mi esfuerzo, redunde en gracias para otros. Que haya personas que se beneficien de mi renuncia sin saberlo ellos, sin saber yo quiénes. Es la ley de los vasos comunicantes.
Que hace que si yo hago el bien, ese bien difusivo traerá vida a otros. Mi oración y mi sacrificio son importante. En el amor siempre habrá renuncias y me cuesta valorarlas. Es como si me costara tener que ser siempre yo el que renuncia, el que se sacrifica, el que deja espacio al otro. Hay personas que tienen más tendencia a la renuncia. Dicen que no para que otros tengan más vida, más alegría. Renuncio para que otros estén en el primer plano y yo me quede detrás, escondido, sin figurar. Me gusta esa forma de ver la vida, me cuesta. Ojalá aprendiera a ver la renuncia como un bien maravilloso y no como un sacrificio injustificado. Hay muchas cosas a las que puedo renunciar por amor a quienes amor. Renuncio para que ellos crezcan, tengan un mejor lugar, más halagos y más reconocimiento. Y yo me escondo, me humillo, desaparezco. Esa renuncia es algo valioso que hoy no se valora tanto. Todos quieren ser los primeros, los que ocupen los mejores lugares. El ayuno tiene que ver con una forma distinta de renunciar incluso a aquello que por derecho me corresponde. Les dejo a otros, suelto lo que ha sido mío para que otros lo tengan y lo disfruten. El. Ayuno tiene que ver también con ayunar de aquellas cosas que hacen mal a las personas. Así lo comentaba el Papa León: «Me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad». Esa renuncia es muy importante. Quiero abstenerme esta cuaresma de todo lo que hace daño a mi hermano, de lo que hiere y ofende. Abstenerme de palabras ofensivas, de gritos, para no herir.
Abstenerme de juicios que dañan injustamente a quien tengo ante mis ojos. Me gustaría callar más cuando las palabras sobran. Callar cuando no tenga nada que decir. Callar para no herir y ser más amable con los que me rodean. Abstenerme de herir, de condenar, de maldecir. Callar esas palabras que brotan de mis entrañas y dejan heridas de difícil sanación. No tengo que hablar de todo, no tengo que opinar sobre todo. Quiero tener un corazón grande, un corazón dócil. Que el ayuno y la abstinencia ensanchen mi alma y me hagan mejor persona. Que no vea la renuncia como algo triste sino como la oportunidad que se me regala de hacerme más libre y ensanchar mi alma.
Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC
Subscribe to get the latest posts sent to your email.