Contemplar
María contemplaba a su Hijo. Sus almas estaban entonces más unidas que nunca. En varios momentos parecía que Él la buscaba, como queriendo beber en sus ojos la fortaleza que parecía comenzar a faltarle.
María recordaba entonces las promesas que había oído allá lejos, en su casita. “El Señor Dios le dará el trono de David, su Padre, reinará sobre la casa de Jacob, para siempre, y su Reino no tendrá fin”. Se aferraba a esas palabras con toda su capacidad de recordar, y a la vez sentía en sus oídos la palabra insidiosa del Tentador: “…tal vez fue solo tu imaginación… ¿no ves como está ahora? ¿Rey?”
María era fuertemente sacudida por la tentación, pero continuaba diciendo en su interior aquella misma respuesta de entonces y de siempre. Y mientras ella se debatía en ese intenso duelo con aquel con el que estaba enfrentado desde antes de los siglos, sus ojos contemplaron una escena aún más dolorosa y gloriosa.
Aquellos soldados, tomados por completo por un ansia de sangre y de humillar que no podía tener origen simplemente humano, levantaron a Jesús y lo sentaron sobre una piedra. Uno de ellos, con mirada maléfica y riendo a carcajadas -complaciéndose de su ingenio puesto al servicio del mal- acercó un puñado de ramas de espinos. Otro corrió a buscar una de las rígidas y pesadas cañas con las que hace instantes golpeaban sus espaldas y sus piernas, y otro más encontró un manto púrpura…
Tejieron brutalmente una corona y con brutal violencia la colocaron sobre la cabeza de Jesús. Con la caña empujaron hasta que algunas de las largas y duras espinas penetraron en su cráneo, haciendo brotar abundante Sangre, que corrió por sus cabellos y su Rostro. El Señor no decía nada. Aún sin casi poder levantar su cabeza por lo débil que se hallaba, intentaba buscar con su mirada a esos hombres que entonces habían perdido toda humanidad.
Comenzaron entonces a burlarse de una manera tan sutil como burda: se arrodillaban ante Él y lo saludaban como se saluda a los Reyes, pero al hacerlo lo escupían en el Rostro. Con la caña golpeaban una y otra vez en la cabeza, uniendo al sufrimiento corporal un nuevo e intensísimo dolor para su Corazón.
“Su Reino no tendrá fin”, recordaba María en ese momento, y sin comprender, y casi al borde de sus fuerzas, intentaba desde su lugar reparar con su amor el odio que se desencadenaba sobre Jesús. “Tu Reino no tendrá fin, Hijo mío, lo creo firmemente, lo sé, así será”.
Pilato lo mandó llamar. Ahora la multitud que se había amontonado podía contemplarlo. Había allí muchos habitantes de Jerusalén, pero también otros venidos de diferentes ciudades galileas y de más allá. Había hombres y también mujeres, hombres rudos pero también formados, ancianos pero también jóvenes. Pilato lo sacó para ver si al contemplarlo débil y derrotado finalmente le pedirían su libertad.
Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto rojo. Ahora sí, desde la planta de los pies hasta la cabeza, no existía en su cuerpo nada sano. Apenas lograba mantenerse en pie, tambaleando por momentos. Pilato dijo a la muchedumbre: « ¡Aquí tienen al hombre!». No sabía él lo que decía. Sus palabras contenían un significado inmensamente más hondo del que alcanzaba a saber. Jesús ensangrentado, Jesús débil, Jesús desgarrado por la violencia, era un símbolo del hombre herido por el pecado. De la humanidad entera alejada de Dios y extraviada por las sendas del mal. Jesús había aceptado que sobre sí recayera todo el castigo del pecado de la Humanidad. Él era el Hombre.
¿Podía acaso Jesús sufrir más? ¿Era plausible aún alguna circunstancia que aumentara su tortura? Sí, lo era. Fue el grito de aquella multitud –hombres y mujeres, rudos y formados, ancianos y jóvenes- que primero de manera desordenada y finalmente con grito unánime vociferaban: “Crucifícalo, crucifícalo”. Esos gritos penetraban en alma de Jesús provocándola un dolor más grande aún que los azotes y los clavos. ¿Qué mal les había hecho? ¿No lograba reconocer entre ellos incluso a algunos sanados por sus manos, alguno, incluso, que por su poder había logrado hablar?
María, desde lejos, miraba y oraba. Los gritos de la multitud la lastimaban. En medio de ella, sus labios decían a Jesús palabras dulces, palabras de Madre… María se inclinaba a la distancia ante ese Rey tan misterioso, lo adoraba y volvía a entregarle la vida, como la primera vez. Hazlo tú también al contemplar este misterio.